Este verano tuve la oportunidad de visitar Colombia. Una Colombia más allá de las playas paradisíacas de Cartagena y de su imponente Bogotá. Las miradas que me miraron, las manos que me ofrecieron, las voces que me hablaron… ellas también forman parte de esa Colombia inexplicable por momentos, amante latina por otros, enemiga fatal todo este último tiempo.
Para ser específica, me gustaría ofrecer algunas humildes percepciones -contrastadas con informaciones y fuentes reales-. Y me gustaría porque este país está pasando por un conflictivo momento, atravesado por la sordera y la manipulación mediática constante.
En Colombia se escucha, mayoritaria y generalmente, una única versión de los hechos. Una única versión del ultraderechista Álvaro Uribe Vélez, del paramilitarismo vivo que atraviesa su tercera generación, del desconcierto que generan los movimientos armados de izquierda y sobre todo, una única versión del ignorado proceso latinoamericano general. Una única versión que no considera que Uribe sea “muy duro” (y quienes lo consideran, lo legitiman), que considera que el paramilitarismo ha sido desmovilizado y una única versión que tilda sin razonamientos históricos, ideológicos ni políticos a los movimientos guerrilleros de “terroristas”.
No quiero ser abundante con mis posturas personales, sino más bien, aprovecho esta oportunidad para hablar acerca del Chocó, el departamento con el mayor índice de pobreza en Colombia. Aquí se mueven los diferentes grupos armados que se disputan el control tanto de los cultivos ilícitos como del territorio. Por su ubicación geográfica en la costa pacífica, el Chocó es corredor de tráfico de armas y drogas.
A pesar de que las condiciones atmosféricas de la región lo desaconsejan en enero de 2005 las autoridades antinarcóticos pusieron en marcha un operativo de fumigaciones con glifosato en el Chocó (está comprobado que las fumigaciones con glifosato causan daños físicos a las personas que tienen un contacto directo con este químico, los cuadros clínicos que pueden presentar los afectados son: insuficiencias respiratorias, afectación en los riñones, páncreas y mal formaciones en la piel. Existen muchos laboratorios internacionales que han manipulado estudios y ocultado información sobre la peligrosidad del glifosato, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud lo tiene clasificado en toxicidad dos, extremadamente peligroso). De acuerdo a información recogida en esas fechas, a finales de marzo de 2005 se habían fumigado 435 hectáreas de las 1.384 que la Policía antinarcóticos había detectado en Chocó en enero de ese año, cantidad que está en contradicción con las 323 hectáreas registradas por el sistema de monitoreo oficial sólo un mes antes.
Existe la voz de aquéllas personas que se oponen a las fumigaciones pero el pobre argumento que ofrecen las autoridades antinarcóticos es que los mismos cultivos son más perjudiciales para el medio ambiente que el glifosato asperjado (sic). En efecto, la deforestación de amplias zonas para plantar coca y el uso no controlado de químicos aplicados en el cultivo y mantenimiento de la coca repercuten sin lugar a dudas de manera dramática en el medio ambiente. Sin embargo lo que las autoridades colombianas no quieren reconocer es que la fumigación no sólo no ha traído una solución sino que ha puesto en marcha un círculo vicioso que ha propiciado una mayor penetración en la selva y mayor deforestación para plantar nuevos cultivos.
El Chocó Biogeográfico cuenta con más de cinco millones de hectáreas de bosques húmedos, que constituyen una extraordinaria reserva de biodiversidad y un espacio de vida de numerosas etnias indígenas y afrodescendientes. Por otro lado, la política de aspersiones se escuda en los argumentos de la seguridad y el narcoterrorismo para intervenir por la fuerza en territorios de comunidades negras y pueblos indígenas –sumidos en la pobreza, la opresión y exclusión.
