Mendoza amaneció este jueves con una escasa circulación de micros en función de un paro sorpresivo determinado por el sindicato que agrupa a sus choferes.
Aquellos vehículos cuyos choferes decidieron circular, fueron apedreados. Quienes conducían las movilidades administradas por el Gobierno, poco antes del amanecer se sumaron a la medida, abandonando en las calles sus unidades y ocasionando otros problemas sorpresivos, con los atolladeros de tránsito.
Por su parte, el Gobierno tampoco garantizó la prestación de un servicio que si bien es gerenciado mayoritariamente por empresas privadas, reviste el carácter de “público”, con el agregado de que se trata de un área de servicios que se ve beneficiada por fuertes subsidios que pagan los contribuyentes, gracias a distintos desatinos que, de hecho, se profundizaron con la gestión de Julio Cobos en el gobierno. Ahora, es problema de la gestión de Celso Jaque y por él deberá ser tomado como un tema de prioritaria resolución, tal como en su momento prometió.
Agreguemos el hecho de que los choferes –quienes además han llevado a cabos piquetes– perciben un sueldo básico de alrededor de $2.700 en mano y que la medida que tomaron perjudica, en gran mayoría, a quienes ganan mucho menos dinero que ellos.
La situación, visto el panorama general, aparece en primera instancia como un ejercicio de falta de oportunismo y mezquindad de parte de estos trabajadores.
Ya mismo aclaremos que los trabajadores tienen derecho a usar la herramienta del paro, pero hacerlo de este modo, por sorpresa, no se sostiene ante el menor análisis sobre el carácter ético e insolidario de la medida. ¿Qué le decimos, por ejemplo, a la gente que esperó subirse a un micro para ir a ser atendida a un hospital o a los niños que iban camino a la escuela, mientras sus padres, confiados, iban a sus trabajos?
El paro de los choferes de micros afecta a toda la sociedad. Ya no se trata del desánimo colectivo por medidas que nos afectan tangencialmente: esta vez, a causa de esta sorpresiva medida, la gente no puede hacer su vida normalmente y aquellos que no están de acuerdo con el paro, son boicoteados.
Frente a esta situación, hay que señalar que, tanto la modalidad escogida como la actitud del Gobierno provincial, que dilató más de la cuenta la respuesta comprometida para con el gremio en las negociaciones paritarias, terminaron por generar una “opereta buffa” en donde unos, los gremialistas, se solazan en su capacidad de impacto y los otros, desde la abulia de los cargos públicos, se quejan de la impaciencia sindical.
En esta ópera, frente a los cómicos y villanos se encuentra como rehén un público que, impávido, pudo ver el amanecer desde una parada de micros, en lo que ya muy temprano parecía plantearse como broma pesada.
Para comprender la dimensión de la situación a la que se llegó sin que se notara vocación desde las partes en pugna por preverlo, hay que preguntarse quiénes utilizan habitualmente ese servicio público en Mendoza y en la Argentina: los más pobres, los que pagan el pato de la boda de otros.
Esta mañana, en la oscuridad de las esquinas de los barrios podían verse grupos de 20 y 30 personas con niños de la mano, esperanzados en que sólo se tratase de un mal chiste.
No lo era.
A diferencia de los países desarrollados en donde todo el mundo utiliza los servicios de pasajeros urbanos para acceder al microcentro de las ciudades, aquí no es más que única y obligada opción que poseen los trabajadores y estudiantes para llegar a cumplir su labor diaria o a la escuela. A ellos, se suman los que no tienen auto, los que teniéndolo no quieren o no pueden utilizarlo y también quienes no consiguen cargar combustible debido a su escasez.
Esta torpe sorpresa con la que los choferes de micro quisieron conquistar el favor de Gobierno y empresarios para pedir un aumento de sus salarios, los enfrentó con la sociedad.
Los efectos colaterales de la protesta resultan ser una cadena de otras sorpresas que a sortear por gran parte de los mendocinos: aquellos que se encontraron sin manera de transportarse tuvieron que decidir si ir a trabajar o cuidar a sus hijos, caminar decenas de cuadras hasta la escuela o encargarles los chicos a un vecino o dejarlos solos hasta el mediodía; perder un día de trabajo y el presentismo o, si acaso tienen efectivo, someterse a la ruleta de conseguir un taxi, un remise o incluso un vecino atento o hasta un flete para cumplir con la jornada laboral. Otros, en tanto, apelaron a aprovechar la situación dejando aflorar la “Mendoza trucha”, cobrando por llevar gente de un sitio a otro sin estar autorizados.
Es necesario señalar la desmesura de la medida y la incapacidad manifiesta por evitarla por parte de quienes tenían en sus manos la posibilidad de hacerlo. La sociedad entera se transformó en rehén de una puja que va a terminar en cualquier momento, cuando “ellos” lo decidan.
Mientras tanto, hay una razón más para que la provincia siga funcionando a media máquina.
Paro de choferes: una Mendoza a media máquina
La medida de fuerza de los choferes es por demás reprochable y por diversas razones. En primer lugar, dejaron a pie a decenas de miles de mendocinos que ganan mucho menos dinero que ellos. En segundo lugar, fue sorpresiva y artera. El desafío ahora es plantearse cómo optimizar un área de servicios caracterizada por los fuertes subsidios oficiales que recibe y por el descontento histórico que genera en sus usuarios.