Hacia fines de su mandato, Néstor Kirchner cometió un acto de sinceramiento y aseguró que el de su esposa Cristina, sería un gobierno de mayor institucionalidad. Casi como en una especie de confesión de parte, el ex presidente daba la razón a todos aquellos que durante cuatro años le reprocharon su manejo arbitrario de los decretos de necesidad y urgencia, su relación con el Parlamento, su vínculo con las provincias y la oposición (traccionados a fuerza de la cooptación), y también, su relación con la prensa. Tales indicadores, según la versión oficial obviamente, estaban “justificados” en el dificilísimo contexto en el que asumió, pero hacían que si se planteaba una continuidad gubernamental, debía proponerse una instancia de superación.
Bajo esa promesa y un arrollador porcentaje, Cristina Kirchner asumió en diciembre del 2007, en lo que fue el apogeo del kirchnerismo, que no sólo había arrasado en las elecciones, sino que había desarticulado a la oposición a través de la relación entablada con Julio Cobos y la creación de los radicales K. Así, sin la presencia de la UCR como principal fuerza de oposición, y la figura de Elisa Carrió perdida entre las olas del ARI y la Coalición Cívica, sólo la vereda de enfrente quedó ocupada por la centroderecha de Mauricio Macri. Pues fue tal la licuación producida, que López Murphy fue un recuerdo, y más tarde el propio Lavagna un nuevo borocotizado, también funcional al poder K.
Tal escenario significó para el kirchnerismo, en su pretensión hegemónica de un arco que incluyera desde el PJ a un sector importante del radicalismo, el socialismo y otro segmento importante de centroizquierda, el núcleo de la escena política nacional. Una fortaleza que –sin dudas- también terminó dotando de soberbia sus análisis y conductas.
Bajo esa impronta, es probable que la crisis desatada por el aumento de las retenciones haya sido un serio error de cálculo, que muchos hoy atribuyen a la inexperiencia del ministro de Economía Martín Lousteau, pero que otros no dejan de achacar a la directa decisión del matrimonio presidencial.
Más allá de eso, y sea lo que sea, aparece la figura de un ministro débil, o que al menos tras el conflicto queda debilitado, al ponerse en tela de juicio su actuación y especialmente, su cintura política. Pero sus detractores, incluso dentro del propio gobierno, dicen que el joven ministro no tomó en cuenta las consideraciones de la Secretaría de Agricultura, que habría diseñado un plan ganadero y lechero con énfasis en los pequeños productores, con la firme intención de aislar a los grandes productores sojeros.
Sin embargo, lo que no todos analizan es que lo que aparece como una medida de orden técnico como es la fijación de retenciones confiscatorias, se termina transformando en una decisión política reactiva, al no aparecer un plan de desarrollo paralelo para el agro. Y en el que además el error se trasladó a poner en una misma bolsa a los pequeños, los medianos y los grandes productores agrícolas.
No es menor la falta de volumen político exhibida por el PJ, que al menos en el interior del país, no pudo contener y dialogar con los diversos sectores, especialmente aquellos que manifestaban su descontento. En ese sentido, sus intendentes y sus gobernadores tuvieron, hasta el estallido de la propia crisis, un rol casi nulo centralizando el conflicto en la presidenta.
Para colmo de males, apareció en la escena de los cortes Hugo Moyano, cuyos enviados (avalados por el Gobierno nacional) no hicieron más que reavivar el conflicto y agitar los ánimos. Y encima, en ese clima, el discurso destemplado de la presidenta terminó por conformar un cóctel que –espontáneo o incentivado- hizo eclosión en los ya célebres cacerolazos.
Como si algo le faltara a esta historia, Luis D´Elía (también con el avala oficial) irrumpió en Plaza de Mayo, y la sensación de regreso al abismo pareció inevitable. Afortunadamente, el jueves en Parque Norte, Cristina Fernández con más circunloquios que definiciones, dejó abierta la posibilidad del diálogo y la distensión.
Más allá de la sensación de un conflicto al menos encauzado, queda flotando en el ambiente la clara señal que esta semana que pasó fue la peor que haya vivido el kirchnerismo desde que llegó al poder. Y justamente no se destaca por una mayor calidad institucional. Si no que es casi todo lo contrario.
Por primera vez ese movimiento que supo de la apatía producida después del “que se vayan todos”, y que aún así logró encantar a amplios sectores, vivió su hora más amarga. La del desprecio de miles de argentinos que –si de cortes sociales se habla- le dio vuelta la espalda en su punto más alto, acomodado y urbano, pero también de muchos otros sectores simplemente trabajadores y vinculados a la producción rural.
En ese pequeño círculo de amor y odio, la pasión pareció ser tan auténtica como esquiva, demostrando tal vez que en política todo lo sólido puede ser rápidamente evanescente.
"El kirchnerismo, del apogeo a la cacerola"
Es probable que la crisis desatada por el aumento de las retenciones haya sido un serio error de cálculo, que muchos hoy atribuyen a la inexperiencia del ministro de Economía Martín Lousteau, pero que otros no dejan de achacar a la directa decisión del matrimonio presidencial.