Un país que vive en emergencia

Cada día aparecen nuevas áreas que son declaradas en emergencia, como si esto respondiera a la aparición de fenómenos extraordinarios, cuando, en realidad, son solo la consecuencia de la falta de aplicación de políticas de largo plazo, de continuidad de programas a través de distintos gobiernos y de una visión compartida respecto del norte que busca la sociedad argentina.

Si uno se toma el trabajo de recorrer distintos aspectos de la historia argentina, podrá comprobar que nuestro país ha vivido muchas veces en emergencia y han sido tantas, que, incluso, se sustentó la teoría jurídica de la emergencia, avalada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, para convalidad violaciones a la Constitución por parte de los poderes ejecutivo y legislativo.

La más reciente e importante fue la declaración de emergencia económica, decretada en 2002, después de la crisis financiera. Esa emergencia se a mantenido hasta ahora porque los gobernantes ser acostumbraron tomar decisiones sin que sean controlados, y esto es particularmente grave. Como todas, esta emergencia no respondió a un suceso extraordinario sino a as consecuencias de malas políticas aplicadas en cada momento.

Pero además de la emergencia económica, también tenemos emergencias en distintos rubros. En Mendoza, por ejemplo, tenemos la emergencia en seguridad, probablemente ten gamos la emergencia en seguridad vial y luego seguirán llegando otras, por la mala costumbre de los políticos de pensar solo en los inmediato.

Así, por falta de planificación, los problemas coyunturales se van transformando en estructurales. Por no tomar a tiempo las decisiones correctas y pensar en soluciones que atiendan a las necesidades actuales y futuras, terminamos haciendo inversiones que, en poco tiempo no sirven o, lo que es peor, cuando se inauguran o ponen en funcionamiento, ya son antiguas.

La sensación súper sensual de poder que genera poder gasta plata pública parece que es inmanejable. Y todos, además quieren hacerlo rápido y salir en la foto. A nadie le gusta poner cimientos si no va a poder ver el edificio terminado en su gestión.

Los problemas provinciales

Mendoza arrastra una serie grave de problemas por falta de esta visión, que se han venido acumulando y, por lo que se aprecia, no hay ningún preparativo para las situaciones que vendrán.

Hoy tenemos emergencia en seguridad por no atacar las causas que la originaron en tiempo y forma. Así, lo que era coyuntural se transformó en estructural. Muchos de los que decidieron vivir fuera de la ley, con el tiempo y la necesidad de sobrevivir, se han hecho profesionales.

Otro caos cotidiano es el del tránsito y este es un mal nacional, aunque debemos hacernos cargo de lo que nos toca. Tenemos rutas antiguas, muchas de las cuales han quedado chicas para la densidad de tránsito. Aún no se termina la doble vía a Tunuyán  ya hay que pensar que el acceso Sur, al menos hasta la salida a Luján o el empalme de la ruta internacional ya deberían tener tres vías en cada sentido.

El gran Mendoza está colapsado de tránsito. Ya no caben en la ciudad la cantidad actual de vehículos. En los próximos tres años se incorporarán a nuestro parque automotor unos 70.000  autos y 100.000 motos, si se cumplen las proyecciones de los fabricantes. Si hoy estamos locos, dentro de tres años el caos nos va a superar y no se advierte ninguna idea clara que permita avizorar orden.

Vinculado con esto, aparece el problema ambiental y la falta de planificación urbana ordenada en toda la provincia. Todavía, y con el éxito de la vitivinicultura, se están vendiendo fincas relativamente nuevas para hacer barrios privados en zonas de Luján y Maipú. Todo el avance urbanístico es desordenado y también va a generar un caos ambiental más complicado ya que no existe una ley de ordenamiento territorial que ponga claridad.

Mendoza es un desierto ordenada en oasis, pero los mendocinos no tenemos conciencia, a pesar de los discursos folclóricos cotidianos. En este desierto de derrocha el agua de la manera más irresponsable. Decíamos que ya no caben más autos y hay que preguntarse cuántas personas caben en nuestros oasis. Además, nuestro arbolado público da lástima y no hay programas para cuidarlo y recuperarlo.

La experiencia de Israel es que cuando un oasis supera 1 millón de habitantes, comienza caer la calidad de vida de la población en forma trasversal, sin distinguir entre edad, clase social, color o religión.

Así, podríamos enumerar muchos temas más donde la realidad nos va corriendo y siempre hay que atender las urgencias, mientras el gasto público aumenta sin que las prestaciones respondan a las necesidades, no solo de hoy sino del futuro. Hemos sancionado un presupuesto bulímico. Cada vez más plata, menores prestaciones y cada vez mas necesidades. Hay que parar la pelota y pensar. Solo eso, pensar. Es urgente.