Nada hacía prever una guerra. A un país lo gobernaba un presidente demasiado débil y al otro un líder demasiado poderoso. Sin embargo, fue el conservador Sixto Durán Ballén quien envió el ejército ecuatoriano a la zona en litigio de la Cordillera del Cóndor, tomando por sorpresa a las fuerzas peruanas. Pero Alberto Kenyo Fujimori reaccionó con furia ante la osadía bélica del vecino y los ejércitos del Perú y Ecuador chocaron en la jungla andina, centrando sus esfuerzos en la conquista de Tiwinza.
Argentina era parte del grupo de naciones garantes de paz entre Lima y Quito, que se había formado en la década del cuarenta, tras la primera guerra por las fronteras amazónicas. Ser uno de los países garantes y mediadores acrecentó la gravedad de la venta secreta de armas que Argentina realizó a Ecuador. Por sus características, el escándalo afectó y ridiculizó gravemente la imagen y la credibilidad del país en la región y en el mundo.
Las potencias de Occidente, siempre de espaldas a Latinoamérica, tenían a mediados de los noventa toda la atención puesta en los Balcanes. El gobierno nacionalista croata de Franjo Tudjman estaba indirectamente en guerra contra la presidencia de la crujiente Yugoslavia, en manos de Slobodan Milosevic, quién alentó a los serbios de la Krajina a levantarse en armas contra Zagreb para independizarse de Croacia y pasar a formar parte de Serbia.
El asedio a esa joya medieval sobre la costa Dálmata que es la ciudad croata de Dubrovnik, fue una muestra de la brutalidad de aquella guerra, que se desarrollaba paralelamente a la de los líderes serbo-bosnios Radován Karadjic y Ratko Mladic contra el gobierno del musulmán Alia Izetbegovic en Bosnia Herzegovina, de consecuencias tan monstruosas que empujaron a la ONU a una determinación errónea: establecer un embargo de armas sobre esa parte de los Balcanes.
Fue una decisión errónea porque, en definitiva, favoreció a los milicianos serbios, que recibían armas desde Belgrado, perjudicando a los musulmanes; y también porque alentó el contrabando de armamentos y las ayudas secretas. Por caso, el gobierno alemán de Helmut Kohl ayudó secretamente a Croacia; mientras que desde el estado argentino se realizaba un contrabando de armas a favor de ese país que acababa de separarse de Yugoslavia.
Posiblemente, Alemania no tuvo que rendir cuentas porque su acción secreta contaba el guiño también secreto de las demás potencias occidentales, todas adversas a Milósevic y al expansionismo serbio. Hubiera sido lógico, entonces, que nadie reprochara el tráfico de armas argentinas, pero no fue así. Posiblemente porque en el caso alemán estaba claro que el objetivo era impedir que Milosevic anexara la Krajina croata a la “Gran Serbia”; mientras que en el caso argentino el único objetivo era la ganancia producida por un contrabando que, además, violaba una resolución de Naciones Unidas.
El caso muestra que muchas potencias juegan en la sombra. En todo caso, la diferencia sustancial está en que tales casos normalmente responden a cuestiones de Estado y razones estratégicas, mientras que el caso argentino tiene todo los signos de responder a un simple caso de corrupción, mediante la venta de materiales públicos (las armas) para ganancias particulares de los militares y funcionarios implicados.
Con eso alcanza para justificar el juicio oral a Carlos Menem y esperar que el proceso dilucide también si aquellos escándalos de corrupción tienen o no que ver con el estallido, supuestamente accidental, de la fábrica militar de armas de Río Tercero. Además, la triangulación de armamentos a Croacia y Ecuador abre otro ángulo de análisis sobre lo ocurrido con el Plan Cóndor.
El misil desmantelado
Entre las numerosas lecturas, una de las principales señala lo siguiente: Estados Unidos obligó a la Argentina a desmantelar el Proyecto Cóndor, porque Buenos Aires estaba vendiendo la receta del misil a países árabes como Egipto y Arabia Saudita, por tanto el arma podía llegar a ser utilizada contra Israel.
El hecho de que exista una versión egipcia del Cóndor II, el misil Al-Samud, parece corroborar esta teoría. Sin embargo, también es un hecho que, tanto el gobierno egipcio de Hosni Mubarak como la conducción del reino saudita, por entonces en manos del rey Fahd y de su hermano y heredero, Abdulá Bin Abdulaziz al Saud, eran (y son) estrechos colaboradores de Washington.
Es cierto que hay una diferencia: Egipto firmó con Israel una paz que nunca traicionó, aunque le costó la vida a Anuar el-Sadat, mientras que Arabia Saudita sigue siendo un enemigo del Estado judío. De todos modos, tanto El Cairo como Ryad son los que más armamentos norteamericanos reciben, después de Israel. Entonces ¿por qué era tan grave que ambos países árabes integraran a sus arsenales el misil argentino?
Más inquietante aún es que la asfixiante presión norteamericana ocurrió durante la presidencia de George Herbert Walker Bush, quien en las apariencias mantenía una relación muy estrecha con el presidente argentino más genuflexo ante los dictados de la Casa Blanca. Carlos Menem hasta había puesto dos fragatas argentinas en la retaguardia de la operación “Tormenta del Desierto”, sin embargo eso no alcanzó para salvar a su gobierno de recibir la humillante orden de desmantelar un valioso proyecto militar.
¿Cómo se explica? Tal vez porque, más allá del afecto de Bush padre, estaba la desconfianza de los estrategas de la CIA y la DEA respecto al líder que, en su campaña para llegar a la presidencia, dio motivos a sospechas de que ocultaba un plan para incorporar la Argentina al circuito de lavado de narcodólares.
De ahí, supuestamente, saldría el dinero para financiar “salariazo y revolución productiva”. Sospecha que se acrecentó tras una turbia propuesta de crear un puerto libre, llevando a los cuerpos de inteligencia norteamericanos a advertir seriamente al candidato.
Es posible que tal advertencia haya existido y que sirva para explicar el giro copernicano que Menem hizo al llegar a la Casa Blanca, pasando de caudillo populista a ortodoxo neoliberal. Y también explicaría la inmensa desconfianza que su gobierno generaba, a pesar de sus sobreactuaciones de alineamiento con Washington.
En todo caso, la venta de armas a Ecuador y Croacia explican las sospechas que antes habían obstruido el Plan Cóndor: o el poder en la Argentina era irremediablemente corrupto, o era totalmente incapaz de establecer su control sobre todas las áreas del estado, o al menos las más sensibles y estratégicas.