El dólar cumple muchas funciones en nuestro mercado, pero si hay una en la que sus movimientos reflejan claramente las tendencias en materia de humor social. Cuando Argentina está en calma, cuando las reglas de juego son claras y permiten tomar previsiones de mediano y largo plazo, el dólar aparece como la mercancía menos demandada, pero cuando las cosas se ponen turbias, cuando hay conflictos políticos serios o cuando la situación parece irse de las manos de los gobernantes, los argentinos rápidamente se refugian en la moneda norteamericana.
Por estos días se han comenzado a juntar elementos que justifican que muchos argentinos hayan decidido recorrer un camino de prevención. Es que la percepción de una aceleración del camino de incrementos de los precios es cada vez más claro y no parece encontrar frenos. Además, la conflictividad desatada por el gobierno en su negociación con las entidades del campo, hacen prever consecuencias peores.
Si uno analiza las condiciones del mercado monetario y cambiario, no habría justificación alguna para que suba el dólar en nuestro país. Es más, si se lo dejara flotar libremente, hoy debería estar, como máximo, en $ 2,60. Pero la incertidumbre, en personas, como los argentinos, tan sensibilizadas a las crisis, hace que los reflejos reaccionen a mayor velocidad que lo que pueden hacer los ciudadanos de otros países.
El gobierno de la familia Kirchner ha equivocado el camino y hoy está entrampado en su “corralito” ideológico. Siguen creyendo que es posible dar aumentos de sueldos, emitir moneda para mantenerla devaluada, que la economía crezca a altas tasas manteniendo intereses bajos e inflación baja.
Por estos días, varios estudios profesionales serios han advertido la necesidad de que el gobierno tome medidas desde el punto de vista fiscal y monetario para que baje la inflación, haciendo hincapié en la necesidad de bajar el gasto público. Obviamente, esto implicaría también subir las tasas de interés y asumir una evolución más lenta de la economía.
Esta sería una manera sana de hacerlo, pero el problema con que se encuentran es que, manteniendo los mismos parámetros actuales, sin introducir modificaciones, la economía ya está mostrando signos de lentitud, pero como consecuencia del impacto generado por la inflación que, además, es negada por índices mentirosos.
En estos momentos, el Banco Central dispone de un stock de reservas suficientes como para controlar cualquier corrida hacia el dólar, pero habrá que esperar para ver cómo se resuelve el litigio con el campo.
Más allá de las características de la negociación, es clara la falta de liderazgo de la presidenta. Mientras el Jefe de gabinete arregla el tema ganadero, Moreno lo desarregla. Los hombres del campo ya no saben cuál es el interlocutor confiable y están convencidos que las estrategias de persecución se diseñan en Puerto Madero y no en la Casa Rosada.
Los que miran de afuera están cada día más desconcertados y por eso venden activos en pesos y se refugian en dólares. Mientras tanto, muchos sectores ya están sintiendo mayor lentitud en las ventas, atrasos en los pagos de deudas, postergación de inversiones y varias manifestaciones propias de ciclos de incertidumbre.
La certidumbre la debe dar el gobierno. La previsibilidad debe nacer del discurso y de las acciones gubernamentales, pero, en este momento, desde ese sector solo se emiten señales de confusión.
El dólar comienza a mostrar mal humor social
La aceleración de la inflación, los números inventados por el INDEC y el conflicto permanente con el campo, han generado una situación de descontento e incertidumbre que lleva a los argentinos a refugiarse nuevamente en el dólar.