La sonrisa que alivió el tormento

Polonia despidió a Irena Sendler, la mujer que arriesgaba la vida para salvar niños de las garras del nazismo; uno de esos seres imprescindibles para rescatar la especie humana de la asfixia que provocan sus miserias y crueldades.

Crónicas de la Segunda Guerra Mundial relatan un estremecedor acontecimiento ocurrido durante la ocupación de Polonia por el Tercer Reich. Cuando una división de la Wehrmacht irrumpió en una aldea donde parte de sus habitantes eran judíos, el jefe militar nazi convocó a una reunión a muchos representantes de la mayoría eslava en esa comarca. Lo que el militar alemán quería decirles se resumió en una pregunta ¿qué debemos hacer con los judíos de este pueblo?, a lo que los convocados contestaron con una unánime respuesta: “matarlos”.

Llevaban siglos siendo vecinos, conviviendo en esas mismas calles, intercambiando servicios y productos. ¿Por qué entonces la rápida y bestial respuesta? Hasta el general del ejército invasor experimentó cierta repulsión ante la inmediata unanimidad de la propuesta de exterminio.

¿Eran bestias criminales esos aldeanos deseos por ver a sus vecinos ante pelotones de fusilamiento? Lo más terrible del caso es que no eran asesinos, sino gente común que, en condiciones normales, no mataría ni dañaría a nadie. ¿Entonces como se explica la espantosa reacción? Por la degradación humana que produce el miedo. Lo que muestra la devastadora escena final del film español  “La lengua de las mariposas”, cuando los aldeanos insultan y apedrean a sus vecinos anarquistas y republicanos detenidos por los victoriosos soldados franquistas.

Aquella Polonia ocupada por los ejércitos de Hitler quedó plagada de historias sobre los estragos que hace el miedo con la dignidad humana, pero aunque numéricamente inferior, equilibran el balance los comportamientos dignos. Más aún los heroicos, o sea las proezas de aquellas personas que arriesgan el pellejo por salvar a otros.

En estos días, Polonia perdió a uno de esos ángeles salvadores de la condición humana. Se llamaba Irena Sendler y formó parte de la selecta minoría de seres inconmensurables, cuya actitud existencial equilibra en alguna medida la desoladora mayoría de quienes, como los aldeanos eslavos ante el general alemán, ofrecen la muerte injusta de sus vecinos para salvarse a sí mismos.

Quienes la cuidaban en el asilo de ancianos donde vivió las últimas décadas de sus 97 años, dicen que murió con la misma sonrisa bondadosa con que transitó su existencia, marcada por la guerra y el dolor. Con esa sonrisa se alistó en la resistencia contra la ocupación alemana de su país. Y sin dejar de sonreír, se introdujo miles de veces en el gueto de Varsovia para rescatar niños judíos de la brutalidad aniquiladora de los nazis.

Posiblemente, también sonreía cuando la GESTAPO la condenó a morir por su militancia en la resistencia polaca. El hecho es que soldados aliados la rescataron justo cuando era llevada hacia el paredón de fusilamiento. Y precisamente en ese momento comenzó su segunda proeza, tan conmovedora e inmensa como la hazaña de salvar 2500 niños judíos.

Irena Sendler jamás le dijo a nadie lo que había hecho durante la ocupación. Polonia se convirtió en un estado comunista y luego se transformó en una democracia, mientras ella envejecía en su sonriente  silencio. Tanto el régimen comunista, ya sea con el respetable Gomulka o con el despreciable Jaruzelsky, como la posterior democracia, con Walesa o con Kuasniewki en la presidencia, por la gesta salvadora que marcó su juventud la hubieram cubierto de reconocimientos, fama, medallas, honores y pensiones vitalicias. Pero Irena jamás habló, demostrando que no le importaban las medallas, ni la fama, ni los honores, ni las pensiones vitalicias.

Fueron unos estudiantes norteamericanos los que, investigando el capitulo polaco de la Segunda Guerra Mundial, descubrieron la hazaña y buscaron hasta encontrar la heroína oculta. Polonia se conmovió tanto que la postuló para el Nóbel de la Paz, que finalmente quedó en las manos de Al Gore. Y cuando le preguntaron que sentía al recordar los riesgos que corrió para rescatar niños del gueto de Varsovia, la bella anciana se limitó a decir: “Siento que debí hacer mucho más de lo que hice”.

La existencia de Irena Sendler parece destinada a reconfortar el espíritu de esa especie a la que Octavio Paz describió como “un espectáculo prodigioso y lamentable”. Para borrar el rostro diabólico de Joseph Fritzl, el austriaco que hizo de su sótano un equivalente a Auschwitz a escala reducida, o sea el mal absoluto, apareció la sonrisa vivificante de la anciana que encarna el bien absoluto, o sea la proeza de vencer el miedo para ayudar a otros. Y hacerlo sin sed de gloria, sino sintiéndolo como una obligación.

Su muerte la convirtió en noticia y llevó su foto a los diarios y pantallas, aliviando con su sonrisa al mundo que miraba aterrorizado al “monstruo de Amstetten”. Y la historia de su juventud alivia a Polonia de la marca insoportable que dejó aquel capítulo plagado de crímenes e indignidades, como la de los aldeanos que, cuando el general nazi les preguntó que hacer con los judíos de ese pueblo, respondieron al unísono “matarlos”.