Italia: lo nuevo y lo viejo

Los italianos reincidieron en premiar con el voto un discurso maniqueo y la escenificación grotesca del poder. Sin embargo, amén de que Berlusconi se dispone a reiterar las fórmulas que ya probó en dos gobiernos mediocres y atribulados, el escenario político que surgió de las urnas es novedoso porque en él se leen los signos de un nuevo paradigma progresista.

Las elecciones en Italia fueron un extraño sismo que modificó en profundidad el escenario político, pero dejó intacta una derecha dispuesta a repetir la misma fórmula gubernamental que ya probó, sin mucho éxito, en el pasado; además de mantener una mirada binaria y recalcitrante sobre la historia y la política.

El movimiento sísmico con epicentro en las urnas esbozó un bipartidismo a pesar de la ley electoral vigente, ese adefesio elaborado por el anterior gobierno conservador con el único objetivo de obstruir gobiernos del centro-izquierda, a la que sus autores intelectuales llamaron “la porcata” (la chanchada) y se negaron a reformar tras la caída de Romano Prodi, también consecuencia de la atomización partidaria que provoca.

El último fracaso del progresismo corroboró que gobernar en alianza con los pequeños partidos marxistas es como nadar en arenas movedizas, o sea un descomunal esfuerzo inexorablemente condenado al hundimiento. Y también que incluir en las alianzas gubernamentales a los micro-partidos centristas que quedaron como remanentes de la Democracia Cristiana, implica incorporar el germen de la autodestrucción porque se dedican al chantaje político y la conspiración.

Con los hilos ocultos del poder manejados por turbios maestros de la primera república como Giulio Andreotti, Francesco Cossiga y Bettino Craxi, la exitosa coalición penta-partidaria pudo retener el poder durante décadas (las del gran salto económico) venciendo al Partido Comunista más grande de Occidente mediante una compleja alianza entre democristianos, socialistas, radicales, socialdemócratas y republicanos. Y si bien la inestabilidad política era la constante, Italia mantuvo su democracia al tiempo que alcanzaba el desarrollo.

Pero aquel eficaz orden caótico derivó en un caos infructuoso en el nuevo escenario político, creado por el vendaval jurídico que implicó la “operación manos limpias”, impulsada por magistrados milaneses bajo la batuta del juez anti-corrupción Antonio di Pietro. En ese nuevo escenario, las alianzas gubernamentales fueron rehenes de los socios más pequeños.

Por eso la gran novedad en la Italia de estos días es la irrupción de una fuerza política, el Partido Democrático, decidida a cambiar el paradigma del progresismo europeo y a no asociarse nunca más con los partidos del marxismo irredento ni con los grupúsculos extorsivos que se desprendieron de la Democracia Cristiana cuando entró en proceso de descomposición.

                                Lo de siempre

No hubo una sola sorpresa. Los primeros anuncios de Silvio Berlusconi muestran que a la llave del nuevo gobierno la tendrá el estridente lombardo Umberto Bossi, cuyo partido secesionista aportó buena parte de los votos con que el millonario milanés se convertirá en primer ministro por tercera vez.

Blindar las fronteras de Italia a la inmigración extracomunitaria; aumentar el número de campos de detención para identificar a los extranjeros sin empleo y deportar a los inmigrantes que provengan de los países del Adriático y el sur del Mediterráneo; además de reforzar la acción policial contra la delincuencia tomando como modelo la “tolerancia cero” de Rudolf Giuliani en Nueva York. Exactamente el decálogo de propuestas de la Liga Norte, que nunca renunció públicamente a su pretensión de crear un país independiente llamado Padania, al norte del río Pó, o sea separar la Italia rica y culta que está junto a los Alpes, de la Italia ruda y pobre que se extiende al sur de la “Roma ladri” (ladrona).

A la obsesión por la seguridad la agrega el otro socio, Gianfranco Fini, de la pos-fascista Alianza Nacional. En fin, todo predecible. Desde el Ministerio de Economía, Giulio Tremonti intentará que Italia recupere el crecimiento reduciendo impuestos y, como ministro del Interior, Roberto Maroni se encargará de la reforma institucional para avanzar hacia un sistema federal. De concretarse, esta reforma será la única novedad ya que, aunque prometida en los pasados gobiernos del Polo de la Libertad, jamás pudo implementarse.

Lo demás es una repetición exacta de lo que ya hizo Berlusconi en el poder, además de convertirlo en la guarida que lo pone a salvo de los jueces que investigan desfalcos empresariales.

En una inquietante paradoja, la elección dejó más de lo mismo, pero también un escenario diferente. Como dando la razón Pasolini cuando la acusaba de ser “una nación de ignorantes”, la refinada y culta Italia reincidió en premiar a un personaje caricaturesco que, con discurso vulgar y maniqueo, acusa de comunista a quien piensa diferente.

Berlusconi hará por tercera vez lo que hizo con mediocres resultados en las ocasiones anteriores: gobernar. Sin embargo, el protagonista de la elección ha sido el derrotado Walter Veltroni. El Partido Democrático (PD), la gran creación del ex alcalde de Roma, ha reformulado el espacio del  centro-izquierda. Dejando de lado el modelo socialdemócrata europeo de Willy Brandt, Olof Palme y Francois Mitterrand para inspirarse en el Partido Demócrata de los Estados Unidos, la nueva agrupación política rechazó aliarse con las pequeñas formaciones marxistas, cuyos desplantes principistas carcomieron por dentro el gobierno de Romano Prodi, finalmente caído por la traición del democristiano Clemente Mastella.

En el nuevo escenario, partidos como Comunistas de Italia y Refundación Comunista quedaron al borde de la extinción, mientras que líderes ortodoxos como Fausto Bertinotti no serán siquiera actores de reparto. El sacudón sísmico que polarizó la política italiana, también sepultó a los partidos moleculares favorecidos por el adefesio de ley electoral vigente, que practican la extorsión dentro de las alianzas gubernamentales.

                             Lo novedoso

Romano Prodi y Mássimo D’Alema empezaron a ser pasado, porque el futuro del centro-izquierda está en las manos de Veltroni. Discípulo de Enrico Berlinguer, militando en la Juventud Comunista priorizó la teoría gramsciana de hegemonía cultural por sobre la agudización de contradicciones de los viejos manuales clasistas.

Escandalizaba a sus camaradas describiendo a Leonidas Brezniev como un burócrata inescrupuloso y brutal, al tiempo que afirmaba que la virtud del PCI era que se podía estar en él sin ser comunista. Por eso al caer el Muro de Berlín, pudo decir con autoridad moral que el comunismo había muerto con la represión de 1956 en Budapest y que fue la peor aberración occidental “después de Auschwitz”.

Este lector apasionado de Salinger, también experto en la literatura de Joseph Conrad, es un adicto al mejor cine de los Estados Unidos (no el más masivo y vulgar), y esta es una de las claves de su visión innovadora. Por eso cuando se convirtió en director de L’Unita, el diario creado por Antonio Gramsci, incorporó a las ediciones dominicales la entrega de películas italianas y norteamericanas. Claros signos de un intelecto que moldeaba un progresismo liberado de los viejos prejuicios de la izquierda.

Walter Veltroni modificó el paradigma del progresismo italiano inspirándose en “la bella política” de los hermanos John y Bob Kennedy, y en la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King. Por eso, en Italia lo nuevo está en la oposición. Mientras que en el gobierno estará el Berlusconi de siempre, con sus prejuicios maniqueos, sus grotescas escenificaciones y su vieja necesidad de convertir el poder en la guarida donde guarecerse de los jueces que investigan el lado oscuro de su fortuna.