Las reinas de belleza suelen decir que aspiran a trabajar por la paz y contra el hambre en el mundo. En ocasiones nos enteramos que leen, algunas a Borges, otras a Neruda. Pero hace unos años, en un concurso realizado en Ecuador, una joven boliviana de Santa Cruz dijo algo así como que ella era el ejemplo de que en su país no todos son indios.
Esta observación, con todo su racismo, explica bastante la crisis boliviana de estos tiempos. Ninguna de las dictaduras sangrientas que tuvo Bolivia ni el golpe de los cocadólares de 1980, así llamado por razones obvias, provocó el masivo desgarramiento de vestiduras que se produjo con Evo Morales, indio y, por añadidura, cocalero.
Es cierto que Evo no tiene los métodos más democráticos y que aprobó una Constitución prohibiendo el ingreso de la oposición al recinto. También es cierto que sus dos principales mentores, Hugo Chávez y Fidel Castro, han fracasado y han arruinado a dos países que en su momento fueron bastante prósperos.
En suma, el presidente y los suyos actúan movidos por el resentimiento y el racismo, esta vez contra los blancos, y no por resolver los graves problemas del país y buscar el desarrollo económico. Si la crisis continúa no habrá, como dijo el teniente coronel bolivariano y primer socialista del siglo XXI, dos, tres, muchos Vietnam. Simplemente porque nadie los quiere y porque el modelo original ha ingresado en la economía de mercado y hace excelentes negocios con Occidente.
Seguirá, simplemente, su desplazamiento cuesta bajo, mientras todos se empobrecen. Así, lo más sensato sería que todos los actores reconozcan que están obligados a convivir y cuanto mejor lo hagan mejor les irá.
Si bien las regiones que se oponen a Evo Morales son las que más aportan al ingreso boliviano, no son las únicas ricas del país. Cuando el magnate del estaño, Mauricio Hoschild, dijo que Bolivia era un mendigo sentado sobre un cofre lleno de oro se refería a la riqueza mineral del altiplano.
Las autonomías son propias de cualquier país desarrollado y no implican ninguna revolución. Suelen ser muy provechosas para el desarrollo económico, como lo demuestran los Estados Unidos. Pero deben mantenerse en los límites que fija cualquier Constitución moderna; no pueden, por ejemplo, ocuparse de la Defensa ni de las Relaciones Exteriores, ambos exclusivas del gobierno federal.
Pero en ningún caso representan una forma de secesión, como se quieren presentar las aspiraciones de Santa Cruz en Bolivia. Y se equivoca Morales cuando plantea las autonomías para sectores indígenas, porque a esta altura de la historia ya todos deberían pensar en términos de ciudadanos bolivianos, más allá de su origen y raza.
Ni la revolución cubana ni el socialismo del siglo XXI son modelos a seguir por ninguna persona sensata. Más lógico sería que el modelo fuera el cercano Brasil de Lula da Silva o el Chile de Bachelet. Porque aunque Morales pierda el referendo y tenga que dejar el gobierno, él y los suyos seguirán actuando en la política boliviana y, al mejor estilo del peronismo argentino, podrían hacer ingobernable el país para cualquier otro que asuma el gobierno.
En algunas culturas como la China, crisis quiere decir también oportunidad. Este es el momento para que los actores de la crisis boliviana se sienten a una mesa de diálogo serio, sin ideologismos ni prejuicios sobre el otro, y busquen la manera de resolver el gran problema que tiene siglos de historia: la integración del país.
Reivindicar las cúlturas indígenas y abominar de la conquista española puede ser muy bueno en términos de mercadeo para los libros pero es poco útil para resolver problemas. Hoy el mundo es cada vez más competitivo y no quiere lamentos ni acusaciones sino resultados. Países con una enorme gama de culturas, religiones y razas como la India crecen a gran velocidad simplemente por haber tomado algunas medidas sensatas y eficientes.