Una mirada sobre la globalización

"La globalización es un hecho multidimensional. Le huye a la matemática. Sus variables son como el espacio-tiempo de Einstein: tan inasible como inseparable".

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El publicitado triunfo del capitalismo sobre las diversas formas de socialismo, es una buena noticia para muy pocos.

La propiedad privada como eje de las relaciones de producción, en vez de humanizarse, fue mutando a un ente hipertrofiado y voraz que a Marx le hubiera costado describir. Las profecías sobre el avance del capitalismo formuladas a mediados del siglo XIX, hoy suenan casi ingenuas. Sus críticos proyectaron más acumulación, más alienación, más drenaje de plusvalía. Instaron a movilizarse pensando en la escala, en el tamaño que iba a alcanzar. ¿Se equivocaron? No, si pensamos en dos dimensiones: largo y ancho. Pero erraron mucho al perder de vista la tercera dimensión. Con mentalidad cartesiana, explicaron a la perfección el círculo sin presentir la existencia de la esfera. Hablaron de una nueva fase del capitalismo, mientras lo que ocurrió fue el tránsito a una nueva dimensión: no una evolución cuantitativa, sino cualitativa.

La globalización es un hecho multidimensional. Le huye a la matemática. Sus variables son como el espacio-tiempo de Einstein: tan inasible como inseparable. Es capital más tecnología y comunicaciones, en explosivo concubinato.

Cuándo nos preguntan en qué consiste, tenemos en mente una docena de rasgos distintivos, aunque a veces no es la misma docena para todos. Repasemos los más populares:

1. Los mercados nacionales y regionales pierden sus fronteras. El planeta entero se transforma en un mercado único para transacciones reales y virtuales.

2. Mediante procesos sucesivos de fusión y adquisición, las corporaciones toman dimensiones ciclópeas, aunque su dirección se distribuya en muy pocas cabezas.  Esos grupos económicos consolidados, con recursos casi inagotables, se despliegan en el ámbito global con igual o mayor soltura (y velocidad) que en su país de origen. La tradicional subordinación de sus casas matrices a la estructura legal, se traduce en los países-destino en compras hostiles, corrupción, monopolio, depredación y evasión.

3. La empresa multinacional traslada sus plantas de producción al lugar del mundo donde el bajo costo de la mano de obra le asegure más ventajas competitivas. Una inversión irónica del postulado de movilidad laboral de Adam Smith. Los puestos de trabajo creados no implican una mejora de la calidad de vida del obrero ni de su entorno social. Por el contrario, las condiciones crónicas de subempleo y salarios deprimidos son sólo un parámetro más para la toma de decisiones. Lo que conviene es mantenerlas, no revertirlas. Las industrias locales desaparecen, alimentando legiones de desocupados.

4. El agresivo flujo de información generado en usinas aliadas al capital desborda la capacidad de asimilación del receptor, arrasando con el patrimonio cultural de los nuevos colonizados. Tal vez el mundo islámico sea la única excepción a esta regla. No hay un flujo equivalente en sentido contrario, salvo expresiones fugaces relacionadas con la moda o el esnobismo. Lo único que circula en ese sentido es un movimiento migratorio desesperado y suicida hacia las metrópolis. La búsqueda voluntaria de un status infra legal como precio para vivir en países ricos, muestra la cara más cruel de la penetración cultural alcanzada.

5. Para el capital, el rol del Estado se concibe desde dos posturas opuestas. Mientras en los países de origen es fuerte, paternalista, protector; en los países-target se lo requiere mínimo, prescindente, domesticado, ausente como árbitro de las relaciones económicas.

6. El presupuesto nacional de los países más desarrollados asigna recursos de una enormidad sin precedentes al robustecimiento de la empresa privada. La transferencia desde el bolsillo del contribuyente a los grupos económicos en forma de fomento, subsidios o exenciones fiscales genera una espiral ascendente que crea cada vez más déficit público en pro del superávit privado.

7. Esta alianza de hierro entre el Estado-nación neo colonial y el capital, es uno de los rasgos menos perceptibles y por ende menos cuestionados del fenómeno. Más aún: esos mismos países dictan la teoría ortodoxa (válida sólo para países emergentes) y la exportan con total hipocresía. Recordemos la Escuela de Chicago, el F.M.I., el Consenso de Washington, o la O.M.C. En nombre de la libre empresa, proponen fronteras cada vez más permeables para sus productos mientras construyen un blindaje cada vez más duro para los nuestros. Predican que la intervención estatal es un lastre para el desarrollo, si se trata de nosotros; mientras ellos, sin el Estado seguirían siendo farmers. La antigua declaración "lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos" ha renacido, potenciada y con un grado de sofisticación inédito.

