El adversario ya le llevaba una notable ventaja cuando su principal asesor de campaña cometió el error que lo hizo retroceder un par de casilleros. John McCain paga la torpeza de Charlie Black, quien habló de más frente a un periodista de la revista Fortune.
Lo que Black estaba explicando es que, según su propia estimación, McCain está, respecto a Barak Obama, más preparado y con mucha mayor determinación en lo referido a la seguridad interna de los Estados Unidos. Fue ahí donde el reportero vio la rendija por donde sacarle una frase desafortunada y lo logró al preguntarle si un atentado como el del 11-S favorecería al candidato conservador. Black debió callarse, pero dijo lo que era lógico que dijera al cabo del razonamiento que exponía a su interlocutor.
“Ciertamente, sería una gran ventaja para él” respondió el asesor de McCain, sin percibir la gravedad de su torpeza. Si mañana ocurriera otro atentado en suelo norteamericano, el candidato republicano quedaría sospechado de autoría intelectual debido a que, según su principal consejero de campaña, él sería el principal beneficiario.
Lo ocurrido es injusto con McCain. Nada en la larga trayectoria del senador por Arizona pone en duda su calidad ética. Su historia personal permite descartar que sea capaz de obtener alguna ventaja a partir de una masacre. En todo caso, su problema es que el partido que lo postula sí lo hizo, al convertirse en el vocero de la lectura gubernamental que la administración Bush efectuó del ataque genocida perpetrado en el 2001.
El gobierno republicano había nacido débil de una elección en la que el aspirante demócrata sacó más votos directos y donde todo se dirimió turbiamente en un tribunal de Florida. Sus primeros pasos en Washington fueron titubeantes y parecían no tener rumbo alguno, hasta el momento en que los aviones se incrustaron en las Torres Gemelas.
Hasta ese momento, la administración Bush está integrada por dos alas que no lograban coordinar sus movimientos para que el gobierno levante vuelo en alguna dirección. Una era el ala bíblica, integrada por los allegados a la Coalición Cristiana cuyos objetivos se limitaban al plano interno, concentrándose en temas vinculados al sexo y la educación, además del objetivo de remover a los jueces “liberales” y colocar la Corte en manos de magistrados conservadores y religiosos.
La otra ala, encabezada por el vicepresidente Dick Cheney y los entonces secretario y subsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, tenía vínculos con la industria armamentista y su mirada puesta fronteras hacia fuera, proponiendo la doctrina de la guerra preventiva y el unilateralismo para poder dejar de lado a Naciones Unidas y a los aliados europeos a la hora de concretar una vieja aspiración: invadir Irak.
El fatídico 11 de septiembre obró trágicamente el milagro de que las dos alas coordinaran por fin sus movimientos, haciendo que el gobierno de George Walker Bush se pusiera en movimiento en una dirección.
Lo que fue quedando en claro con el tiempo y los estropicios cometidos por los halcones de Washington, es que el gobierno y el partido oficialista se valieron del miedo y la estupefacción que paralizaron a la sociedad norteamericana, para abolir el disenso, acallar a la prensa crítica y obligar al Congreso a cerrar filas en torno a los designios guerreros de la Casa Blanca.
La propia oposición se inhibió tanto que, prácticamente, le concedió a la administración republicana un cheque en blanco, y cuando los demócratas se decidieron a reasumir el rol de opositores era demasiado tarde para lograr que John Kerry impida la reelección del principal beneficiario del 11-S.
Tan evidente fue la manipulación y utilización que el gobierno conservador hizo de aquel ataque genocida, que con el paso de los años fue creciendo la aceptación de la teorías conspirativas sobre lo acontecido el 11 de setiembre del 2001. Desde las más absurdas, según las cuales el propio gobierno norteamericano provocó los atentados; hasta las más moderadas, que hablan de que el plan exterminador de los ultra-islamistas había sido detectado, pero sectores del gobierno y de la CIA, sin conocer exactamente la magnitud del atentado en ciernes, permitieron que ocurra para muñir de argumentos a sus propios planes bélicos.
Si aún quedaban dudas, llegó el libro de Scout McClellan para disiparlas; porque también ese conservador que acompañó a Bush como jefe de prensa desde la gobernación de Texas en la ciudad de sacramento, hasta la Casa Blanca, desnuda la política de engaños y manipulaciones edificadas sobre el miedo paralizante que causó el atentado del 11-S.
John McCain no fue parte de ese juego inescrupuloso. Representando al ala liberal del Partido Republicano, había enfrentado al ultra-conservador Bush en las internas. Después, estuvo entre los pocos legisladores republicanos de posiciones independientes en varios temas, por caso el recorte de impuestos y las estrategias de ocupación en Irak. Por eso es una víctima en gran medida inocente de la torpeza de su asesor de campaña.
No obstante, si el error de Charlie Black lo golpeó tanto en las encuestas es por el terrible antecedente que la administración Bush anotó en el currículum del Partido Republicano; en definitiva, el que postula a John McCain.