La montaña sucede. Ahora mismo sucede como sucede el viento, como suceden las raíces, como sucede la pena de los hombres y la alegría de los hombres.
Ahora mismo la roca se hace y se deshace. Y, ¿qué importa si nuestros ojos no alcanzan a verlo? Hablo de nuestros ojos personales.
Pequeñitos, oscuros, fatigados. Los que apenas alcanzan para nuestro tamaño y nuestro tiempo.
¿Cómo podrían pobres pequeños, oscuros, fatigados entender movimientos que atraviesan milenios y colores que vienen de un tiempo que ya era antiguo cuando transcurría?
Así pensando parece que el camino que hicimos hastaa quí tiene que ver con desandar la especie, con regresar al miedo y a las manos vacías, con descubrirnos mínimos..., casi absurdos. Y sin embargo, no... Ni mínimos, ni absurdos.
Acercarnos a la inmensidad no para sentirnos insignificantes sino para sentirnos parte, mezclarnos con lo eterno no para desdeñar nuestro tiempo en la tierra sino para hacerlo luminoso... Este día que nos toca es nuestra eternidad. O mejor, es nuestra posibilidad de ser eternos... La montaña transcurre como transcurren los atardeceres.
La montaña comienza y termina, se cumple y estalla como los damascos.
Y aunque el tiempo de la piedra no sea el nuestro, aunque no nos alcance la vida para ver ni un parpadeo del paisaje podemos alegrarnos de estar hoy junto a esta hermana grande que sucede y transcurre, que comienza y termina, que se cumple y estalla como cualquiera de nosotros... para que todo continúe su marcha.
Volcán
La reconocida escritora mendocina se para frente al fenómeno del volcán Chaitén y comparte con nosotros su reflexión: "¿Cómo podrían pobres pequeños, oscuros, fatigados entender movimientos que atraviesan milenios y colores que vienen de un tiempo que ya era antiguo cuando transcurría?"