La nueva policía: Formación y capacitación profesional
La nueva policía no es “otra” policía como muchas veces se exagera reforzando los reflejos corporativos de quienes han elegido esa profesión. Es la que tenemos en la actualidad pero luego de haber transitado por un proceso de cambios institucionales de modernización, profesionalización y sometimiento a la autoridad política de los distintos poderes del Estado involucrados en la gestión de la seguridad ciudadana.
Por lo mismo, esos cambios involucran la responsabilidad de las autoridades políticas en todos los órdenes (nacional, provincial y municipal), de los tres poderes del Estado, de los propios integrantes de las instituciones policiales, y de la sociedad. Pero deliberadamente, debe subrayarse la responsabilidad primaria de los gobiernos por ser los mandatarios de la voluntad popular.
Ese proceso de cambios –tan imprescindibles como posibles- tiene un hilo conductor: demoler el modelo autoritario de la seguridad pública y la cultura profesional –militarizada, corporativa y autosuficiente- que engendró en las instituciones policiales desde su creación como poder represivo del Estado y sustituirlo por un modelo de seguridad democrática, controlable y participativa que tenga en vista centralmente el derecho a la seguridad y la calidad de vida de los ciudadanos.
A riesgo de ser reiterativo, si estos procesos de transformación no han ocurrido desde el inicio de la reinstauración del orden democrático en 1983, es principalmente por responsabilidad de los sucesivos gobiernos –de los diversos partidos que los ejercieron- que no quisieron, no supieron o no pudieron (hay ejemplos para cada caso) llevar adelante esa iniciativa . De uno u otro modo se ha llegado a la situación actual de crisis de la seguridad ciudadana, con instituciones policiales que parecen más ser parte del problema que de la solución.
Sólo en el contexto de esa política pública de seguridad democrática es posible producir un cambio de la cultura profesional de las instituciones policiales que sea percibido socialmente –e internalizado voluntariamente en ellas- como una “nueva” policía.
Dentro de esos procesos, juega un papel importante el cambio de los paradigmas formativos y de capacitación del personal que integra la fuerza policial como parte de una concepción que debe ser integradora y coherente.
Como en el resto de las profesiones, se educa y capacita a los individuos para ejercer una función que vincula socialmente a quienes la ejercen. Se forma para satisfacer necesidades específicas demandadas por otros sujetos sociales, que requieren el desarrollo de habilidades propias que serán exigidas por la práctica cotidiana y que tienen sus cimientos en un contexto normativo y axiológico que define el campo de la ética profesional, de la eficacia y eficiencia que luego serán valoradas por la sociedad.
Pero tal como ocurre en biología, la función hace al órgano y no al revés. Lo “hace” a través de la información, del conocimiento, pero en una interacción constante con la práctica. Si la práctica profesional del policía está basada en forma explícita o implícita en el modelo autoritario, de nada –o de muy poco- servirán las actividades de formación y capacitación.
Este concepto que parece complejo, forma parte de la vieja sabiduría del sistema policial autoritario. En la jerga policial, se dice que “el policía se hace en el primer destino”; y efectivamente es asi.
No importa cuanto nos hallamos esforzado en los cursos de formación inicial; si el aspirante egresado aterriza en un destino donde la práctica cotidiana está regida por la corrupción, el ninguneo, la elusión de los deberes, el abuso funcional, el encubrimiento y el “silencio de radio”, esa será en adelante su percepción de la vida profesional.
Sus únicas opciones serán adaptarse, abandonar o entrar en ese “estado alfa” –de nuevo la jerga policial- que define una especie de neurosis donde los individuos honrados se disocian para sobrevivir. Parecen autómatas que no ven, no escuchan -sobre todo no repiten- lo que pasa en su trabajo. El buen policía se convierte en un experto en supervivencia.
En el transcurrir de los años, mediante el funcionamiento de los mecanismos de promoción, ascensos y de asignación de destinos basados en la arbitrariedad, el “caciquismo” y las “runflas” se reiterará el mecanismo de asimilación de la cultura profesional desviada. Los “adaptados” prosperan; los demás vegetan o se procuran otras alternativas fuera de la institución.
Por un proceso de reproducción cultural que afortunadamente no es mecánico ni inexorable porque es filtrado por la calidad humana de los individuos, los abusados abusan, los maltratados maltratan, los despreciados desprecian. Y esto es lo que suele percibirse socialmente generando desconfianza y recelo hacia “la policía”, aumentando el aislamiento de una profesión riesgosa, sobreexigida y frecuentemente mal paga.
Ese marco complejo debe prevenirnos contra lo que puede definirse como una tendencia al “optimismo pedagógico” que frecuentemente se observa en muchos intentos de reformas parciales basados exclusivamente en el cambio de la currícula de las escuelas de formación inicial o en una parafernalia de cursos –la debilidad son los de “derechos humanos”- a la que se obliga a asistir a los oficiales y suboficiales que promedian la carrera.
Los sistemas de formación y la capacitación profesional se convierten en herramientas potentes cuando logran interferir esos complejos procesos de reproducción cultural y son parte de un esfuerzo integral que transforma el interior de las instituciones de formación policial pero que, en simultáneo, modifica los marcos normativos, los principios de actuación, los vínculos con la comunidad –mediante la participación de los ciudadanos-, los mecanismos de comunicación interna, los sistemas de control de la corrupción y el abuso funcional, los métodos de evaluación de desempeño y de ascensos.
Pero sobre todo, y especialmente, cuando la institución policial se integra e interactúa con el resto de la administración, se somete a la conducción de un área específica de gobierno de las políticas de seguridad y se rompe el encapsulamiento corporativo y militarizado que heredamos de nuestro pasado autoritario.
(*) El autor: Fernando Azcoaga fue Director General de Institutos Descentralizados de Formación Policial de la Provincia de Buenos Aires. Es investigador del ILSED, Instituto Latinoamericano de Seguridad y Democracia.