Irak visto desde el monóculo de Bush

El discurso que pronunció el presidente norteamericano en el Pentágono, al cumplirse cinco años de guerra en el país del Golfo Pérsico, evidencia el carácter refractario que las miradas fuertemente ideológicas tienen hacia la realidad. En las palabras que pronunció el jefe de la Casa Blanca no hubo ni un atisbo de autocrítica, por caso sobre los estropicios cometidos por Paul Bremer en el primer año de ocupación, desatando el caos sanguinario que aún se abate sobre los iraquíes.

“El mundo nos apoya”, dijo Franklin Roosevelt al anunciar que Estados Unidos entraba en la Segunda Guerra Mundial. No era un dato menor y aquel presidente demócrata lo entendía. Pero a George W. Bush no le pareció significativo que hasta el grueso de sus aliados de siempre se opusiera a la guerra en Irak, a pesar de lo despreciable que era el régimen de Saddam Hussein.

Como contracara de Roosevelt, el discurso de Bush hace cinco años proclamaba que el mundo entendería luego lo que en ese momento no entendía. Pero es luego fue, por el contrario, la corroboración amplificada de las dudas y rechazos que la Casa Blanca había ignorado.

Esta semana, al cumplirse el quinto aniversario de la invasión, el discurso del jefe de la Casa Blanca evidenció el carácter refractario hacia la realidad que tienen las miradas ideológicas. Bush ve todo lo que nadie ve y no percibe lo que está a la vista de todos.

Brent Scowcroft, consejero de Seguridad Nacional de Bush padre, lo persuadió en su momento de que la “Tormenta del Desierto” debía limitarse a barrer de Kuwait a las fuerzas iraquíes que habían invadido el emirato, sin ocupar Irak y derrocar a Saddam.

El razonamiento de Scowcroft describía un complejo mosaico étnico que, sin la dictadura de una de las comunidades sobre las otras, sencillamente estallaría en una caótica desintegración, o quedaría atrapada por una guerra civil que haría del país una tierra de nadie donde germinan fanatismos y organizaciones terroristas de todos los colores.

Una década más tarde, al ver que el hijo de su antiguo jefe quería hacer lo que él había logrado que el general Norman Schwarzkopf no hiciera, le escribió una larga explicación sobre el error que estaba a punto de cometer. Pero el monóculo ideológico de Bush hijo sólo lee lo que su vicepresidente Dick Cheney le hace leer.

Cinco años después, con el ejército empantanado en una guerra que ya superó en tiempo a los dos guerras mundiales, con miles de muertos propios y cientos de miles de muertos ajenos, y con un costo económico que, en cálculos de Joseph Stiglitz (Nóbel de Economía) hubiera permitido subsidiar medio siglo de medicina gratis para todos los norteamericanos, Bush describe en su discurso una realidad que, sencillamente, no se parece a la realidad.

La ocupación norteamericana de Irak puede analizarse desde cientos de ángulos de observación que van desde el desenfreno imperial y el factor petróleo, hasta la proyección geoestratégica sobre una región cultural y políticamente adversa a los designios de Occidente. Decenas de enfoques y teorías conspirativas vienen al caso cuando se analiza un conflicto como el que estalló hace cinco años. Pero estas líneas quieren deparar en el discurso de Bush como evidencia de que la visión ideologizada es totalmente refractaria de la realidad.

Cuando Churchill involucró a Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, era tan clara la necesidad de asumir ese reto que a su pueblo sólo le prometió “sangre, sudor y lágrimas”. En cambio eran tan turbias las razones por la que la actual administración republicana llevaba al país hacia una nueva guerra en el Golfo Pérsico, que Dick Cheney y Donald Rumsfeld adulteraban pruebas incriminatorias mientras el presidente le prometía a los norteamericanos un rápido e indoloro paseo triunfal.

