El síndrome del helicóptero

En estos días críticos se ha vuelto recurrente en los medios el trazado de paralelismos con la historia de fines de 2001.

Ciertos parámetros, especialmente económicos y del contexto internacional, en realidad nos colocan a mucha distancia de aquel escenario.

Hay un factor, sin embargo, que vuelve razonable la comparación. En 2001 teníamos un presidente debilitado tanto por las circunstancias como por su propia parálisis. Creo que los argentinos tenemos la tendencia a confiar en gobernantes fuertes. Nos gustan decididos, asertivos, convocantes, carismáticos, paternales. Por eso tenemos la capacidad de percibir con facilidad cuando en la Casa Rosada están instaladas la debilidad y la desorientación. Por algo una vez electo Menem en el 89, Alfonsín duró dos meses. De La Rúa ni siquiera llegó tan lejos. En 2001 el primer "perceptor" fue el Partido Justicialista. Hubo un sentimiento de desquite al rechazar las invitaciones de De La Rúa a la mesa de diálogo. El PJ fue el encargado de colgarle al Presidente el proverbial salvavidas de plomo.

La coincidencia entre las cacerolas de clase media apenas afectadas, pero ofendidas por el corralito y las cacerolas vacías en serio de una clase más desesperada, fueron la cara visible, la justificación y la evidencia de un gobierno agotado.

El corralito y la colorida resistencia que generó, hoy parecen casi anecdóticos. Como una foto enfocada caprichosamente sobre un punto saliente, pero escindida de la escena general. Aun así, periodistas y lectores en sus comentarios la utilizan como figura representativa de una rebelión ajena a lo popular, sospechosamente elitista, un "reclamo del bolsillo"... pero con igual poder de lastimar a la figura presidencial.

Ese estereotipo de protesta popular ma non troppo ha resucitado ahora para entregarle la posta a la resistencia del campo. Por supuesto, tal como sucedió con la estrella fugaz de Blumberg hace unos años, hay muchos enemigos ancestrales del campo popular que se enancan en una movida con visos serios de legitimidad. Por eso los analistas de balcón no alcanzan a ver al pueblo, ven primero a Cecilia Pando o a míticos terratenientes del siglo pasado y los señalan como "funcionales" al socavamiento del poder.

Los eternos oyentes de sordos ruidos de corceles y de acero, de esa manera, pretenden aglutinar al pueblo detrás de una cruzada contra golpes de estado difusos e improbables. Naturalmente, la oposición de cualquier signo se tipifica también como golpista y se le resta credibilidad incluso antes de que hable.

Cacerolas = ingobernabilidad es una fórmula que eriza los pelos del político más pintado. No importan las causas. Aunque se sepa que tanto las cacerolas como las reuniones multitudinarias de hoy exceden en mucho a la reacción que cabía esperar por la agresión aislada al productor agrícola, a lo único que se atina es a operar sobre el emergente sin capacidad para profundizar en las causas.

Ese es el verdadero paralelismo entre 2001 y 2008: el vacío de poder. El olfato argentino otra vez puesto de manifiesto.

En aquella oportunidad el que se puso al hombro la coyuntura, mal o bien, fue el Justicialismo de la Provincia de Buenos Aires. No hubo golpe de estado a la manera inaugurada en el 30, con uniformes de gala y comunicados número uno. Hubo más bien un golpe palaciego más digno de los Borgia o de los Médici que de Justo o de Aramburu.

Creo que la crisis no está en el "reclamo del bolsillo" de los que siembran soja, ni en el tardío descubrimiento de la necesidad de redistribuir, ni en el armarse en defensa de la patria de D'Elía. Hoy no hay un caudillo con seguidores sanguíneos como Rosas, ni un componedor corporativo como Perón, ni siquiera un manipulador de lobbies como Menem. Hay una presidenta elegida en los mismos pasillos florentinos de los Borgia y hay quien cedió poder como congresista, intendente o gobernador, por haber sido comprado o humillado. A una la olfateamos rápido los argentinos. Los otros, los comprados y los humillados, son todavía más sensibles a la brisa que emana del poder o a su ausencia.

Es posible que el Partido Justicialista sienta, por una elevada concepción de la paz social o por una elemental razón de supervivencia electoral, que ahora, como en 2001, tiene que llenar ese vacío de poder.

Algunos ciudadanos preferiríamos que fuera el Congreso Nacional, como expresión de toda la sociedad, el que levantara con ganas la bandera del restablecimiento del poder. Humildemente, considero más probable que sea un sismo de origen peronista el que se ocupe, igual que en 2001.