Cuando Cristina Fernández ganó las elecciones se puso en marcha un operativo para nutrirla de una caja suficiente como para poder afrontar algunos desafíos que había que afrontar. La gestión de su marido, Néstor Kirchner, sobre el final, decidió otorgar algunos aumentos atrasados para evitarle a la nueva mandataria pagar costos políticos en el inicio de su gestión.
Entre las decisiones estratégicas, se dispuso un aumento de las retenciones a las exportaciones de granos, al igual que aumentaron las retenciones a los envíos al exterior de petróleo y de combustibles refinados.
No obstante, y en el afán de garantizar el abastecimiento interno a precios acomodados, el gobierno de Kirchner suspendió las exportaciones de trigo y maíz y generó muchos condicionamientos a las exportaciones de carnes.
Sin embargo no hubo ninguna medida especial respecto de la soja, cuyo precio, al momento del aumento de las retenciones, rondaba los 850 pesos la tonelada. Es que la soja no forma parte sustancial de la dieta de los argentinos, como sí lo hacen trigo, maíz, girasol y carnes. Estos tres granos también han alcanzado precios récord a nivel mundial y esto impacta sobre los precios internos. Esta es la razón que argumenta el gobierno para restringir sus exportaciones. Hoy la soja ha superado los $ 1.000 la tonelada.
Este grano se ha transformado en el suceso del siglo en la agricultura argentina, desplazando desde diversos granos hasta a la ganadería, e incluso los tambos. Además, las extensiones con soja han llegado hasta zonas marginales para los granos, porque pueden encontrarse tanto en algunas áreas patagónicas como en la zona de Salta o Jujuy.
Algunos especialistas hablan con preocupación de la “sojización” de la agricultura argentina y plantean interrogantes a futuro, pero lo cierto es que gracias a la soja y al aumento de su producción, las arcas fiscales respiran con cierta comodidad.
En el mes de enero último, los datos de la recaudación marcaron un récord, con un incremento interanual del 50%, pero las retenciones a las exportaciones mostraron un crecimiento del 150% respecto del mismo mes del año anterior.
De estas retenciones, el grueso es soja, ya que maíz y trigo no se podían exportar y lo mismo ocurría con petróleo y sus derivados.
En 2007, las cuentas públicas mostraron un pequeño superávit, después del pago de intereses, por un artificio contable como fue computar los recursos provenientes de las AFJP por el efecto de los traspasos del sistema jubilatorio privado al estatal. Si estos traspasos, las cuentas hubieran cerrado deficitarias.
Durante todo el año pasado, el gobierno nacional incrementó el gasto de manera irresponsable, ya que las erogaciones crecieron a razón del 43% mientras la recaudación lo hacía al 25%. Dado que era el segundo año consecutivo con ese ritmo, nos comimos los excedentes y sacrificamos una de las patas que, teóricamente, nos protegerían de la crisis financiera internacional.
Si el gobierno no cambia el ritmo de las erogaciones quedaremos en una situación muy delicada, ya que seguiremos dependiendo de que la soja mantenga altos valores, algo que nadie puede predecir que ocurrirá. Es más, si la situación financiera de los EE.UU. encuentra un nivel de equilibrio y recupera la confianza de los inversores, es probable que el precio de la soja tienda a replegarse y ahí aparecerán los problemas.
Es que el ritmo de la inflación se ha venido comiendo las ventajas del tipo de cambio devaluado nominalmente y menores precios harían perder la rentabilidad a los productores. El gobierno debería bajar las retenciones y la pérdida para las arcas fiscales sería el doble.
Sería bueno que el gobierno que recién empieza considere la hipótesis de una retracción del precio de los granos para el segundo semestre, junto con una recuperación del valor del dólar. Cambiarán varias ecuaciones y hay que estar preparados.