Murió muy lejos de Marquetalia. Una distancia oceánica separa el selvático rincón donde lo emboscó la muerte, de aquellas montañas donde proclamó junto a Jacobo Arenas la república socialista de Marquetalia. En definitiva, es la distancia entre aquel joven campesino que combatía con nobleza e integridad la opresión latifundista, y este viejo jefe de una guerrilla envilecida y cruel que ha comenzado a destartalarse.
Hasta el aspecto había perdido cierta elegante dignidad. Siempre vestido humildemente, el joven era carismático y agradable. En cambio, el Tirofijo envejecido carecía de prestancia usando el birrete con la visera levantada y llevando siempre una toalla amarilla colgada del hombro para secarse el sudor.
No se puede descartar que lo del paro cardíaco sea una versión falsa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) porque, políticamente, sería más redituable para el gobierno de Alvaro Uribe que Marulanda haya caído abatido por fuego del ejército colombiano. Pero aún tratándose de muerte natural, la pérdida del máximo líder agrava el debilitamiento provocado a las FARC por las operaciones ordenadas desde la presidencia.
Por caso, las muertes del Negro Acacio, jefe del Frente 16, y del número dos y canciller, Raúl Reyes, evidencia la profundidad que han cobrado las ofensivas militares sobre las comandancias y el propio secretariado general de la guerrilla. A la vez, el asesinato del comandante Iván Ríos, traicionado por sus propios subalternos, fue el primer gran golpe logrado por la política de millonarias recompensas que ofrece Uribe a los guerrilleros que maten o entreguen a sus jefes.
En el mismo rubro se inscribe la capitulación de la comandante Karina, célebre por la osadía de sus acciones bélicas, por la brutalidad ejercida con sus enemigos, por su habilidad para escabullirse de masivas cacerías militares y por ser considerada responsable del asesinato en 1983 de Alberto Uribe, padre del actual presidente.
Esta aguerrida insurgente que perdió un ojo en combate y asoló durante décadas los departamentos de Antioquia, Chocó y Caldas, justificó su decisión de entregarse a la DAS (policía secreta) diciendo que sus subalternos planeaban entregarla para cobrar la recompensa del gobierno. También reveló que las FARC están desarticuladas, al punto de que ella llevaba dos años sin poder comunicarse con sus jefes, y que el Bloque 47 (ya extinguido) se encontraba totalmente aislado de las demás formaciones de la guerrilla.
En definitiva, la revelación de la comandante Karina es lo que ya había evidenciado la liberación de Clara Rojas y Consuelo González, cuando el secretariado prometió liberar al pequeño Emmanuel, sin saber que no lo tenía en su poder. Toda una señal de desarticulación entre el secretariado y los mandos medios de los distintos frentes.
De héroe a forajido
Cuando finalmente cayó en la emboscada que le tendió la muerte, lo único que podía ostentar era el dudoso mérito de ser el combatiente más viejo del mundo. Si hubiera perseverado en las negociaciones con el gobierno de Belisario Betancourt, en los años ochenta, o de no haber perdido esa segunda chance que ofreció el presidente Andrés Pastrana en la década del noventa, posiblemente habría muerto acunado por la veneración de las izquierdas y el respeto de buena parte del centro y el conservadurismo.
Al fin de cuentas, pocos pueden cuestionar a aquel joven campesino que se unió a la guerrilla liberal formada en 1949, en respuesta al asesinato del popular Jorge Eliécer Gaitán, perpetrado por un sicario pagado por el Partido Conservador. Liberales y conservadores lucharon desde la segunda mitad del siglo 19, comenzaron el siglo 20 con la “guerra de los mil días” y, con el magnicidio de 1948, volvieron de lleno al campo de batalla.
Los campesinos como Pedro Antonio Marín eran liberales y, como él, muchos se hicieron izquierdistas cuando, sobre el final de los años cincuenta, el Partido Liberal pactó con los conservadores. Ya era célebre por su puntería y lo llamaban Tirofijo cuando se unió al ideólogo marxista Jacobo Arenas para fundar las FARC en 1964.
Al alias de Manuel Marulanda Vélez lo tomó cuando la guerrilla proclamó la región de Marquetalia como estado socialista. En un tiempo remoto parece haber quedado aquel momento de esplendor insurgente, porque cuando a Tirofijo finalmente lo abatió la muerte, las FARC ya habían degenerado en una banda envilecida y cruel, asociada con el narcotráfico y carcelera de rehenes usados como escudos humanos y sometidos a las condiciones de los campos de concentración.
Del fracaso del diálogo impulsado por el gobierno de Belisario Betancourt en los años ’80, fue culpable la derecha violenta que creó escuadrones de la muerte y mató a cientos de guerrilleros desmovilizados, hasta destruir la Unión Patriótica, el partido que impulsaban las FARC. Pero a la oportunidad que le dio el gobierno del conservador Andrés Pastrana en los ’90, la perdió el propio Tirofijo, por haber usado esos meses de diálogo en una zona desmilitarizada para reorganizar la guerrilla y profundizar contactos y negocios con el narcotráfico.
Desde entonces, la degradación de las FARC fue directamente proporcional a la caída de su imagen en Colombia y en el mundo. La difusión del tormento padecido por los rehenes en el corazón oscuro de la selva, acrecentó el aislamiento local e internacional de la organización armada. Y el proceso que hizo de las FARC una banda envilecida y cruel, perjudicó a toda la izquierda colombiana. Por eso la muerte encontró al viejo comandante tan lejos de Marquetalia, aquel momento de esplendor insurgente.
De haber muerto décadas atrás en aquellas montañas del departamento de Tolima, o de haber firmado la paz con Andrés Pastrana, posiblemente Marulanda hubiera quedado en la historia como un héroe rebelde. Pero murió como un brutal forajido.