Las raíces de Hezbolá están en Irak, donde el movimiento islámico chiíta que contó entre sus impulsores a Baker al-Sadr, hermano de Sadek al Sadr, máximo ayatola de los chiítas iraquíes que fue asesinado por sicarios de Saddam Hussein, derivó en el His al Dawa, (partido de la llamada), durante décadas y en la clandestinidad, el principal partido del chiísmo en la Mesopotamia.
Una rama del His al Dawa prendió en la guerra civil Libanesa, echando raíces sobre las que luego creció el Hezbolá (partido de Dios). Entre las causas de su aparición, está la “Operación Paz en Galilea”, o sea la invasión israelí del Líbano en 1982, comandada por el general Ariel Sharon.
En un principio, la comunidad chiíta libanesa había apoyado la incursión de Israel debido a su mala relación con los refugiados palestinos y sus organizaciones armadas, que habían creado un Estado dentro del Estado libanés. Pero torpezas posteriores de las fuerzas comandadas por Sharon con el objetivo de aplastar a la OLP (que mudó su sede central de Beirut a Túnez) hicieron que el chiísmo cambiara su posición inicial, convirtiéndose en la principal enemiga de la presencia israelí.
Abas Musawi fundó el Hezbolá proclamando un triple objetivo: Poner fin a la estructura política que había dejado el colonialismo francés a favor de maronitas (cristianos) y sunitas; crear una teocracia inspirada en la que fundó Ruholla Khomeini en Irán, y llevar la guerra contra Israel hasta la desaparición del Estado judío.
Hasta ese momento, a la guerra civil la habían protagonizado las milicias sunitas contra las falanges armadas de los cristianos maronitas. Dentro del sunismo, algunas fuerzas respondían al baasista sirio Hafez el Assad y otras a su archienemigo en la región, el baasista iraquí Saddam Hussein. Pero pronto alcanzó notoriedad el ejército del Partido Socialista Progresista Druso, que se hizo inexpugnable en el valle de la Bekaa, feudo del líder druso Walid Jumblat.
Por entonces, los chiítas libaneses se encolumnaban en el partido militarizado Amal, que en árabe significa “esperanza” y estaba liderado por uno eterno ministro de los azarosos experimentos gubernamentales: Nahib Berri.
Mientras Berri proponía una revolución chiíta en el Líbano, Abas Musawi proclamaba a Hezbolá como el eslabón libanés de la cadena de revoluciones islamistas que impulsaba Khomeini desde Teherán, para convertir todo Oriente Medio en una teocracia que pusiera fin a la presencia judía en Palestina.
Y Hezbolá pronto se convirtió en un protagonista del conflicto, mediante dos golpes demoledores: Los atentados con camiones bomba que dejaron 241 marines muertos en la base norteamericana, y 58 paracaidistas galos en la base de Francia. Esos dos grandes ataques, además de los secuestros de ciudadanos y funcionarios occidentales realizados por el jeque chiíta Imad Mugniyé, constituyeron las principales razones para que Washington y París decidieran retirar sus tropas de las fuerzas internacionales de interposición que intentaban poner fin a la guerra civil.
Cuando un misil israelí desintegró a Musawi, muchos pensaron que Hezbolá tenía los días contados. Sin embargo, el nuevo líder, Sayyed Hassan Nasrala, un joven clérigo seguidor de los imanes iraníes, supo convertir a Hizbolá en el principal partido de los chiítas, desplazando a un segundo plano a Nahib Berri y el partido Amal; y también supo apuntalarse el doble respaldo sirio-iraní.
La lucha en el sur del Líbano, que derivó en la retirada israelí de la “franja de seguridad” que había mantenido desde el fin de la “Operación Paz en Galilea”, fortaleció aún más al Hezbolá, otorgándole el apoyo de los sectores radicalizados de las otras comunidades, incluido el sector de los maronitas que lidera el general cristiano Michel Aoun.
Haber sobrevivido a los treinta días de bombardeos e incursiones israelíes el año pasado, fortalecieron aún más al Hezbolá en el escenario interno libanés.
Aunque jamás lo confiesen, los otros partidos étnicos cuyas milicias fueron desmanteladas en cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas que Nasrala se negó a cumplir, deseaban que la ofensiva israelí tras el secuestro de dos de sus soldados, aplastara definitivamente a la milicia chiíta que aboga por el retorno de las fuerzas sirias y por la influencia de los ayatolas iraníes. Pero eso no ocurrió.
Al contrario, fue el gobierno pro-occidental y contrario a Damasco y Teherán el que salió debilitado. Por eso la tenue coalición gubernamental entre los sunitas del asesinado Saad Hariri y el druso Walid Jumblat, cuando intentó recientemente poner límites a Hezbolá prohibiendo su red telefónica paralela y echando un funcionario del aeropuerto de Beirut (por donde entran armas sirias e iraníes), encontró como respuesta una contundente muestra de poderío militar por parte de la milicia chiíta.
Si durante la guerra civil que devastó al Líbano entre 1975 y 1990 la característica era que todos luchaban contra todos al mismo tiempo, con alianzas efímeras y cambiantes, en esta ocasión resistencia Islámica, el brazo militar de Hezbolá, primero enfrentó a los militantes armados del partido sunita de Hariri (la semana pasada), y a renglón seguido avanzó sobre los feudos drusos de Walid Jumblat, haciendo estallar los enfrentamientos de estos días.
De momento, estas confrontaciones armadas no han vuelto a hundir el país en una guerra civil. Pero el fantasma del aquel conflicto que duró 25 años y terminó con el esplendor económico y cultural que caracterizaba al Líbano, ha vuelto a sobrevolar Beirut. Sobre todo porque ratificó una división irreversible: por un lado, los sunitas, drusos y cristianos que rechazan la influencia siria e iraní y apoyan al gobierno sostenido por Estados Unidos y Francia, que encabeza Fuad Siniora; y por otro lado los chiítas radicales que, dispuestos a seguir combatiendo contra Israel y la influencia occidental, representan dentro del Líbano a los duros regimenes de Irán y Siria.
Hezbolá marca el terreno
La semana pasada, el brazo armado del Hezbolá expulsó de las calles de Beirut a los militantes armados del partido sunita que sostiene al débil gobierno. Luego, la organización chiíta expulsó de la capital a las fuerzas drusas que también integran la coalición gubernamental. El fantasma de la guerra civil vuelve a proyectar su sombra sobre el escenario libanés.