Semejante diferencia entre lo que se aseveraba y lo ocurrido, obliga a una revisión autocrítica de lo actuado. Pero en el discurso de Bush no hubo ni atisbos de autocrítica. Que las fuerzas de ocupación no hayan encontrado arsenales químicos y la investigación del Pentágono haya corroborado que jamás hubo vínculos entre Saddam y Al Qaeda, son hechos que no tuvieron ni una línea en el discurso presidencial.

Que buena parte de los aliados iniciales hayan retirado sus efectivos del escenario iraquí y que, al modo de las mamiushkas rusas, hayan estallado guerras civiles dentro de la guerra civil (sunitas laicos contra sunitas fundamentalistas y chiítas proiraníes contra chiítas moderados) son realidades abrumadoras y sin embargo ausentes en la realidad que describe el jefe de la Casa Blanca.

Es cierto que, en los últimos meses, se ha logrado cierta estabilidad y apaciguamiento; pero es evidente que tanto esta relativa calma como el cerco que ha comenzado a asfixiar a los implantes de Al Qaeda, son el fruto de las alianzas establecidas con los jeques sunitas de las tribus y clanes que apoyaban a Saddam; alianzas que durante cuatro caóticos años el mando norteamericano había rechazado.

Si el discurso de Bush hubiera tenido al menos una dosis molecular de honestidad política e histórica, habría admitido al menos el más grosero de los errores estratégicos, cuya responsabilidad máxima recae sobre dos ideólogos obnubilados como Donald Rumsfeld y Dick Cheney: la designación de un inepto con poderes de virrey como gobernante del país ocupado.

Paul Bremer se hizo cargo de Irak sin hablar una palabra de árabe y sin conocer el entramado étnico, religioso y cultural del Oriente Medio. Para el vicepresidente y el secretario de Defensa, tales desconocimientos eran suplidos por la fidelidad ideológica que Bremer profesaba hacia la fe de los neocons y sus principales dogmas: el unilateralismo y la guerra preventiva.

Un acto de soberbia tan burdo como el de un rico estanciero que, al comprar una empresa informática, designara como gerente general y estratega de marketing al capataz de su campo.

Por cierto, la gestión del mediocre e inoperante virrey no fue más que una colección de estropicios que fueron determinantes en el caos incontrolable y sangriento que estalló a renglón seguido.

Los dos errores más básicos y trágicos en sus consecuencias, fueron la disolución de las fuerzas armadas y policiales, y la expulsión de los cargos públicos de todos los dirigentes, militantes y afiliados del Partido Baas.

Cientos de miles de militares y policías, al quedarse sin trabajo, se convirtieron en mano de obra desocupada al servicio de las bandas armadas que se multiplicaron entre los clanes y tribus del sunismo. Al mismo tiempo, los arsenales de lo que llegó a ser el ejército más poderoso de la región y uno de los mejor armados en el mundo, fueron saqueados y vendidos en el mercado negro; mientras que otras decenas de miles de sunitas perdían sus trabajos en el Estado y se sumaban a la inmensa legión de furiosos que estaba creando Paul Bremer.

Tenía lógica abolir los cuerpos paramilitares que había creado Saddam, a modo de sus propias SS y SA, así como destituir a los generales cómplices del régimen caído. Pero abolir el ejército implicó una doble negligencia. La de dejar el país sin la columna vertebral de su seguridad interna, y la de generar un océano de resentimiento en iraquíes que, igual que los empleados públicos que perdieron su trabajo por ser baasistas, rápidamente hubieran olvidado a Saddam facilitando el surgimiento de un nuevo gobierno, aunque incluyera a chiítas y a kurdos.

La administración republicana nunca rindió cuentas por los estropicios con que el insólito Paul Bremer abrió la Caja de Pandora en Irak Y al no haber un atisbo de autocrítica, al menos respecto a esos errores tácticos y estratégicos de la ocupación, a cinco años del inicio de la guerra la señal es que la administración republicana sigue dominada por una visión ideologizada y extremista.