La inflación devoró la ventaja cambiaria

La inflación acumulada en los últimos cuatro años fue carcomiendo el colchón cambiario y hoy casi han desaparecido las ventajas que se obtuvieron con la devaluación. La opción vuelve a ser política austera o mayor devaluación. Ver gráfico comparativo de las variaciones de precios.

Cuando se produjo la crisis de 2002, el gobierno dejó que el valor del dólar se deslizara. Si bien la primera intención fue modificar la convertibilidad a un nivel técnico de  $1,40 por dólar, el mercado sobrepasó la decisión oficial y el gobierno dejó que el mercado operara.

La estrategia fijada, de tener la moneda fuertemente devaluada ha sido muy discutida, pero los argumentos del gobierno para sostener la situación eran la búsqueda competitividad para nuestras exportaciones, que habían caído muy fuerte en la época anterior, con la moneda sobrevaluada. Además, se protegía a las industrias nacionales, haciendo sustitución de importaciones

Además, con el crédito cortado, Argentina necesitaba tener un fuerte superávit comercial para poder adquirir dólares en el mercado y cumplir con las nuevas obligaciones. La imposibilidad de tomar créditos, obligaba al gobierno a tener un fuerte superávit fiscal, por lo cual se mantuvieron algunos gravámenes distorsivos, como el impuesto al cheque, y se crearon las retenciones a las exportaciones con el doble objetivo de regular los precios internos y asegurar el abastecimiento y el de aumentar los ingresos de caja.

La estrategia era clara. Había una emergencia y el plan tenía consistencia con dicha situación extraordinaria. Pero había una condición que el plan exigía para no agotarse y era la ausencia de inflación. Si aparecía la inflación, complicaría todo, porque pondría en riesgo la ventaja cambiaria.

Todo esto era posible de sostener si se aseguraba un superávit fiscal superior a 3% del PBI, mientras el Banco Central intentaba sacar del mercado los pesos excedentes emitidos para comprar dólares excedentes del superávit comercial. El escenario ideal era imitar la estrategia de Brasil, de comprar los excedentes de divisas con superávit fiscal, evitando la emisión monetaria.

En general, se cumplieron casi todas las premisas, pero el escenario mundial cambió mucho, pese a lo cual el gobierno decidió no cambiar su estrategia original, sino que la apuntaló. Mantuvo congelados los precios de los servicios y estableció precios topes para combustibles y alimentos. Dado que el petróleo y las materias primas agrícolas seguían aumentando, el gobierno siguió aumentando las retenciones y aumentó los subsidios para que alimentos y combustibles no aumentaran.

El problema se le complicó con el aumento continuo de las materias primas, lo cual ha generado inflación mundial, mientras en nuestro país se hizo lo más desaconsejable: se mantuvo un fuerte crecimiento del gasto público, se siguió comprando divisas con emisión monetaria. Por otra parte, se alentaron aumentos salariales por sobre el crecimiento de la productividad, mientras se le puso precios máximos a los alimentos básicos. Pero, como con las retenciones no alcanzaba, se pusieron cupos de exportación y, luego, directamente se prohibieron las ventas externas. Si embargo, los precios siguieron subiendo.

Finalmente, y ante los desbordes que ocurrían por todas partes, las acciones intimidatorias del Secretario de Comercio no daban resultado. Para compensar, se decidió cambiar la forma de medir la evolución de los precios y fue una nueva vuelta de tuerca que no le acarrea prestigio. Hoy los datos del INDEC no gozan de confianza y los analistas prefieren recurrir a mediciones privadas, aunque por razones metodológicas puedan tener un margen de error más amplio.

Dólar e inflación

El valor nominal del dólar en Argentina se mantuvo con pequeñas variantes dentro de un rango de alrededor de 3 pesos por dólar. Cabe señalar que en algún momento de 2002 llegó a valer más de 4 pesos.

A pesar que el gobierno hubiese querido una mayor devaluación, dicha aventura hubiera sido muy riesgosa, sobre todo porque el dólar, internacionalmente, se estaba devaluando contra todas las monedas. En casi todo el mundo los gobiernos tuvieron que hacer ajustes y las empresas redoblar sus esfuerzos competitivos, algo que en Argentina no se quiso hacer.

Desde 2004 a la fecha, el precio doméstico de la moneda norteamericana pasó de 2,87 a 3,16 que registraba a fines de febrero de 2008, lo que implica que el peso argentino se devaluó un 10% en este periodo. Pero en el mismo tiempo, la inflación acumulada, tomada por índices oficiales, ha estado cercana al 35%. Si lo hiciéramos sobre las estimaciones privadas, los datos serían más complicados.

En esta medición, y siguiendo el cuadro 1 con el cálculo del Indice de Precios al Consumidor (IPC) veremos que el tipo de cambio real (tipo nominal menos inflación) frente al dólar es de 1,81. Si lo comparamos con la época de la convertibilidad, estamos aún ante una paridad muy favorable.

Pero resulta que los costos de las empresas, en la realidad, se componen de bienes y servicios cuyos precios tienen una evolución más transparente en cuanto a la composición de sus costos. Estos bienes y servicios son medidos por el Indice de Precios Mayoristas, que registra una evolución mayor que el otro índice. Esta comparación nos dará una situación más real del tipo de cambio real para las empresas.

En el cuadro 2 se ha hecho este cálculo, y ahí puede verse que el tipo de cambio real frente al dólar arroja una paridad de 1,184, es decir, un tipo de cambio casi similar al de la convertibilidad, que le causó tantos problemas a la actividad industrial nacional.

¿Cómo sigue?

Es complejo. Algunos economistas identificados con el gobierno ya advirtieron acerca de la pérdida de competitividad. También han dicho que si no se frena la inflación, el modelo económico del gobierno fracasará rápidamente. El economista Eduardo Conessa dijo esta semana que el tipo de cambio debería estar en 4 pesos para recuperar condiciones competitivas...

La realidad es compleja, pero el gobierno deberá tomar medidas. Las más responsables, austeras, probablemente, no les gusten y les acarreen complicaciones políticas. Pero las fáciles, como mayor devaluación, le traerán mayores problemas y la posibilidad de una estampida inflacionaria.

La presidenta y su equipo deberán tomar decisiones con mucho cuidado. El deterioro de la situación fiscal de varias provincias y municipios es una señal peligrosa que debe ser interpretada con cuidado.

Ver link del gráfico comparativo de valores.