El giro político de Taiwán

La derrota de los independentistas en las elecciones presidenciales del fin de semana no implica que los taiwaneses hayan decidido aceptar la propuesta de reunificación que la República Popular China lleva años ofreciéndoles. La historia del Kuomingtan y un viejo rencor que no quiere ser suicida.

Tal vez la mejor imagen para expresar la compleja relación entre China y Taiwán, es la de un matrimonio separado en el que no hay chance de volver a la convivencia, pero tampoco voluntad de divorciarse.

La paradoja se extiende a la mirada internacional. Para la casi totalidad de los países, incluida la propia Taiwán, la isla constituye,  de hecho, un país independiente. Su economía es tan poderosa que sus productos invaden todos los mercados del planeta. Sin embargo, en los papeles Taiwán es lo que dice China: “una provincia rebelde”.

Más paradójico aún es que el mundo retacee reconocimiento como Estado a lo que sabe que, en los hechos, es un Estado dinámico y vigoroso. Sin reconocer a Taiwán, los reconocimientos a Timor Oriental y a Kosovo se vuelven absurdos.

Aunque, obviamente, todo se explica en el poder de China y su capacidad de disuasión, realidad que también explica los errores de interpretación sobre la política interna de la isla, evidenciada nuevamente a partir del resultado de las elecciones presidenciales de este fin de semana.

Los diarios de todo el mundo hablaron de la victoria del partido pro-chino frente a los independentistas. Así planteado, la impresión es que el partido que defiende la independencia fue vencido por el partido que postula la reunificación, ergo, la mayoría de los taiwaneses quieren terminar con medio siglo de separación y volver a ser parte de China.

La realidad es que el vencedor es precisamente el partido que separó a Taiwán de China, luego de haber sido vencido en la guerra civil por los comunistas que lideraban Mao Tse-tung y Chou En-lai.

La separación tiene antecedentes. Por caso la ocupación portuguesa en el siglo 16, que le dio a la isla en nombre de Formosa (la “hermosa”) hasta la llegada de los holandeses, que establecieron su dominio durante cuatro décadas del siglo 17.

Los manchúes la incorporaron a su imperio continental hasta la ocupación japonesa en 1895. La derrota del imperio nipón en la Segunda Guerra Mundial la restituyó a China en 1945, pero cuatro años más tarde, al ser vencido por los comunistas, el ejército de Chiang Kai -shek cruzó el estrecho y se atrincheró en la isla.

El partido de Chiang Kai-shek, el Kuomintang, había gobernado China desde el triunfo de la revolución republicana liderada por Sun Yat-sen, sobre la monarquía Qing, última dinastía imperial.

Junto a los comunistas, el Kuomintang (partido nacionalista chino) había combatido la ocupación japonesa de Manchuria y, tras la recuperación china de lo que Tokio llamaba  provincia ultramarina del Manchukuo, ambas fuerzas se enfrentaron entre sí en la guerra civil que terminó en 1949, con la victoria comunista y la fundación de la República Popular China.

En la isla, Chiang Kai-shek creó una dictadura que logró la protección norteamericana y se presentó ante el mundo como República de China. De ese modo, en el escenario internacional había dos chinas, la comunista y la nacionalista, ocupando ambas sus respectivos asientos en las Naciones Unidas.

A mediados de la década del cincuenta, Washington y Taipei firmaron tratados que implicaron la protección militar norteamericana
sobre el archipiélago, o sea abarcando las islas Pengchu, Kinmen y Matsu.

Aquellos pactos le dieron a Taiwán un blindaje que la protegió de la China continental. Pero cuando la República Popular se convierte en potencia nuclear y entra al Consejo de Seguridad logró dejar a Taiwán fuera de la ONU y considerada una “provincia rebelde”.

La muerte de Chiang Kai-shek en 1975 inicia la democratización, aunque los gobiernos posteriores quedaron en manos del Kuomintang.
Por eso los siguientes presidentes, Yen Chia-kan, Chiang Ching-kuo (hijo de Chiang Kai-shek) y Lee Teng-hui mantuvieron el mismo objetivo: poner fin al comunismo y reunificar China bajo un régimen republicano como el que fundó Sun Yat-sen en 1912 al derribar a la dinastía Qing.

Lo que ocurrió en las siguientes décadas es que en la población y en la clase dirigente los nacidos en el continente fueron numéricamente superados por los nacidos en la isla. Y para esas nuevas generaciones, la reunificación de China ya no podía ser una prioridad, porque la realidad en la que nacieron y crecieron es un país llamado Taiwán, con una economía poderosa que comercia con el mundo, pero al que el mundo no reconoce como lo que en los hechos es: un país independiente.

Por eso creció el Partido Demócrata Progresista y su prédica a favor de la independencia. El punto culminante de este proceso se dio en las elecciones del 2000, que convirtieron en presidente al independentista Chen Shui-bian.

Desde entonces, cientos de ojivas nucleares apuntan a Taiwán desde el continente, y el gobierno de Chen Shui-bian no pudo formalizar la independencia en sus dos gestiones presidenciales. Al fin de cuentas, la voluntad independentista no puede convertirse en un suicidio colectivo.

Lo único que hizo Chen Shui-bian durante estos ocho años de gobierno es crispar las relaciones entre Taipei y Beijing, poniendo en serio riesgos las multimillonarias inversiones que cientos de empresarios taiwaneses han hecho en China desde que Deng Xiaoping comenzó a abrir la economía.

El actual triunfo del candidato del Kuomingtan, Ma Ying-jeou, no implica que Taiwán vaya a aceptar ahora la propuesta china que lleva décadas rechazando: una reunificación basada en el modelo “un país, dos sistemas” utilizado exitosamente en Hong Kong y en Macao.

Los taiwaneses votaron por seguir separados de China, pero sin arriesgarse a un divorcio que podría derivar en la invasión con que amenaza Beijing desde hace casi seis décadas. Y votaron por un gobierno capaz de salvaguardar el statu quo con un tratado de paz, y capaz de garantizar protección a las inversiones de la isla en el continente.

En definitiva, el Kuomingtan hoy no implica la renuncia a la independencia de hecho que tiene Taiwán y tampoco la vieja bandera nacionalista de vencer a los comunistas y reunificar China resucitando la república que fundó Sun Yat-sen en 1912.

El Kuomingtan hoy implica mantener la separación sin divorcio y mejorar las relaciones con el gobierno comunista de China para conjurar el peligro de una invasión y para atar la economía de la isla al formidable crecimiento económico del país continental.