8. Con el mismo criterio se motoriza desde el Estado la formación de poderosos bloques regionales (NAFTA, Unión Europea). En cambio, los esbozos de integración entre países ajenos a la elite son sistemáticamente desalentados y hasta saboteados mediante la oferta selectiva de tratados bilaterales, para desactivar la vocación bloquista.

9. La estrecha interdependencia hace que una crisis financiera focalizada, como las de México o el sudeste asiático hace unos años, repercutan en forma negativa en casi todo el mundo. Las primeras víctimas, por supuesto, son las economías emergentes: el capital sabe muy bien cómo distribuir las pérdidas.

10. Una aparente transferencia de tecnología y acceso a los bienes de consumo seduce con centavos a los segmentos sociales superiores de los países colonizados. El sueño hueco de "pertenecer al primer mundo" y la ilusión de poseer un iPod, un Porsche o una Sony Vaio, son suficientes para anestesiar las conciencias y para socavar todo concepto de solidaridad o de respuesta colectiva. Los líderes de esos países compran los neo espejitos de colores con tanto o más entusiasmo que sus representados, postergando las expectativas de cambio estructural.

11. Para adquirir esos bienes (rara vez destinados a infraestructura y desarrollo) y para sostener su equilibrio fiscal endeble, los colonizados deben endeudarse. Naturalmente, la financiación proviene de los mismos centros que diseñan la geografía del saqueo. Se acumulan deudas externas virtualmente impagables que desangran las economías locales, hipotecando el futuro de varias generaciones y acentuando la dependencia.

12. El resultado final es la concentración de la riqueza en los centros de poder a costa de una brutal exclusión para el resto del mundo. Que haya individuos como Bill Gates, cuya fortuna personal es igual a la suma del PIB de Honduras, Nicaragua y Panamá, o Carlos Slim, con un patrimonio equivalente al 5 % del PIB de México, es nada más que una muestra de esta asimetría perversa.

El repliegue obligado de las potencias coloniales, que tuvo un hito en la independencia de la India aunque continuó hasta los sesenta, pareció dar fin a una sangría de cuatro siglos y fue consecuencia de dos factores coincidentes: la incapacidad material para mantener el yugo (la inviabilidad económica) y el despertar de movimientos políticos fuertes entre los sometidos. La idea de que el abandono de las colonias se haya debido a un replanteo moral de la ruling class metropolitana no tiene sustento histórico. La prueba está en la retirada temporal y en el contraataque feroz que estamos presenciando.

Hoy el capital no necesita mantener consulados principescos, ni cuerpos de cipayos, ni buques de guerra en los puertos coloniales. La exacción es mucho más sutil, más indolora, más eficiente. Esa es la mayor diferencia entre el escenario del siglo XX y el actual.

La otra es política. No se perciben en el mundo líderes que a la manera de un Gandhi o un Nasser interpreten, convoquen y conduzcan a los postergados. Superado el colectivismo soviético, el verdadero triunfo del capitalismo reside en la atomización de la resistencia.
Dentro de nuestras fronteras, el proceso de enajenación propiciado por la dictadura fue perfeccionado, por acción u omisión, por los sucesivos gobiernos democráticos, profundizando el despojo y delineando la isla política y económica que el capitalismo necesitaba.

Es desalentador ver el papel del actual gobierno popular. Limitado a administrar la coyuntura, vaciado de todo espíritu de justicia, acepta las sobras del festín condenando al pueblo a la exclusión irreversible. El discurso de asunción de Cristina Fernández elogia “nuestro modelo de acumulación con autonomía razonable en un mundo globalizado”. Habla de “modelo” con una asepsia digna de Wall Street, reduciendo al ser humano a un número en la ecuación econométrica y ocultándonos que la lógica simple del capitalismo global (el verdadero “modelo” al que rinde tributo) sólo se cumple encumbrando a algunos elegidos y dejando huérfana a la inmensa mayoría. Lo de “autonomía razonable” causaría gracia si no fuera por la negrura de sus consecuencias. Propongo el ejercicio de releer los doce puntos, esta vez relacionándolos con nuestra realidad.

La lectura oficial del fenómeno, de tan inocente se vuelve cómplice, funcional a la estructura antropófaga de la globalización. Como resultado, la Argentina está condenada a reproducir puertas adentro la misma matriz que domina al mundo: la riqueza en pocas manos, la depredación de la naturaleza, el deterioro de los bienes sociales, el acceso restringido a la educación, la precarización laboral, la emigración de cerebros y el asistencialismo crónico. Hasta que la sociedad lo advierta y aparezca un líder.