La ingratitud se convierte en traición

"Hoy, la vieja Europa niega lo mejor de sí misma, lo que la llevó a derrotar totalitarismos y a construir democracias basadas en el respeto a los derechos civiles y humanos".

Europa explotó, colonizó y esclavizó durante varios siglos a buena parte de Africa, Asia y América Latina. Cuando llegaron las guerras, los dictadores y las hambrunas América abrió generosamente sus puertas a millones de inmigrantes que construyeron sus vidas y ayudaron a construir países.

Hoy, la vieja Europa niega lo mejor de sí misma, lo que la llevó a derrotar totalitarismos y a construir democracias basadas en el respeto a los derechos civiles y humanos. La draconiana legislación antiinmigrante es, más allá de los problemas y necesidades que afrontan los países frente a la inmigración, uno de los pecados más grandes que se pueden cometer: el de la ingratitud.

El racismo y la xenofobia crecen y demonizan a quienes llegan buscando un trabajo que les permita comer todos los días. Esos jóvenes que golpean a extranjeros, aunque sean mujeres, deberían saber que es muy probable que sus abuelos caminaron las calles de Buenos Aires o La Habana ganándose honestamente la vida sin que nadie los atacara.

Sociedades hedonistas y satisfechas de sí mismas, lo único extranjero que admiten, admiran e idolatran es a los ídolos del deporte que llenan estadios y convocan multitudes.

Además, de lo general a lo particular han ido mucho más lejos en la traición a los valores que fundaron su cultura. Han levantado las sanciones a Cuba, mirando hacia otra parte para no ver tanta infamia.

No se trata de los presos políticos ni de las damas de blanco. Se trata de millones de cubanos que no pueden hablar, que no pueden informarse, que no pueden moverse, que malviven en la miseria y la falta de todo. Que pueden ser acusados, como sucedió en estos días, de ``desacato al comandante en jefe''.

No hay que esforzarse mucho para imaginar la vergüenza que sentirían aquellos viejos luchadores contra Hitler, Franco o Mussolini, al ver a sus descendientes inclinar la cabeza ante un despreciable tirano que hace cincuenta años ofende a la conciencia democrática.

La frutilla del postre la puso el presidente uruguayo Tabaré Vázquez, cuando visitó al tirano pero se negó a escuchar a la disidencia. El padre fundador del Uruguay, José Gervasio Artigas, solía decir que ''con la libertad no ofendo ni temo''. El actual presidente le teme a la libertad y ofende con ella, porque si no hubiera llevado su palabra de aliento a quienes luchan por hacer de Cuba una democracia.

Por seguir el discurso xenófobo de sociedades encerradas en sí mismas o por proteger inversiones que se benefician del trabajo casi esclavo de los cubanos, Europa tira por la borda los valores que alguna vez la hicieron el faro de Occidente. Pero este tipo de actitud tiene un precio elevado y antes o después se paga.