El viernes 16 de mayo se conmemoró el “Día Internacional contra la Homofobia y Transfobia”, al cumplirse 18 años del día en que la OMS (Organización Mundial de la Salud) retiró a la homosexualidad de la lista de “enfermedades mentales” (no voy a hablar en esta ocasión de este concepto por demás cuestionable). Me parece increíble pensar que cuando yo tenía 10 años, esta institución tan respetada en el mundo entero promovía tan nefasta idea en la comunidad internacional.
Pero aún me indigna mucho más saber que, en la actualidad, a mis 28 años, esa idea sigue vigente en miles de millones de mentes en todo el mundo, y que las leyes de unos 80 países aún hoy criminalizan las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo (9 de estos países llegan a aplicar la pena de muerte). ¿Pero para qué hablar del mundo entero cuando en Argentina, y particularmente en Mendoza, tenemos un caso paradigmático de homofobia y transfobia generalizada?
En nuestra provincia, la calle, la escuela, las universidades, la Iglesia, la televisión, la radio, los diarios, y un sinnúmero de instituciones y medios masivos de comunicación, reproducen el discurso y las prácticas homofóbicas. Que el término “p…” sea uno de los insultos de uso más generalizado, confirma lo dicho —análogo es el uso del insulto “c…”—. No es para nada sorprendente que ese adjetivo se utilice de manera despectiva para con la mujer que hace un uso de su sexualidad análogo a aquellos hábitos que son aplaudidos cuando los realiza un varón. Aquella es una “p…”, éste es el “macho argentino”. Digo que no es sorprendente, porque una misma lógica subyace a esas dos actitudes: la opresión patriarcal.
Las relaciones sexuales son entendidas como el lugar privilegiado de esta relación de poder. La sociedad patriarcal establece una jerarquía entre los sexos y un mandato para cada uno de ellos: el rol activo y de poder para el varón, y el pasivo y de sumisión para la mujer. Mientras no se trastoque este orden social, machacado a fuerza de martillo (por no mencionar el fuego de la hoguera) por siglos de dominación de la ideología católica, las relaciones sexuales mantienen su carácter de “normalidad” y “naturalidad”, y hasta se “santifican” mediante el matrimonio (tanto es así, que las numerosas violaciones dentro del matrimonio pasan desapercibidas). La condena social aparece cuando varón o mujer osan hacer un uso libre de su sexualidad, cuando varones o mujeres rechazan el lugar que la sociedad les ha impuesto.
Me gustaría escribir algunas palabras en contra del argumento tan generalizado de la supuesta “antinaturalidad de la homosexualidad” (aunque realmente me parece ridículo que este absurdo siga dando tanto para hablar). No se puede negar que los órganos sexuales tienen una función natural: la de procreación. Pero reducir la sexualidad humana a la función reproductiva es un absurdo que nadie que haya hecho alguna vez el amor puede sostener sin una patente hipocresía.
El deseo, el placer, son experiencias que comprometen al ser humano como totalidad, y que se vinculan con la libertad del existente dentro de una situación dada (en sentido sartriano). Me parece pertinente citar las siguientes palabras de aquella luchadora por la liberación femenina que fue Simone de Beauvoir: “La homosexualidad (…) es una actitud elegida en situación, es decir, a la vez motivada y libremente adoptada. Ninguno de los factores que el sujeto asume con esta elección —datos fisiológicos, historia psicológica, circunstancias sociales— es determinante, aunque todos contribuyen a explicarla” (El segundo sexo). Lo mismo se podría extender a la sexualidad en general.
Ahora bien, a aquellos que insisten en utilizar la “falacia naturalista” y pretenden fundar la moralidad en el comportamiento natural de los animales (que no sólo contiene una premisa falaz, pues está comprobado que el comportamiento homosexual de los animales está bastante generalizado, sino que además es una analogía inadecuada, ya que la moral es el fruto de la cultura, y ésta, en gran medida, y según el pensamiento occidentalizante, se contrapone a naturaleza), se les puede rebatir mediante la “reducción al absurdo” con múltiples pruebas. Una de estas podría ser: si los animales utilizan la boca o lo sumo las patas delanteras para comer, el uso de cubiertos sería “antinatural” y —según aquel pensamiento que se apoya en la ecuación natural = bueno, antinatural = malo—, malo.
El ser humano es tal por su capacidad de trascender lo natural, por hacer de su existencia un proyecto libremente asumido en situación. Su esencia no es algo dado, sino que se proyecta libremente en situación. Su situación, en el caso de la sexualidad, está dada por aquellas circunstancias que han hecho al hombre —varón o mujer— inclinarse a ciertas prácticas sexuales y no a otras. La sexualidad humana trasciende su función meramente natural, rompe el molde de la “naturaleza” para comprometer la existencia en su totalidad.
Mientras no se abandone el patrón de pensamiento católico (más allá de que se sea o no católico, nuestra cultura está atravesada de punta a punta por el pensamiento católico) de desprecio del cuerpo —en la gran mayoría de los casos de la boca para afuera— las relaciones homosexuales seguirán siendo atacadas por aquellos que invocan la función reproductiva del sexo como parámetro de su moralidad, pero que inmediatamente la olvidan cuando se trata de satisfacer el propio deseo. Mientras no se abandone el esquema de pensamiento que introduce en el seno de la sexualidad una relación de poder, sus emergentes, el machismo, la homofobia, la transfobia, seguirán presentes en nuestra cultura y seguirán produciendo opresión, discriminación, violencia sexual, exclusión social, etc., etc.