“El mundo es más pobre”, estableció el escritor y lingüista Héctor Bianciotti como principal consecuencia de la muerte de Octavio Paz. Y más pobre aún es esta América que, a diez años de aquel punto final en una vida enriquecedora de las demás vidas, lo ha oscurecido en su memoria histórica. Como si quisiera remover un obstáculo a sus desenfrenos pasionales, redujo lo máximo posible la evocación del hombre que le exigía lucidez a la pasión.
Tal vez no podía ser de otra manera en un continente aturdido de ideologismos maniqueos, con Bush y sus cruzadas imponiendo a Estados Unidos un monóculo para ver el mundo; y con el resurgimiento de nacionalismos de visión binaria asfixiando el pensamiento crítico en Latinoamérica. Con el mapa continental ensombrecido de norte a sur por convicciones absolutas, se entiende el oscurantismo que escondió el pensamiento del intelectual mexicano, intentando relegarlo en el olvido.
Igual que a Albert Camus, a Octavio Paz lo sofocaba “la gente que cree tener absolutamente la razón”. Las Américas quedaron atrapadas entre convicciones absolutas y el único antídoto contra ese suicidio de la razón, es el pensamiento crítico. Octavio Paz fue uno de los principales exponentes de esa militancia intelectual genuinamente libertaria, lo que explica su inmensa y noble soledad en el escenario político americano.
Thomas Eliot sostenía que un escritor era superior a otro sólo si sus facultades críticas eran mayores. Precisamente en ese punto radicaba la superioridad del poeta y ensayista mexicano sobre buena parte de sus colegas. Para él, la literatura moderna no puede ser sino “literatura crítica”, ejerciendo la “crítica del mundo en que vivimos”, en definitiva porque la modernidad “es una decisión nacida de la desesperación y perpetuamente enamorada de lo inesperado”.
Si pudo formar parte del movimiento surrealista y admirar a André Breton, aún sin compartir su estética, es porque su mente estaba consagrada a la apertura. Por eso también pudo ser profundamente occidentalista al mismo tiempo que un extasiado buceador de la cultura oriental, de la que se enamoró cuando fue embajador en la India. Y una mente abierta es siempre un puente, como lo demuestra su libro “Piedra del Sol”, donde vincula la mitología hinduista con la concepción de tiempo que tenían las civilizaciones maya y azteca.
Era un genuino libre pensador. Por eso defendía la valiosa y aún vigente crítica marxista de la moral en las sociedades capitalistas, al mismo tiempo que apuntaba sus demoledores razonamientos contra todos los totalitarismos, adhiriendo a la crítica liberal sobre los socialismos reales.
En palabras de Martyniuk, Octavio Paz esperaba que “la imaginación y la compasión, la libertad individual y la solidaridad”, gestaran un “nuevo pensamiento”. ¿Cómo no iban a despreciarlo las mentes obnubiladas por convicciones absolutas? Lo aborrecían, fundamentalmente, porque era un crítico implacable de la ortodoxia ideológica, y porque atacaba a la izquierda totalitaria y a los nacionalismos populistas, sin ser un conservador.
Octavio Paz jamás fue un conservador, y eso es precisamente lo más insoportable para las izquierdas que tan duramente cuestionaba y para las derechas a las que menospreciaba.
Literatura y crítica
Borges, que imaginaba “el paraíso como una biblioteca”, dijo que el acontecimiento más importante de su vida fue la biblioteca de su padre, señalando a renglón seguido que creía “no haber salido nunca de aquella biblioteca”. Del mismo modo, es posible que el autor de “Libertad bajo palabra” jamás haya salido de lo que fue un gran acontecimiento de su vida: la biblioteca de su abuelo, el escritor indigenista Irenéo Paz.
Leyendo a ese abuelo y escuchando a su padre, un abogado que militó en la revolución agrarista como partidario de Emiliano Zapata, se forjó lo que, al premiarlo en su edición 1990, el Comité Nobel definió como “una inteligencia sensual y un humanismo íntegro”.
Integridad humanista y sensualidad inteligente lo condujeron hacia el pensamiento crítico en la política y la historia, además de la literatura. Y la máxima prueba de fidelidad a ese rol intelectual llegó en 1950, con la publicación de “El laberinto de la soledad”, el libro en el que interpreta a la sociedad mexicana, con sus valores, vicios y complejos, desde la Conquista hasta el siglo 20.
Del mismo modo que Heródoto, por amor al pueblo griego, se atrevía a cuestionar sus veleidades, falencias y desmesuras, Octavio Paz lo hizo con México. Y una parte significativa de ese país no supo valorarlo sino que, por el contrario, reaccionó ofendido y lo ametralló con anatemas y desprecios.
En la década del ochenta, la derecha lo cuestionaba por denunciar la injerencia norteamericana armando y financiando la contra nicaragüense, mientras que por acusar de autoritario y corrupto al régimen sandinista, en las manifestaciones de la izquierda la consigna más gritada decía “Reagan, rapaz, tu amigo es Octavio Paz”.
Tanto extravío explica que su nombre no figure en el “muro del honor” del Congreso Nacional, a pesar de ser el único méxicano que ganó un Premio Nobel. La izquierda jamás le perdonó el giro anti-totalitario que dio a partir del asesinato de León Trotsky, mientras que a la derecha le ofendía su admiración al utopismo socialista de Fourier y su eterna resistencia a volverse conservador.
En la creación del hombre que publicó “Salamandra” y “El fuego de cada día”, las llamas y las incineraciones han sido reveladoras, pero también la causa de angustias y agonías. A su experiencia de joven empleado por un banco para contar billetes viejos que debían ser quemados, la describió diciendo: “he visto grandes llamas devorando millones de pesos que no eran más que papel viejo; he visto el carácter fantasmagórico del dinero, la otra cara del régimen capitalista”.
Mucho tiempo después, no podría recobrarse de la imagen del incendio que devoró su casa, reduciendo a cenizas la inmensa biblioteca. Por eso jamás pudo vivir de nuevo en una casa, y la agonía final lo encontró viviendo en un hotel, en aquel abril de 1998.
Diez años después, un continente al que Camus describiría sofocado por “los que creen tener absolutamente la razón”, olvidó mencionarlo en los discursos de los gobernantes y mezquinó seminarios y conferencias al hombre de la “inteligencia sensual” y el “humanismo íntegro”, cuya lucidez resume la espera de que la imaginación, la solidaridad y la libertad individual engendren un nuevo pensamiento.
América sin Paz
En la semana en que se cumplieron diez años de la muerte de Octavio Paz, el aporte intelectual del poeta y pensador mexicano no fue evocado en forma acorde a su envergadura. Las probables razones de un olvido mezquino y obtuso. El resurgimiento de las ideologías dogmáticas y su necesidad de eclipsar el pensamiento crítico. El rencor de la izquierda a la que cuestionó y la derecha a la que jamás quiso pertenecer.