Coca y violencia
Las primeras plantaciones de coca en el Chocó vienen de hace más de veinte años, custodiadas por los grupos guerrilleros que entonces controlaban plenamente la zona. Se trataba de cultivos esparcidos y ocultos en las montañas de los que prácticamente no existen registros. El ingreso de las autodefensas en la región hace una década, desató una disputa territorial con la guerrilla que no cesa desde entonces y que es el principal origen del desplazamiento de población. La conocida relación de las fuerzas militares con los grupos paramilitares ha exacerbado el conflicto y la crisis humanitaria de las diversas regiones del departamento.
El desastroso panorama chocoano quedaría completado con el ingreso del cartel del norte del Valle acompañado de sus ejércitos paramilitares y la llegada masiva en los últimos años de cocaleros desplazados de otras regiones del país. Las fumigaciones en esos departamentos propiciaron un éxodo de mano de obra campesina, una parte de la cual fue a parar al Chocó.
El hecho de que éste sea el departamento de Colombia con el mayor índice de pobreza del país es un elemento importante que complica la problemática de seguridad de esta región en la que se combinan a la perfección un abandono estatal -que facilitó la aparición de elementos armados y su desarrollo- y el fracaso de las políticas antinarcóticos. Dentro de esto último queda a la vista la errónea concepción del gobierno colombiano sobre lo que deben ser los programas de desarrollo alternativo, haciendo completo silencio ante los reclamos de la población.
Los actores del conflicto
El control del Chocó se lo dividen lo que todavía se conoce como el cartel del Norte del Valle a través de su ejército privado 'Los Rastrojos', las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y un minoritario Ejército de Liberación Nacional (ELN) y varios sectores paramilitares. Todos ellos se sirven del Chocó como corredor que comunica el interior y suroccidente del país con la Costa Pacífica y la frontera con Panamá. Dada su topografía, el Chocó resulta ideal para el tráfico de drogas y armas. La importancia estratégica de la zona se traduce a un juego de fuerzas opuestas que se disputan –mal que le pese a muchos- el control del narcotráfico.
El dominio de los paramilitares está tan consolidado que incluso el llamado a la desmovilización para acogerse a la Ley de Justicia y Paz (Ley 975 de 2005 que, por ejemplo, ofrece penas de 5 a 8 años por delitos graves que los mismos desmovilizados confiesen o que el estado pueda probar posteriormente) no ha representado una pérdida en el cubrimiento territorial. La razón es que han quedado activas fuerzas paramilitares de retaguardia, como el Bloque Pacífico que cubre toda la costa desde Chocó hasta Nariño y el grupo llamado Elmer Cárdenas (que no participa en las negociaciones) y que controla importantes municipalidades. En la zona del Golfo de Urabá este bloque controla los negocios de narcotráfico, tráfico de armas y contrabando de cigarrillos.
La descomposición de los carteles del narcotráfico terminaría en la conformación de dos grandes bandas: 'Los Rastrojos" y "Los Machos", que se disputan el control del narcotráfico en la región del pacífico. Estas mafias están absorbiendo la fuerza de trabajo de los ex combatientes (supuestamente desmovilizados) de los diversos bloques paramilitares, ofreciéndoles sueldos tentadores.
A estos tres graves factores de desestabilización en el Chocó (presencia guerrillera, paramilitar y narcotráfico), hay que añadir a las fuerzas armadas colombianas, en particular a través de una de sus tristemente famosas brigadas.
Me sirvo tan sólo de un ejemplo, que data de tres años atrás, para intentar hacer un acercamiento a semejante problemática, completamente actual y cotidiana en muchas zonas. Colombia está en guerra desde hace años, pero la misma se ha visto intensificada desde el ascenso de Uribe al poder. Un poder que manipula sin vergüenza la información que corre por muchos medios de des-información, un poder que “invierte” millones de pesos por día en bombardeos que no cesan. Un poder político y militar que no piensa en Nuestra América, convencido –con la ayuda de Estados Unidos- que la lucha contra el “terrorismo” no tiene fronteras ni límites.