Argentina es un país dependiente de los vaivenes de la economía mundial, la cual está condicionada por factores políticos y naturales. Muchos presidentes argentinos, desde el retorno a la democracia, han creído que sus fracasos estaban atados a conspiraciones y que sus éxitos eran producto de sus genialidades.
En realidad, ni una cosa ni la otra. Las crisis de los últimos 30 años han sido económicas y han estado atadas a cambios en las tendencias mundiales que supieron ser leídas. En todos los casos faltó la humildad de reconocer que somos dependientes de esos ciclos y que no podemos ignorarlos.
En los últimos treinta años, los presidentes oscilaron entre la negación del mercado, generando políticas en contra, o en la inocente aceptación del mismo, sin gestionar ni corregir. En todos los casos, nuestros gobiernos creían que podían hacer ideologismo autónomo sin depender de lo que pasaba en el mundo. Y no se dieron cuenta que la realidad es muy testaruda y cuando es ignorada, termina imponiéndose de la forma más dolorosa.
La última crisis
La crisis de fines de siglo pasado fue el producto de no advertir de qué manera habían cambiado las variables internacionales y la necesidad de adaptación de las políticas locales.
En 2001, cuando Eduardo Duhalde se hizo cargo de la conducción del país generó la más fabulosa transferencia de recursos de los sectores más pobres de la población hacia los más pudientes con la devaluación asimétrica. Los pobres se volvieron pobrísimos y los ricos fueron riquísimos. Estos, fueron los responsables de la recuperación de parte del nivel de actividad gastando por doquier aprovechando los subsidios que el gobierno ponía para los que no podían consumir.
Néstor Kirchner aprovechó la volada, y mantuvo los salarios congelados durante dos años a cambio de subsidios y le pagó la deuda al FMI. Nos sacamos al organismo internacional pero quedamos al descubierto. Ya no tenemos que soportarlos, pero nos quedamos sin prestamista de última instancia y, además, sin chivo expiatorio para echarle la culpa de nuestros males.
Hoy todo lo que nos pasa se encuadra en la misma lógica. A los Kirchner les ha tocado la coyuntura de precios récord para los granos que exportamos, junto con una temporada con las tasas internacionales más bajas en 40 años. Además, la decisión de mantener la moneda devaluada permitió una estrategia exportadora agresiva al estilo China, pero que requería lo mismo que tienen en ese país: salarios chinos.
Y aquí empezaron los problemas. Los trabajadores argentinos no son chinos. No quieren esperar 300 años para lleguen los cambios y, además, tiene una historia de lucha salarial que los convierte en profesionales, a pesar de la situación relativa que hoy se muestra.
A medida que creció la demanda interna y las exportaciones, comenzó a crecer el nivel de ocupación y, además, el gobierno fogoneó la suba de salarios. Además, para que el poder adquisitivo fuera mayor, congeló precios de servicios públicos y presionó a las empresas para que no trasladaran aumentos de costos. Finalmente, prohibió o trabó exportaciones vía retenciones.
El resultado fue una alteración de los mercados. Con las regulaciones desalentaron la inversión y la mayor producción y con el fogoneo de salarios y regulaciones estimularon la demanda, generando un cuello de botella que hoy tiene difícil solución.
La crisis actual pasa por faltantes de mercaderías a pesar de los récords de consumo. Ya se anuncian restricciones energéticas para el próximo invierno por falta de gas. Habrá que importar 3 millones de toneladas a precios internacionales, pero difícilmente podrán ser subsidiadas y, lógicamente, deberá comenzar un mayor sinceramiento de precios.
Nos espera una temporada de restricciones energéticas, altas tasas de inflación reales y restricciones productivas que agudizarán a oferta de bienes, sobre todos los alimentarios y de uso cotidiano en el hogar.
Indudablemente, estamos ante un escenario de soberbia. Creen que son geniales pero la bonanza viene de afuera y aquí malgastan generando una olla a presión que volverá a castigar a los más pobres. Esta soberbia, resultante de la ignorancia de los que deciden o la ceguera de quienes solo miran su propia quinta, es muy mala señal para el futuro.
Todo esto es responsabilidad de las políticas erradas. Además, siguen cometiendo los mismos errores y en la misma dirección, por lo cual lo que se avecina no es bueno. Lo peor de todo es que no tendrán a quién echarle la culpa.
“Todo lo que nos pasa es culpa nuestra”
Por primera vez, no aparecen en el horizonte culpables externos ni internos a quienes echarles las culpas de las crisis actuales y las que vendrán. Solo podrán explicarse por la ceguera, la soberbia y la ignorancia.