Los tres aspirantes a la presidencia de los Estados Unidos ya han dicho que piensan hacer con Cuba, con Chávez, con Irán, con Irak, con la salud pública y con la educación, entre otras cosas. Por otra parte, Obama ha rechazado los sermones de su pastor, Hillary pidió disculpas por mencionar el asesinato de Robert Kennedy y McCain hizo público su récord de salud.
Todas, cosas más destinadas a convencer a posibles votantes que parte de proyectos claros para problemas concretos. Mientras tanto, en las últimas dos semanas dos hechos graves se agregaban a la larga lista de sospechas que existen sobre la administración Bush. El ex vocero del presidente, Scott McClellan, publica un libro donde afirma que hubo una larga lista de mentiras para que la opinión pública estadounidense aceptara la guerra de Irak. La existencia de armas de destrucción masiva en aquel país y los vínculos de Saddam Hussein con Al Qaida nunca se pudieron probar.
El embajador Joseph Wilson viajó a Africa y luego escribió en The New York Times que Irak nunca intentó comprar uranio enriquecido en Níger. Desde los más altos niveles de la administración se filtró a la prensa que la esposa de Wilson, Valerie Plame, era un agente encubierto de la Agencia Central de Inteligencia, poniendo en peligro su seguridad y cometiendo un delito federal.
No hace mucho se supo que agentes del FBI se negaron a torturar prisioneros y también trataron de impedir que oficiales de otras agencia lo hicieran. Buenos profesionales, dijeron además que estos maltratos no eran eficientes para conseguir información antiterrorista.
Todo esto va contra los principios fundacionales de esta gran nación. Quienes piden su voto a la ciudadanía establecen con ella un contrato donde está ímplicito que no mentirán. La confianza de los gobernados es la mayor fuente de legitimidad de quienes nos gobiernan.
Por lo demás, es absolutamente inaceptable que quienes están en el gobierno cometan algún tipo de delito, ya que, por la posición que ocupan son los más obligados a respetar las leyes.
Son tan graves las consecuencias de todo este entramado de medias verdades y medias mentiras que sería saludable que quienes están luchando para llegar a la presidencia digan qué piensan sobre esto y qué planean hacer si llegan a la Oficina Oval. Porque es obvio que algo habrá que hacer para recuperar la credibilidad de la institución presidencial. Los tres candidatos están en el Congreso, institución encargada de controlar al Ejecutivo. Deben saber qué falló en los controles para que las cosas llegaran tan lejos.
A esto se suma que también deberían decir claramente qué piensan hacer con la calamitosa administración de Irak por parte de Brennan y con lo sucedido en Nueva Orleans cuando pasó el huracán Katrina, por poner dos ejemplos que cosas que deben ser aclaradas.
Si todo esto no se convierte en tema de campaña, las señales sobre el futuro no son buenas. Es urgente corregir el rumbo y tomar las medidas necesarias para que ciertas cosas no puedan volver a ocurrir. Ya hemos comprobado que no se puede suponer que quienes son elegidos para gobernar nos dirán siempre la verdad. Y más vale que busquemos los mecanismos que no permitan que alguien nos mienta.