De nuevo Irán y la bomba atómica

Se ha desatado una nueva ofensiva diplomática y política de las grandes potencias sobre el gobierno iraní, para que abra totalmente su plan nuclear y abandone cualquier idea que tenga de contar con arsenal atómico. Los límites del argumento occidental y las dudas que plantea el discurso de Mahmud Ahmadinejad.

La historia y el mundo actual le dan razones de sobra a Mahmud Ahmadinejad para defender su proyecto nuclear, incluso si quisiera admitir abiertamente que va más allá de la generación energética para llegar al plano militar.

A Francia le dolió la oreja cuando, tironeada por Estados Unidos, tuvo que salir de la guerra contra Egipto en 1956. Gamal Abdel Nasser había nacionalizado el Canal de Suez, la estratégica conexión entre el Mediterráneo y el Mar Rojo construida por la empresa del francés Ferdinand Leseps. Por eso Londres y París decidieron, sin consultar a Washington, iniciar el conflicto armado al que se sumó Israel justificándose con el bloqueo a su puerto de Eilat.

Como los norteamericanos entendían que, en el marco de la Guerra Fría, no se podía actuar sin consultar al jefe del bloque, y también que ese conflicto resultaba inconveniente en su pulseada con la Unión Soviética, Ike Eisenhower ordenó al Eliseo y al 10 de Downing Street poner inmediato fin a los combates en Egipto.

La sangre en el ojo francés decidió a De Gaulle a convocar al científico Rocard, padre del socialista que décadas más tarde sería primer ministro, para que Francia tenga su propia bomba atómica y nunca más una potencia nuclear le diga que puede y que no puede hacer.

Por eso cuando Bill Clinton impuso su moratoria de ensayos nucleares, los franceses siguieron haciendo sus ensayos submarinos en el Atolón de Mururoa, sin escuchar el estupor mundial contra su conducta belcicista. Y cuando un barco de Green Peace navegó hasta el polígono para expresar su mediática protesta, agentes secretos lo hundieron en Taití.

Obviamente, Nicolás Sarkozy tiene, igual que su antecesor Jacques Chirac, una limitación histórica a la hora de presionar a Irán para que renuncie a la faz militar de su plan nuclear. El gobierno iraní dispone también de argumentos más cercanos en el tiempo y en el mapa.

Su vecino Pakistán, país tan musulmán como Irán, llegó a la bomba atómica en los tiempos del primer ministro Nawaz Shariff. Y siempre defendió su proyecto con el argumento de que su archienemigo, la India, tiene ojivas nucleares cargadas en misiles que pueden llegar a Karachi, Islamabad y Rawalpindi cuando se le ocurra a quien gobierne desde Nueva Delhi.

Por cierto, Washington respondería que Pakistán es un aliado desde los tiempos de la dictadura de Mohamed Zia Ul Haq, el hombre que derrocó y ejecutó a Zulfikar Alí Butho. Pero los iraníes podrían rebatir el argumento de la confiable alianza, recordando que el científico Andel Karim Khan, padre de la bomba atómica paquistaní, el vendió la receta a los norcoreanos cuando todavía vivía Kim Il Sung, y posiblemente lo hizo con la aprobación disimulada del dictador Pervez Musharraf, aliado de los norteamericanos en el conflicto afgano. 

Por otra parte, a esta altura ya nadie discute que Israel tiene arsenales atómicos. Teherán sabe que no se puede ser el principal enemigo de una potencia nuclear, como aspira el régimen iraní a serlo del Estado judío, sin tener las mismas armas de destrucción total.

En debate abierto, Israel argumentaría en su defensa que sus gobiernos no amenazaron jamás la propia existencia de Irán, ni de Siria  ni de ningún otro enemigo árabe; a lo que Teherán respondería que, en los hechos, “el ente sionista” (como lo llama) ha eliminado a Palestina como estado árabe. Y Jerusalén retrucaría diciendo que Palestina jamás existió como Estado árabe y que fueron los demás países árabes los que le impidieron esa existencia al rechazar la resolución de Naciones Unidas de 1947, etc, en un debate de nunca acabar y en el que las dos partes se dividirán razones válidas o al menos entendibles.

Ahora bien, una mirada absolutamente objetiva, o sea prescindente de toda identificación, por mínima que sea, con alguna de las partes, y también ausente de cualquier tipo de fobia hacia cualquiera de ellas, a la hora de emitir un juicio al respecto se preguntaría respecto a los discursos amenazantes de Ahmadinejad.

El presidente iraní no dice que Israel debe dar marcha atrás con la construcción de asentamientos y permitir el nacimiento de un Estado palestino con capital en Jerusalén Oriental. Dice que Israel debe desaparecer del mapa y que ese momento está a punto de llegar.

Lo repite a cada rato, como vaticinando la inminente extinción del estado judío. ¿Cómo pretende entonces que Israel se siente a esperar que el gobierno ultra-islamista tenga la cantidad suficiente de centrifugadoras como para construir bombas atómicas?

A ese imaginario observador super-objetivo, no le resultaría descabellado un ataque israelí sobre Natanz, Arak, Izfahan y Busher, los centros donde se desarrolla el proyecto nuclear iraní, así como los puntos militares donde se encuentran almacenados los misiles Shihab-3, capaces de alcanzar Tel Aviv y Jerusalén con sus ojivas nucleares.

Lo justificaría la defensa propia, alentada por un discurso recurrente en su altísima y amenazante agresividad.

Si Ahmadinejad de verdad quiere defender el plan nuclear de su régimen teocrático, ¿por qué insiste con el discurso que tanto fomenta la resistencia de las potencias a ese plan?

A esta altura de esa retórica lunática y tan contraproducente para el propio proyecto atómico iraní ¿no corresponderá empezar a preguntarse si en realidad lo que busca Ahmadinejad es que Israel ataque su país? ¿No estará el presidente iraní apostando a que un ataque israelí provoque una jihad generalizada y total? ¿No será ese el apocalipsis que su discurso enervado está vaticinando?