Irak: El final de la otra mentira

Resulta entre curioso y sugestivo que la prensa norteamericana y la oposición demócrata no hayan abierto el debate que debió implicar el último anuncio del Pentágono: una larga investigación reveló que jamás existieron vínculos entre el régimen de Saddam Hussein y Al Qaeda.

Los signos cada vez más evidentes de recesión y el escandaloso derrumbe de Eliot Spitzer, eclipsaron el anuncio que debió centrar los debates en la prensa y en las campañas internas de republicanos y demócratas. Estados Unidos no habló sobre la admisión del Pentágono de que jamás existieron vínculos entre Al Qaeda y el régimen de Saddam Hussein.

La revelación pasó casi desapercibida, a pesar de que debió provocar un escándalo. Al fin de cuentas, certificó que las dos razones con que la administración Bush obtuvo del Congreso la autorización para invadir Irak, eran totalmente falsas. Y de las dos falacias, la del nexo oculto entre Saddam Hussein y Osama Bin Laden revistió mayor gravedad por ser más improbable.

La afirmación de que en Irak había arsenales de destrucción masiva por lo menos tenía lógica. Si bien el trabajo de los inspectores liderados por el sueco Hans Blitz estaba rebelando la ausencia de armas químicas y de laboratorios para producirlas, el régimen las había tenido y las potencias de Occidente lo sabían porque ellas lo ayudaron a obtenerlas.

Además estaban las probadas denuncias de la República Islámica de Irán, con evidencias sobre los ataques con armas químicas con que los iraquíes exterminaron aldeas enteras en el Kurdistán iraní. Tantas evidencias como las que pudieron mostrar los kurdos del norte de Irak sobre el genocidio dirigido por “Alí el químico” (primo de Saddam) contra esa etnia. Ergo, si el régimen había tenido y había utilizado este tipo de armamentos contra Irán y contra su propio pueblo, no era descabellado que ocultase en el desierto o en los lechos del Tigris, el Eufrates o el Shat el-Arab un remanente de tales arsenales.

La intermitencia de las inspecciones internacionales debido a los permanentes desplantes del dictador, sumada a que el desmantelamiento de tales arsenales no se había hecho ante la presencia de observadores especializados, como debe ser en todo proceso de desarme, daba lugar a la persistencia de la duda a pesar de de los reportes de Hans Blitz.

No obstante, la razonabilidad de la duda en absoluto justifica la adulteración de informes de inteligencia para dar rango de certeza a lo que a penas era una sospecha. Y esto hizo el gobierno republicano, por presión del vicepresidente Dick Cheney y de los titulares del Pentágono Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz.

El punto culminante del engaño organizado por la Casa Blanca contra el Congreso y la sociedad de los Estados Unidos, llegó incluso al Consejo de Seguridad y a la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde al entonces canciller Colin Powell le tocó el triste papel de presentar pruebas falsas sobre laboratorios móviles y sobre ojivas ocultas en silos.

Pero el segundo pilar de la argumentación presidencial era aún más falaz, porque no se trató de manipular sospechas para convertirlas en certezas, sino liza y llanamente de inventar algo sobre lo cual no existía ni la más mínima señal.

Es más, a Saddam Hussein y Osama Bin Laden los separaban diferencias ideológicas lo suficientemente grandes como para ponerlos en veredas enfrentadas.

El de Irak era un régimen baasista y el baasismo es una modalidad de nacionalismo árabe fuertemente secular. Así lo creó Michel Aflak, un intelectual sirio perteneciente a la minoría cristiana y, como tal, preocupado de que los estados árabes quedaran bajo regímenes religiosos que marginaran y persiguieren a las minorías no musulmanas.

Por el contrario, Al Qaeda está inspirada en el wahabismo, doctrina surgida de la prédica de Muhamad bin Abd al Wahab, un teólogo coránico del siglo 18 para quien debía regir el “Islam puro”, mientras que el chiísmo es una apostasía y el laicismo una traición aborrecible a los principios mahometanos.

Basándose en una de las vertientes teológicas más radicales del Islam, junto con el salafismo, Al Qaeda no podía más que sentir repulsión por el baasismo, y así lo evidencian decenas de documentos y pronunciamientos de la organización que lideran Bin Laden y el médico egipcio Aymán al-Zawahiri.

Saddam Hussein y sus hijos, Uday y Qusay, encabezaban un régimen genocida y atroz; pero vínculos con el fundamentalismo wahabita no tenía. Es más, fue su caída lo que permitió por primera vez a Al Qaeda hacer pie en Irak, lo que consiguió mediante la organización creada por el jordano Abú Musab al Zarqawy, posteriormente llamada Al Qaeda en Mesopotamia.

La Secretaría de Defensa publicó su conclusión de que, así como no hubo arsenales de destrucción masiva, tampoco hubo vínculos que justificar temer el peligro de que Saddam transfiriera a Al Qaeda instrucciones y materiales para construir armas químicas y bacteriológicas.

Lo que le faltó al informe es explicar por qué la Casa Blanca se había equivocado tanto. Aunque esa es una obligación del Capitolio que, curiosamente, aún no ha insinuado cumplir.

En el caso de la falsificación de datos para justificar la guerra, el único mérito de la administración Bush es no haber producido posteriores adulteraciones para darse la razón. Por caso, no haber “plantado” las armas que jamás encontró, cuando al ocupar Irak tenía todo en sus manos para hacerlo.

Del mismo modo, pudo falsificar pruebas sobre el vínculo Saddam-Al Qaeda. Pero no lo hizo. Extraño y acotado mérito de un gobierno en el que sobraron razones para un juicio político, que no se dio por la mansedumbre opositora y por la mayoría republicana en las dos cámaras.