El dilema de la OTAN

El feroz resurgimiento del talibán haciendo recrudecer la ardua y costosa guerra en Afganistán, ha puesto en evidencia las contradicciones internas de la alianza atlántica, desatando una crisis política entre los países que la integran. La disyuntiva es cambiar o extinguirse.

La guerra en Afganistán puso a la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) de cara a sus contradicciones internas, desatando una crisis profunda entre sus miembros.

En síntesis, hay países que aportan muchos soldados y material bélico, mientras que otros aportan poco en ambos rubros. A la vez, los que aportan más tienen sus contingentes en las zonas más conflictivas, ergo sufren más bajas que los otros países, cuyos reducidos contingentes están en las regiones más tranquilas y casi no combaten.

Norteamericanos y británicos, obviamente, constituyen el grueso de la fuerza de ocupación; mientras que Canadá, Australia y Holanda están entre los que más aportan. Por eso de este grupo de países salieron los primeros reclamos que pronto se volvieron reproches hacia países que, como Alemania, tienen un rol tan poco relevante en un conflicto cada vez más arduo y costoso.

Desde Berlín responden que lo significativo es que Alemania ha vuelto a un conflicto armado, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, siendo esto lo que se debería valorar.

Pero el titular del Pentágono, Robert Gates, habló de una alianza atlántica “a dos velocidades”, con países aguerridos y países pusilánimes, resultando ofensivo para muchos y profundizando la crisis política en momentos tan críticos en el terreno militar.

En la historia de la OTAN se perciben las paradojas y contradicciones que influyen en la crisis actual. Nació en el marco de la Guerra Fría como un pacto militar destinado a tender un cerco, junto al Anze (que sumaba a Australia y Nueva Zelanda) y la SEATO (La Organización del Tratado del Sudeste Asiático), para contener y aislar a los países de la órbita soviética.

La consecuencia inmediata fue la firma del Pacto de Varsovia, que unía militarmente a la URSS con Polonia, Hungría, Bulgaria, Alemania Oriental, Rumania y Checoslovaquia, quedando claramente definidas las fuerzas enfrentadas en la Confrontación Este-Oeste.

Pero como fue una “guerra fría”, la OTAN no tuvo bautismo de fuego sino hasta después de desaparecida la Unión Soviética.

Fue una situación paradojal que el tardío debut haya sido en Bosnia Herzegovina, o sea en Yugoslavia, el país ex comunista de Europa Central que, igual que la Albania de Enver Hoxa, jamás integró el Pacto de Varsovia.

La segunda actuación ya fue una guerra en toda su dimensión y tuvo la particularidad de que la OTAN venció combatiendo sólo desde el aire y sin ninguna baja en sus filas. Así puso en retirada de Kosovo al ejército yugoslavo y provocó la caída del régimen pan-eslavista de Slobodan Milosevic.

En los dos casos, la participación norteamericana implicó casi el cien por ciento, porque todos los aviones y todos los barcos estacionados en el Adriático eran de los Estados Unidos, aunque bajo el nombre y la bandera de la OTAN, cuyas fuerzas multinacionales recién actuaron para mantener el orden y la administración de la ONU en Kosovo.

Afganistán es, además del debut de la OTAN fuera de Europa, el primer conflicto largo, difícil y que involucra fuerzas terrestres. También es la primera guerra en la que su fuerza es verdaderamente multinacional, incluyendo hombres de gran parte de los 26 países que integran la coalición.

La crisis en este nuevo debut es, en gran medida, producto de la complejidad del escenario afgano, la ancestral capacidad guerrera de ese pueblo centroasiático y la efectividad de las tácticas de los aguerridos talibanes.

La geografía y la estirpe guerrera hizo que en esas tierras surcadas por las montañas del Pamir, la cordillera del Hindu Kush y los desiertos del Bamiyán, se perdieran poderosos ejércitos como el macedónico, el inglés y el soviético.

A la vez, una fuerte tendencia hacia el pasado activa incontenibles fuerzas como las que derribaron al rey Zahir Shah cuando quiso modernizar y extender la educación, o al régimen títere de Babrak Karmal cuando, con el apoyo de Moscú, construyó viviendas y procuró instalar industrias.

La invasión soviética implicó el momento más modernizante que haya vivido Afganistán. Por eso (entre otras cosas) desató las fuerzas ancestrales que siempre anhelan tiempos remotos, como los del caudillo Ahmed Khan o los del rey Shah Abadi. Como si se resistiera a alejarse del feudalismo étnico y de la economía pastoril, con producción artesanal de alfombras y de pieles de karakul.

El laberinto geográfico contiene en su interior un laberinto étnico, con hazaras, pastunes, mongoles puros, uzbecos, tadyikos, nuristanis, kirgizios y baluches; que las fuerzas invasoras de todos los tiempos nunca pudieron desentrañar.

En esa trama inextricable surgieron guerreros imbatibles, como Ahmed Sha Mahsud, héroe tadyiko conocido como “El León del Panshir” por doblegar divisiones enteras del poderoso Ejército Rojo en su feudo del norte, donde luego fue asesinado por Al Qaeda.

El nudo gordiano que la OTAN aún no ha podido desatar está en el sur de Afganistán y en el este de Pakistán, porque en esas tierras con eje en la ciudad de Kandahar está el pueblo pastún (o patán), que no se siente ni afgano ni pakistaní y denuncia (con mucha razón histórica) estar artificialmente dividido por la “Línea Durand” (frontera entre los dos países).

El Talibán no sólo es la milicia que instauró un régimen lunático y brutal tras la caída del gobierno de Gulbudín Hekmatiar. Es, fundamentalmente, la expresión político- militar y cultural del pueblo pastún, que tiene más de treinta millones de personas repartidas entre la sureña provincia afgana de Heldman y la región pakistaní del Waziristán.

Es cierto que, así como lo fue el europeísta rey Zahir, también es pastún el presidente Hamid Karzai y la mayoría de los miembros de su régimen sostenido por la OTAN. Pero la visión del emir Omar en el sur afgano y de Amir Batulá Mahsud, el emir en Waziristán, máximos líderes del talibán en los dos lados de la frontera, constituyen la expresión más fanática y cerrada, pero también la más fiel a las costumbres y creencias ancestrales, de la nación pastún.

Por eso, con la ayuda de Al Qaeda, lideran la guerra cuyo objetivo final es abolir la frontera y crear el Pastunstán.

Los jefes militares de la OTAN recién están empezando a entender la compleja trama de Afganistán. Pero al esfuerzo de comprensión lo iniciaron después de que, tras derribar en pocos meses al régimen del emir Omar y creer equivocadamente que la misión estaba cumplida, vieron renacer al talibán de sus cenizas dispersas por los desiertos y montañas que rodean Kandahar.

Si el talibán no hubiera resurgido y contraatacado con sus devastadoras emboscadas, los gobiernos que integran la coalición occidental aún no se habrían percatado de las arritmias militares y las contradicciones que restan efectividad a la alianza atlántica.