Turquía, donde los religiosos protegen mejor el Estado secular

El Tribunal Constitucional procura proscribir el partido de gobierno y abolir la reforma que permite el velo en las universidades públicas, en una nueva ofensiva conspirativa de los partidos laicos contra los fundamentalistas moderados que gobiernan el país.

Es una pulseada a la que Europa y Estados Unidos debieran seguir atentamente. Turquía es un país clave por una inmensidad de razones, entre las que sobresale su pertenencia a la OTAN y su aspiración a ingresar en la Unión Europea, siendo una nación musulmana. Por tanto, su éxito en la construcción de la democracia y la sociedad abierta implicaría la mejor prueba de que el Islam no está obligado ni  condenado al ensimismamiento, la jihad y la confrontación con la cultura occidental.

Desde que Mustafá Kemal, el histórico Atatürk, creó la Turquía moderna sobre las ruinas del imperio otomano, ese país ha dado pasos formidables hacia una economía moderna y una sociedad abierta, aunque aún son muchos los espacios donde predomina el despotismo y las concepciones más retrógradas. Con todo lo que aún le falta en materia de democratización, el Estado republicano y secular es uno de esos grandes logros. No obstante, los gobiernos laicistas se han caracterizado por impulsar una occidentalización institucional, actuando al mismo tiempo con despotismos e intolerancias, y sin necesarias revisiones históricas, como el reconocimiento del genocidio armenio. La corrupción en gran escala fue otro rasgo notable de los gobiernos liderados por los partidos ataturkistas.

El autoritarismo y la corrupción, sumados a la creciente asimetría entre la riqueza de los sectores europeizados de la sociedad y la pobreza de la “Turquía profunda”, amañada a la religión y las tradiciones ancestrales, alimentaron con militantes y adherentes el crecimiento de los partidos fundamentalistas. En ese sector de la política turca surgió la fuerza política que depositó al frente del gobierno a Abdulá Gül y Recep Tayyip Erdogán.

Desde que gobiernan Turquía, la oposición ataturkista no hizo más que denunciar sus supuestas intenciones de islamizar la sociedad turca y convertir el país en una república calcada del modelo iraní. Paralelamente, la obstaculización fue una práctica permanente, apuntada a paralizar la acción gubernamental.

El duelo atravesó momentos claves, como reforma constitucional por la que el gobierno de Erdogán abolió la prohibición a que las mujeres usen velo en la universidad. Para los republicanos ataturkistas, la iniciativa constituía una clara señal del carácter fundamentalista del gobierno y de su intención de re-islamizar la sociedad que Atatürk había secularizado.

El debate valió la pena, pero los argumentos de la oposición no fueron suficientes para demostrar que el gobierno ocultaba un plan islamizador. En definitiva, la reforma del velo, si bien a contramano de la nueva legislación francesa, está en sintonía con la libertad de expresión y el respeto a la diversidad de creencias que caracteriza a las sociedades abiertas.

El siguiente duelo se dio en las puertas de la presidencia, un cargo más formal que la jefatura de gobierno pero con una altísima significación política, porque simboliza la república.

A ese cargo se postuló Abdulá Gül, hasta entonces canciller del gobierno encabezado por Erdogán. Pero recién pudo ser consagrado en la tercera votación parlamentaria, porque en las dos primeras los republicanos laicos habían logrado cerrarle el paso.

El oficialista Partido de la Justicia y el Desarrollo había intentado reformar la Constitución para que el presiente pueda ser elegido por el voto popular. Pero el anterior jefe de Estado, Ahmet Necdet Sezer, un ataturkista que detesta a Erdogán y Gül, logró impedir la concreción de esa reforma. Aunque, finalmente, Abdulá Gül logró 339 votos de los 550 diputados, convirtiéndose en el primer presidente proveniente de un partido religioso.

De todos modos, los laicistas siguen en pie de guerra y en estos días retomaron la ofensiva desde el Tribunal Constitucional, la mayoría de cuyos miembros fueron designados por Ahmet  Necdet Sezer y responden al dictado de los ataturkistas.

Inspirándose en el Artículo 2 de la Constitución secular, que se considera inamovible e inmodificable, el Tribunal Constitucional pretende anular la reforma que autorizó el uso del velo islámico en las universidades públicas. Y no se detiene ahí: pretende declarar inconstitucional al Partido de la Justicia y el Desarrollo, la agrupación que impulsaron y lideran Erdogán y Gül, y también la fuerza más votada en las tres últimas elecciones que hubo en Turquía.

La iniciativa de la oposición laicista, que al tener una presencia exigua en el Parlamento ha empezado a utilizar como ariete contra el oficialismo al Tribunal Constitucional, evoca inevitablemente al llamado “golpe pos-moderno”, que obligó a Necmetín Erbacán a dimitir, y proscribió al Partido del Bienestar, la agrupación fundamentalista del líder derrocado.

Erbacán fue el dirigente que creó un partido islamista y lo llevó a la victoria, además de ser el mentor político de Erdogán y Gül, dos economistas moderadamente religiosos que, tras la proscripción del Partido del Bienestar, crearon el Partido de la Justicia y el Desarrollo, la agrupación política de los fundamentalistas moderados.

Desde la acción gubernamental, coronada por el crecimiento económico, la eficiencia administrativa y la reducción de la corrupción, Recep Tayyip Erdogán y Abdulá Gül han dado pruebas más que suficientes de que su concepción religiosa los relaciona más con los democristianos europeos que con los ayatolas iraníes y con el gobierno de Hamas en la Franja de Gaza.

Además de propiciar un histórico debate de ulemas para reinterpretar los hadices (acciones y dichos del profeta), nada hicieron por sacar a Turquía de la OTAN, ni renunciaron al intento de incorporar Turquía en la Unión Europea, ni procuraron reemplazar el Código Civil por la Sharia (ley coránica) y la Constitución secular por una religiosa. Sin embargo, la oposición laica sigue acusándolos de tener un plan oculto para islamizar el Estado turco.

Posiblemente, más que como celosos guardianes del legado secular de Atatürk, los republicanos laicos actúan como conspiradores sedientos de recuperar el poder perdido, al que durante décadas ejercieron con autoritarismo, ineficiencia y corrupción. Esas debilidades fueron, precisamente, las que acrecentaron el vuelco hacia el fundamentalismo. Pero en esa instancia, al menos hasta el momento, la realidad ha demostrado que el fundamentalismo moderado de Erdogán, Gül y el Partido de la Justicia y el Desarrollo, en los hechos, han frenado el crecimiento de los ultra-islamistas.

Paradójicamente, en Turquía, son los religiosos moderados quienes protegen el Estado laico mejor que los partidos seculares.