No parece estar tan claro en Tres Arroyos, ciudad en la que sus vecinos le anunciaron a la prensa (puntualmente a Clarín del otro domingo) que estaban vigilando armados su pueblo.
Tienen un rosario de quejas. Todas, vinculadas a la injusticia que sienten que se vive, al mal funcionamiento de fiscalías y juzgados. Pero centralmente, a que están hartos de la inseguridad, pero todavía más cansados están, de que nadie les de bolilla al respecto.
La actitud tiene muchas caras y así hay que entender el tema. La primera cara es que están haciendo escuchar su voz más allá de las fronteras de su ciudad, en la búsqueda de soluciones. Hay todo un sistema de persecución penal que, aparentemente, no funciona tan aceitadamente como se pretende y eso les da oxígeno a los delincuentes.
Otra lectura posible es que allí ya se pudrió todo, y se decidió suplantar el funcionamiento de instituciones cuestionadas, por las decisiones tomadas por un grupo de vecinos que tienen armas en sus viviendas y que, según anuncian, están dispuestos a usarlas.
Están hartos, ese es el tema.
Como muchos otros pueblos y localidades e individualidades. Lo que hace falta ahora, después de la tapa de un diario de domingo que rebotó en todos los medios posibles de una punta a la otra del país, es discutir racionalmente el asunto, sin necesidad de meterse en el pellejo de quien está apremiado por el pánico.
Es fundamental que así sea para no sumarse al debate echándole nafta al fuego.
Tener un arma es una decisión importante. Usarla, ni hablemos. Implica fundamentalmente, tener la decisión de matar a otro. Y también, aceptar que se corren otros riesgos: que el muerto esté de nuestro lado, que el arma se accione imprudente o accidentalmente en el seno familiar, que se la roben y la usen, que los chicos accedan a ella.
En muchas oportunidades he dicho que cuando pensamos en matar o tener cosas capaces de matar a una persona, primero, tenemos que pararnos frente al espejo. Anticiparse a lo que puede ser nuestro peor momento. Y saber que ese instante no es solo propio, ya que un efecto dominó rodea la historia de cada arma y de cada bala.
Hay que mirarse al espejo y preguntarnos, entre otras cosas, si lo que pagamos por ella equivale, básicamente, al costo (social, económico, familiar, cultural) que produce en quien resulta lesionado o muerto.
Me tocó durante años acompañar en hospitales a víctimas de delitos y también a delincuentes y policías heridos de bala. Es en ese momento único cuando se ven las consecuencias prácticas de discusiones que a veces se ponen demasiado calientes y fundamentalistas de uno y otro lado.
Hay historias para todos los gustos, pero todas con final infeliz.
• El peor momento del médico fue cuando le tuvo que anunciar a esos padres que su hijo no resistió los efectos del balazo en su cuerpo y murió.
• Cuando la mujer se enteró que su marido se había suicidado usando un arma supo también: que nunca debió permitir un arma en su casa, que debía tomar coraje de no se sabe dónde para explicarle a sus hijos lo que pasó, que a partir de ahora tendría que multiplicar sus esfuerzos para sustentar el hogar. Pero además supo que un inmenso dolor le acompañará el resto de su
vida y que el efecto de una bala, una simple y barata bala de porquería, que tanto excita a algunos fanáticos, no se manifiesta exclusivamente sobre quien la recibe, sino que su efecto expansivo a nivel familiar y social es muy difícil de calcular.
• Naturalmente, le queda poco de vida; pero esa abuela ya no quiere vivir ese tiempo, al menos, con la misma intensidad con que lo hubiera hecho si su nieto no hubiese recibido un tiro fatal. La casa no es la misma. La vida no es lo mismo. El futuro es diferente, ahora, sin esa persona construyéndolo.
Hay que evitar las comparaciones absurdas que se hacen a la hora de hablar de la muerte como si se comentara un partido de fútbol.
El automóvil no fue hecho para atropellar. Antes, nos transporta y satisface necesidades laborales, familiares y de esparcimiento. Un cuchillo no fue hecho para apuñalar: antes, sirvió para compartir el pan.
Las armas fueron hechas para matar.
Ocasional y hasta excepcionalmente, sirven a grupos de honrosos deportistas a sus fines. Por eso hay que hablar con mucha más gente para que diga, repita y decida que nadie debe morir nunca más por culpa de la facilidad con la que se consigue un arma y una bala.
¡Qué fácil que es armarse y decidir que hay que disparar!
Para este lector, experto en la temática del desarme, la problemática de la seguridad se vuelve aún más compleja cuando se dan discursos armamentistas en boca de civiles. Y dice: "Está claro que una cosa es quejarse de la inseguridad y otra muy diferente es asumir la seguridad (y peor aún: la justicia) por mano propia".