La sombra de la corrupción oscurece al gobierno israelí. Desde que reemplazó a Sharon al frente del gobierno, Ehud Olmert acumula denuncias y sospechas. Primero por su mansión en Jerusalén, la ciudad de la que fue alcalde, y ahora por donaciones ilegales recibidas durante quince años de un rico empresario. En el medio, oficiales, soldados y hasta la canciller Zipi Livni le pidieron la renuncia por los errores estratégicos de la guerra contra Hizbolá en el Líbano. Es lo que acaba de hacer el titular de Defensa y ex primer ministro Ehud Barak, y la canciller Tzipi Livni: reclamarle que dimita para asumir las acusaciones que lo van cercando.
En la coalición oficialista todos quieren la dimisión de Olmert, aunque con distintas expectativas. La joven ministra de Relaciones Exteriores, que pertenece al Kadima, el partido que creó Ariel Sharon y que Olmert mantuvo en el gobierno cuando su antecesor entró en coma profundo, apuesta a elecciones anticipadas en la que confía ganar como candidata del oficialismo.
En cambio el laborista Ehud Barak confía en que la dimisión del primer ministro debe dejar la jefatura de gobierno en manos del Partido Laborista, principal socio de la coalición gubernamental. Y esta visión es más realista que la de Tzipi Livni porque, en comicios adelantados, las encuestas vaticinan un probable triunfo del líder del Likud y la derecha dura Benjamín Netanyahu, ansioso por sepultar el diálogo con la Autoridad Palestina para que Mahmud Abas cumpla con su palabra de renunciar si no se avanza en el diálogo.
Desde un ángulo de observación, el nuevo escándalo de corrupción que empuja a Olmert hacia el abismo habla bien de Israel, pero desde otro punto, la mirada revela el lado oscuro de la opulencia alcanzada por el Estado judío.
¿De que manera puede hablar bien de un país un caso de corrupción? De la siguiente: en ningún rincón del Oriente Medio la justicia y la prensa tienen la independencia y libertad de investigar y acusar a un gobernante. Jamás nadie investigó las inconmensurables fortunas de Hafez el- Assad en Siria y de la familia Hussein en Irak. Jamás nadie investigó los turbios negociados de Hosni Mubarak, ni los vínculos que tuvo Muammar Khadafy con el tráfico de armas, ni los favoritismos de la familia Saud a la hora de concesionar las obras de restauración de los sitios sagrados en Arabia Saudita.
Ninguno de los países que rodean a Israel pueden siquiera imaginar que los periodistas investiguen, los columnistas critiquen y los jueces juzguen a quien gobierna. También en esto el Estado judío es insular. Sin embargo, los casos de corrupción que comenzaron con los hijos de Ariel Sharon y que ahora arrinconan al primer ministro Olmert, sumados a los escándalos sexuales que voltearon dos ministros (uno nada menos que el de Justicia) acusados de acoso a subalternas, son una señal de alarma sobre un proceso de decadencia moral, quizá vinculado a la opulencia alcanzada por Israel en las últimas décadas.
Al país que tuvo por matriz la vida colectivista y austera del kibutz, cuya fundación estuvo en manos del movimiento izquierdista MAPAI, del cual surgieron el Partido Laborista y el Meretz, con pioneros como David Ben Gurión y Golda Meir, le es difícil digerir una dirigencia que, como la actual, ostenta riqueza y hace negocios poco claros.
Ese país que nació pobre y defendido por campesinos, profesionales y científicos devenidos en combatientes, no puede entender que, el año pasado, el general Dan Halutz haya vendido acciones de una empresa ni bien recibió la orden de atacar a Hizbolá. Tampoco acepta la ostentación de mansiones ni los escándalos en la clase dirigente, porque los líderes fundadores vivieron en la austeridad y la entrega a la causa nacional. Igual que fallas de inteligencia como la del Shin Bet a la hora de proteger a Yitzhak Rabin, o el Mossad y el Tzahal al planificar la guerra en el Líbano, resultan casi ajenas a la historia israelí.
La Israel de las primeras décadas ganaba guerras de manera sorprendente. Como la de 1948, que estalló cuando la voz de Ben Gurión todavía resonaba en el Teatro de la Opera de Tel Aviv, donde se realizó un acto fundacional; o la guerra de 1967, en la que se impuso en sólo seis días. Aunque, por cierto, había guerras con menos lucimientos, como la del Yom Kipur en 1973, pero incluso en las victorias más ajustadas los generales brillaban como estrategas y los soldados como combatientes. Aquella Israel también lucía aparatos de inteligencia considerados entre los más eficaces del mundo.
Por eso causaron tanta perplejidad el año pasado los errores de cálculo del Mossad al calibrar el poderío y las estrategias de Hizbolá, así como también las fallas del ejército al lanzar en el Líbano una guerra destructiva y sangrienta que sólo sirvió para fortalecer al partido milicia de Sayyed Hassán Nasrala en el escenario político libanés.
De este modo, el desafío actual de la sociedad israelí es indagar por qué en el actual estadio de opulencia económica, desarrollo tecnológico y poderío militar, hay síntomas de decadencia que la Israel pobre de los pioneros no habría podido ni siquiera imaginar.