Seguramente todos nos hemos parado alguna vez frente a un médico. Desde nuestro nacimiento hasta los últimos días de nuestras vidas, estos personajes se convierten en testigos obligados de nuestro deambular por la Tierra.
Los hay mejores y peores, como en todas las profesiones, pero seguramente usted sabrá reconocer algunos lugares comunes en esta humilde tipología.
Para generalizara –algo que no se debe hacer, pero me tomo la libertad de hacer- todos se siente más cercanos a Dios que el común del resto de los mortales. Será porque son educados de esa manera, con la premisa de tener la vida de un paciente en sus manos, aunque la mayoría está muy lejos de ese menester.
Se hacen llamar doctor aunque son médicos, y casi ninguno tiene un doctorado hecho en alguna parte. Pero ese mal también lo comparten con los abogados.
No hacen otra cosa que hablar de su profesión todo el tiempo y cuanta reunión compartan con colegas (o no) solo hablan de enfermedades, casos, pacientes o las bondades o críticas a sus compañeros de profesión.
Pero yendo a lo específico, me quiero detener en algunas especialidades:
El neurólogo: sin lugar a dudas es uno de los que se siente más cercano a Dios, junto al cardiólogo. Se presentan como una raza superior de la medicina, casi como las mentes brillantes de la medicina, aunque rara vez solucionen algún problema.
Básicamente no curan.Uno llega a ellos, por derivación, y después de un sinfín de estudios, ellos hacen el diagnóstico (que ya lo escribió otro, en los estudios hechos). Después del diagnóstico, la nada. Pueden comenzar un tratamiento, para que el mal no avance, pero no curan. Muy verborrágicos, pero sin contenido en sus discursos. Unos charlatanes.
El psiquiatra: con mucha competencia de unos con otros, son los menos médicos de los médicos. En realidad están ocupando el lugar que en la antigüedad ostentaba el líder religioso o espiritual de la comunidad. Hoy con la religión venida a menos y sin figuras de liderazgo a seguir, hacen fortuna con sus consejos y horas dedicadas a prestar la oreja. Pero ellos simplemente sacan tajada de la pobreza mental y espiritual en la que ha caído la raza humana. Oportunistas del momento, que dicen obviedades, con un buen discurso que las adorne.
El traumatólogo: un rubro denostado por sus pares. Son carpinteros, según la jerga médica, por lo rudimentario de su tarea. Su fin, pasa por poder meter al quirófano a un paciente. Lisa y llanamente. Algunos pueden tener más pruritos que otros, pero en el fondo esa es su gran meta. Ya sea por la experimentación profesional como por el ingreso económico. Su sabiduría pasa por la experiencia, son pocos los que se animan a decir que saben solo de algo específico (rodilla, hombro, columna, etc.), sino que más bien tocan todo de oído. Una especie de albañiles en una obra en construcción.
El pediatra: está harto de escuchar los mismos problemas, de sacar mocos y curar diarreas y sueña con enfermedades complejas, las cuales nunca le llegan. Se esfuerzan por expresar complejas situaciones profesionales en público, para tener la importancia de un neurólogo o un cardiólogo, aunque saben que lo suyo es tan aburrido como simple. Se la pasan burlándose a las madres, los padres y los niños, que llegan a sus consultorios.
Los maquinistas: la denominación responde a que su profesión está ligada al equipamiento. Aquí podrían entrar casi todas las especialidades, pero es más notorio en análisis por imágenes, oftalmología, cirugía, otorrinolaringología, cardiología, entre otras. Entre ellos se dividen los que tienen la máquina o son empleados del que tienen la máquina. Si tienen la máquina, son empresarios que esclavizan tanto a sus empleados como pacientes. El secreto está en tener una máquina que sea única en su especie y poder así tener el control absoluto de la situación. Los que no tienen la máquina, pasan su vida como empleados, ahorrando para comprar la máquina y salvarse. Nunca dirán que esa máquina, es tan sofisticada, que cualquier idiota que nunca haya estudiado medicina, la puede manejar con un par de simples instrucciones.
Los “fuera del sistema”: son los que por distintos motivos quedaron marginados, pero se autoexhiben como los verdaderos médicos. Son los médicos rurales, clínicos, los que hacen guardias o trabajan en ambulancias. Ellos se dedican al “bien común”, pero la mayoría de las veces no fue una elección sino el camino que construyeron.
Después hay una amplia gama que no tiene que ver con una especialidad: los que se dedican al marketing (captan pacientes-clientes y posiblemente el trabajo lo haga otro médico), los intelectuales (odian su profesión y a sus colegas, lo hacen solo para ganar dinero, pero se sienten ajenos a ese mundo), los de exportación (fracasan o ni siquiera intentan insertarse en su medio local, luego se van afuera y siempre vuelven diciendo que estuvieron con los “mejores”, que acá no saben nada, y que nunca tendrían que haber vuelto, pero afuera fueron simples empleados), los garroneros (sacan provecho de todo y todos: pacientes, visitadores médicos, obras sociales, amigos políticos –por lo general terminan en ese rubro-, etc.).