Un porteño enamorado de Mendoza

"La tierra de los Huarpes pareciera tenerlo todo. Sus paisajes, su clima, su velocidad. Particularmente en Mendoza, la velocidad con la que suceden las cosas pareciera ser otra, o al menos distinta. He podido experimentar un espacio diferente, la cordialidad y la mirada cómplice del mendocino es única, como así también su tonada tan especial e inconfundible".

Confieso que he nacido en una ciudad con puerto, pero desde aquel otoño en el que el viento andino jugueteó con mi cabellera, sentí que estaba en mi lugar. O al menos en el que me gustaría pasar mis días.

La tierra de los Huarpes pareciera tenerlo todo. Sus paisajes, su clima, su velocidad.
Particularmente en Mendoza, la velocidad con la que suceden las cosas pareciera ser otra, o al menos distinta.

He podido experimentar un espacio diferente, la cordialidad y la mirada cómplice del mendocino es única, como así también su tonada tan especial e inconfundible.

Vengo de una tierra donde no existe el “Que andes muy bien!” o el “Que le vaya muy bonito” al irte de un lugar o al despedirte de alguien, sin la necesidad imperiosa de que éste último sea un “íntimo”.

Tampoco existen los “chocos” ni las “acequias panditas”, en mi barrio las calles no “topan”, sólo experimentan un horrible “corte” y tampoco pasan los vendedores de helado, que hacen de la siesta mendocina un oído expectante donde sólo se escucha aquel llamado armónico.

La tierra de la cual hablo, es la tierra del sol y del buen vino, es la tierra donde los árboles juegan con el viento y devuelven una brisa suave que recorre nuestra piel.

Es la tierra donde el sol en la mañana, juega con las arrugas de la montaña y por la tarde le propone una maravillosa escondida.

Es la tierra que, desde aquel mes de mayo, marcó a fuego la necesidad constante de mi vuelta.