Quizá el fantasma de Chernobyl pueda explicar este alentador paso que acaba de dar el régimen norcoreano hacia el desmantelamiento de su programa nuclear, al entregar a las autoridades chinas el inventario de ese programa.
Lo que vino a renglón seguido fue nada menos que la destrucción de la torre de enfriamiento, para lo cual el gobierno que preside Kim Jong Il invitó a expertos internacionales y, por cierto, a la Asociación Internacional de Energía Atómica (AIEA) para que su titular, Mohamed el-Baradei, envié a sus propios observadores.
Después de décadas eludiendo los compromisos que asumía a cambio de asistencia energética, económica y alimenticia, no resulta fácil creer en los burócratas que reinan en Pyongyang. Desde los tiempos del megalómano y exótico líder fundador, Kim Il Sung, el plan nuclear norcoreano era un perfecto instrumento de presión sobre Corea del Sur y Japón; cuando no un arma para el chantaje.
Al conseguir a principios de los noventa que el científico pakistaní Abdel Karim Khan, constructor de la bomba atómica de Pakistán, ayudara a los científicos de Corea del Norte a construir ojivas nucleares, más se aferró el régimen de los Kim al programa que desarrollaba en la central de Yonjbyong. Por eso la clave para entender semejante giro podría estar en el fantasma de Chernóbil.
En abril de 1986 explotó el cuarto reactor de la principal central atómica de Ucrania, provocando un agujero en la cúpula por el que salió una inmensa nube radiactiva que afectó, además de la por entonces república soviética, buena parte de Europa Central y en particular Polonia.
Se estaba experimentando para verificar cuanta energía podía producirse, pero falló la máquina encargada de controlar el combustible de dióxido de uranio y otros compuestos radiactivos. Al no extraerlo a tiempo del reactor, estalló el hidrógeno acumulado, provocando el primer accidente nuclear de la historia que alcanzó nivel 7, o sea de máxima gravedad.
Vientos que soplaban desde los Urales hacia el Oeste, arrastraron la nube radiactiva. El accidente de Chernóbil había liberado quinientas veces más radiactividad que la bomba de Hiroshima. La ciudad ucraniana fue completamente evacuada, pero una serie de cuestiones evidenciaron demoras en las alarmas locales e internacionales.
La sospecha que rápidamente se generalizó es que, si el viento de los Urales no hubiera soplado hacia el Oeste llevando la nube radiactiva hacia Polonia, Hungría y Checoslovaquia, quizá el hermetismo soviético jamás habría difundido a nivel mundial la noticia del accidente.
En rigor, con Mijail Sergeievich Gorbachov en el despacho principal del Kremlin y con el reformista Eduard Shevardnadze al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, en muchos aspectos se había logrado una verdadera “glasnost”, palabra rusa que significa transparencia y que denominaba a la política de poner fin al silencio total que rodeaba los asuntos de Estado en tiempos de la URSS.
Por tanto es posible que, de no haber estado Gorbachov impulsando “glasnost” y “perestroika”, (además por cierto del viento en dirección Oeste) el desastre nuclear hubiera permanecido en secreto. La sospecha se acrecentó al descubrir el mundo las pésimas condiciones en que estaba funcionando la planta ucraniana. Si en la misma situación de falta de mantenimiento adecuado se hallaban las demás centrales atómicas, es posible que la historia soviética haya tenido otros Chernobil sin vientos ni glasnost.
No parecieron desmentir tal sensación ni el hundimiento del Kursk ni el incendio en Ostankino. El accidente que hundió el mejor de los submarinos rusos, en el primer período pos-soviético, evidenció falta de mantenimiento, y la imposibilidad de rescate desnudó el abandono en que se encontraba la poderosa flota del mar de Barents y lo vetusto de sus batiscafos. Mientras que al arder Ostankino, el mundo se enteró de que la torre más alta y moderna de Moscú desde hacía tiempo no cumplía con las normas de seguridad necesarias.
Por eso es posible que Chernobil haya sido el primer síntoma de la desintegración soviética. Sus malas condiciones eran una clara señal del colapso económico reinante. El sistema de planificación centralizada estaba en ruinas. Sólo faltaba sincerar tal situación ante el pueblo y el mundo.
La misma sensación se desprende de Yongbyong. La central nuclear norcoreana, a simple vista, parece vetusta y desalineada. Sus equipos son antiguos y las paredes de la bóveda del principal reactor muestra las señales del deterioro.
Por eso es posible que, esta vez, el régimen de Corea del Norte esté de verdad dispuesto a desmantelar si proyecto nuclear. Por lo menos en tres oportunidades anteriores, Kim Il Sun y su hijo Kim Jong Il asumieron compromisos similares que, a la postre, no cumplieron.
Es cierto que tampoco la contraparte negociadora, o sea Estados Unidos, tampoco cumplía con lo acordado; pero estaba claro que Corea del Norte no tenía verdadera voluntad de desprenderse de su único poder de persuasión.
¿Por qué estaría ahora dispuesto a hacerlo? Tal vez porque ya no está en condiciones de mantener esa planta en funcionamiento. La economía de planificación centralizada ha colapsado también en Corea del Norte. Y hasta la mirada más ligera de la central de Yongbyong permite ver sobre ella la sombra de Chernobil.