Tras escuchar atentamente a nuestro gobernador Celso Jaque en su mensaje del 1 de mayo ante la Asamblea Legislativa, la primera de su gestión, sentí algo así como vergüenza ajena por la ligereza de sus conceptos y sobre todo, por la falta de sinceridad en cuanto a su actuación en estos primeros meses. Peor aún, cuando puso sobre el tapete la falta de acciones concretas,este navegar sin rumbo fijo, con marchas y contramarchas, acusando al gobierno anterior (nadie lo defiende; es una cuestión de racionalidad política) por haber enlentecido la puesta en marcha de sus objetivos preelectorales.
Desde la reinstauración de la democracia a la fecha, siento que ha sido el más pobre de los discursos, el que ha contenido más laberintos verbales y que sólo ha usado la crítica para justificar inoperancias en distintas área de gobierno. Esto no habla bien de un hombre que puede decirse gestionó adecuadamente como intendente de Malargüe o que trabajó con perseverancia y responsabilidad siendo senador provincial, preocupado por su trabajo y no por las cámaras, los flashes o los impactos en el ámbito comunicacional. Extraño pero cierto. Parece que no aprendemos de nuestros errores, parece que la memoria histórica de los argentinos en general y de los mendocinos en particular, va diluyéndose en vez de acentuarse con el transcurrir del tiempo.
Nuestros dirigentes parecen comprender cada vez menos que la ciudadanía quiere crecer en este ejercicio democrático y no retroceder, porque costó muchas vidas, dolores muy profundos, aprendizajes que la mayoría no hubiera querido experimentar. Digo esto porque es una constante que cada gobernante que asume un nuevo período debe tirar por lo borda lo anterior, para “empezar de nuevo”. Y la historia, que es la vida en distintas etapas, nos muestra cada vez más que lo correcto sería: seguir y perfeccionar aquellas políticas que funcionaron bien; mejorar aquello que es correcto pero que necesita de modificaciones e impulsar nuevos proyectos. Esto, seguramente, nos haría crecer progresivamente en lo político, en lo social, en lo económico y fundamentalmente, en las relaciones humanas. Esto es posible. No es una utopía sino que implicaría madurez en todos los órdenes de la vida.
Has lo que yo digo…
Y permítanme una reflexión y en cierta medida, poner en contexto la realidad cotidiana: la violencia que se ejerce desde todos los ángulos. No sólo física sino también psicológica y verbal. Los adultos criticamos algunos comportamientos agresivos de los jóvenes … pero ¿nos preguntamos de dónde salen estos chicos? ¿O no son fruto de la sociedad en la que vivimos y de las conductas que les mostramos?
Pruebas al canto: después de la Asamblea Legislativa, como es habitual, los periodistas recogen opiniones de distintos sectores políticos y sociales, acerca del discurso del gobernador. Por supuesto, el oficialismo halaga y la oposición critica; los gremios aprovechan la ocasión para manifestar sus reclamos o destacar sus logros; las organizaciones sociales hacen lo propio.
Hasta acá, planteamos el qué.
Pero el tema es el cómo. La crítica forma parte del juego democrático pero no la verborragia acompañada de violencia a través de la palabra. Fue el caso del intendente de San Martín, quien en su incontinencia verbal, tuvo expresiones que no corresponden a alguien que rige los destinos de una comunidad, para atacar a su par de Godoy Cruz, quien tampoco ahorró palabras para responderle. Se olvidan quizá, que la caridad empieza por casa. Y como si esto fuera poco, al día siguiente escuché que el Vicegobernador, segunda autoridad de la Provincia, decir que esas diferencias de opiniones (¡!!!!!) son normales y que ello “fortalece la democracia” (sic).
Mal podemos hacer para que nuestros jóvenes controlen sus conductas si los adultos no damos el ejemplo. Pero más aún, si quienes lo hacen tienen responsabilidades de conducción. Esto también aleja a los chicos de la participación y exacerba el individualismo que tanto les criticamos.
Creí importante hacer este paréntesis, esta reflexión, porque si no hablamos siempre desde la tribuna, desde la abstracción. Y la política es un todo, se hace y se expresa en cada acción y desde cada lugar. Política no es una mala palabra. La hacen mala los hombres que no la valoran ni la dimensionan correctamente. No hay que perder la memoria.
Siempre digo y repito hasta el cansancio que somos un pueblo sin memoria histórica, Lo seguiré haciendo, porque pienso que es uno de nuestros mayores males. Es una de nuestras grandes falencias. Sobran los ejemplos y quienes cargamos algunos años, lo hemos vivido y padecido en reiteradas ocasiones. Ya desde lo político como desde lo económico y de lo social, o desde los tres pilares a la vez.
Entonces, no dejemos que esto nos invada nuevamente con mezquindades partidarias o de intereses, que sólo nos conducirán a meros lamentos mientras la realidad nos invade, nos corroe, nos angustia. Al toro hay que tomarlo por las astas.