Los nombres ocultan lo que las cosas son

Cuando los nombres ocultan lo que las cosas son: terratenientes y burocracia estatal

La Odisea cuenta que el astuto Ulises engañó al cíclope Polifemo con la simple estrategia de cambiarse el nombre. Antes de dejarlo ciego con una estaca encendida, se presentó ante el cíclope con el nombre de Nadie. Polifemo, después de recibir la herida en su único ojo, pidió ayuda a sus compañeros gritando que Nadie lo había herido. De esta manera, Ulises logró escapar ante la indiferencia de los cíclopes. Polifemo lo llamó como aquél decía llamarse y esa fue la causa de su perdición.

Si no queremos terminar engañados como Polifemo, llamemos a las cosas por un nombre que explicite lo que verdaderamente son: ni “campo” ni “gobierno popular”, sino “terratenientes” y “burocracia estatal”. Esa abstracción de “campo” pretende ocultar la desigualdad estructural que está a la base de la injusta división originaria de la sociedad entre un puñado de terratenientes y una multitud de campesinos explotados por aquellos —explotadores y explotados en general—. La injusticia originaria estableció privilegios, la herencia y el libre mercado los reproduce. 

 En aquel entonces la espada distribuyó a unos la tierra, a otros la pobreza; hoy aquellos heredan riqueza y éstos últimos, miseria. Y el libre mercado mueve la máquina: los desplazados del sistema se ven obligados a venderse como fuerza de trabajo y consumir sus vidas en el campo o en la fábrica; los terratenientes y empresarios compran, al precio que dictamina la “justicia” del mercado, combustible en forma de vida humana para hacer crecer sus millones. ¿A qué “campo” defienden aquellos que salen a abollar sus cacerolas o a pasear en auto por el centro al son de sus bocinas? Al campo de los privilegios, a los privilegios del campo.

A ese mismo campo que, para defender sus prerrogativas de clase, hace lock out, promueve el desabastecimiento, tira miles de litros de leche en un país en el que miles de niños se mueren de hambre. No dejemos que los falsos nombres encubran la realidad: el mal llamado “paro del campo” es un lock out patronal orquestado por los terratenientes para exigir al gobierno que no se toquen sus privilegios ancestrales.

Llamar “gobierno popular” al neoliberalismo perfumado de discurso de izquierda que nos tiraniza, no es menos ocultador. Se oculta tanto que el Estado está constituido sobre aquella desigualdad estructural, como que se alimenta de ella. Ni siquiera se trata de que el Estado pretenda implantar ciertas reformas sociales tendientes a hacer más sutil el orden de explotación vigente —necesarias según la estrategia de la llamada “socialdemocracia” para lubricar las contradicciones del sistema, para enfriar cada tanto el sobrecalentamiento del gigantesco dispositivo de explotación humana para que, en definitiva, la máquina siga funcionando—, sino que no es otra cosa que un impuesto encubierto para subsidiar la gigantesca burocracia estatal que preside el binomio Kirchner.

Desenmascaremos estas dos abstracciones ideológicas que no hacen más que encubrir las reales formas de explotación, privilegios y poder de la sociedad actual. Dirijamos nuestras miradas a las relaciones económico-sociales que subyacen bajo estas ficciones conceptuales, con el fin de adquirir una clara conciencia de la verdadera situación material sobre la que se desenvuelve esta mezquina pulseada entre dos sectores de poder, el uno político, el otro económico, y cuyos principales perjudicados, como siempre, son los sectores que menos poseen.

Sólo una clara conciencia de las causas estructurales de la explotación vigente permitirá a las víctimas del sistema alcanzar los medios necesarios para eliminar de raíz tal situación y, en general, toda situación de explotación.