Si te dicen que en U.S.A. vas a tener una vida de perros, leé esta nota antes de descartar completamente la mudanza. Aunque el tratamiento que te voy a detallar se extiende a toda clase de bicho que vaya a ser parte de una familia estadounidense en calidad de mascota (hamsters, arañas, víboras, ratas, conejos, iguanas y avechuchos en general), por razones políticas y didácticas voy a usar el ejemplo del perro, una figura común de la fauna y la siesta cuyana.
Para adquirir un perro en U.S.A. tenés dos caminos: o lo comprás, o lo adoptás. Si lo querés comprar, tenés que elegir la raza según tus necesidades: si sos alérgico o no, si querés perro chico o grande, pelo largo o pelo corto, movedizo o dormilón. Hay incluso establecimientos que se dedican al desarrollo de razas híbridas que reúnan tales o cuales características, a la carta digamos. Si en cambio adoptás, tenés que recurrir a un refugio.
Los refugios para perros abandonados tienen sitios en la web con las fotos de los perros que ofrecen para adopción, sus características, sus modales y la historia de su pasado si se conociera. Para mantenerse, estas instituciones usan donaciones y tienen voluntarios (gente común, que quiere a los animales y trabaja gratis para el refugio una cantidad de horas a la semana). Se nota que en todas las ciudades de por aquí hay suficientes refugios para animales, porque muchas veces he visto hombres y mujeres vagabundos, pero nunca perros vagabundos. Bueno, como te decía, si adoptás lo hacés de un refugio, y tenés que pasar un examen de aptitud: si lo aprobás, te dan el perro sano, vacunado y castrado y te hacen firmar un papel con tus reponsabilidades. Ellen DeGeneres, una famosa de la tele, se metió en un verdadero problema legal porque adoptó un perro y después se lo regaló a una amiga, en vez de devolverlo al refugio para que ellos le encontraran un nuevo dueño que hubiera pasado por el correspondiente escrutinio.
Una vez que tenés el perro, se te abre inmediatamente el horizonte de un nuevo mercado de consumo. Hay negocios grandes como supermercados, enteramente destinados a las mascotas. A esos lugares podés entrar con tu perro y comprarle todo lo necesario: ropa, bombones, anteojos para sol, juguetes, botitas para que no se lastime las patas, muebles especiales para echarse, sentarse, treparse o esconderse, escaleritas para subirse a tu cama, colchones con sus iniciales, correas que hagan juego con la ropa (la suya y la tuya), platos con altura ajustable para que no tenga que agacharse a comer, carteritas de distintos modelos para acarrearlo y lucirlo si es pequeño, lociones para la caspa de la criatura y utensilios para recoger sus pelos de la alfombra.
Pero si no querés entrar con tu perro, podés dejarlo en la guardería del lugar para que lo cuiden y entretengan o en la peluquería del lugar para que lo mime el personal especializado (lo pueden bañar, secar con secador, cortarle el pelo, peinarlo con moño, limpiarle los dientes y hasta pintarle las uñas), mientras vos, tranqui, disfrutás comprándole. Y si en grandes centros como éstos no encontrás el look que andás buscando para tu cachorro, hay boutiques que se dedican exclusivamente a ropita para perros: ahí podés conseguir ropa de invierno, ropa de verano, ropa de media estación, formal o informal, masculina o femenina y ¡hasta disfraces!, porque ¿cómo no disfrazar a tu pichicho para Halloween?, ¿cómo se va a sentir si ve a la mascota del vecino con capa de drácula o sombrero de bruja y él está solamente con su suetercito escocés de diario?
Las vacaciones son un tema especial con los perros. Si te vas de vacaciones y llevás tu perro (algo muy común en U.S.A., porque pobrecito cómo va a extrañar si lo dejamos) vas a tener que encontrar un hotel para personas que sea pet friendly (amigable con las mascotas), comprarle un asiento especial para el auto, llevarle un dispensador portátil de agua fresca (que cargás con agua embotellada porque nunca se sabe cómo es el agua de la canilla) y una buena provisión de su comida, porque otras no le gustan o no le caen bien.
Si no podés llevar al perro de vacaciones tenés dos opciones, raramente tres: a) dejarlo con parientes o amigos (esta es la posibilidad tres, rara porque los parientes casi nunca viven en el mismo estado y a un amigo no se le puede pedir un favor de esa naturaleza por todos los cuidados que el perro necesita); b) dejarlo en tu casa y contratar a un cuidador de perros que venga todos los días para alimentarlo, sacarlo a caminar y acariciarlo (cobran caro, pero no te olvidés que sacar el perro a caminar implica llevarlo con correa y portar una bolsita de plástico para recoger el sorete calentito; ante mi genuina inquietud sobre cómo recoger la caca si es líquida, una amiga que tiene perro me explicó muy seriamente que si el perrito anda mal de la pancita y hace líquida su caquita, el caso está contemplado por la ley y ni la municipalidad ni los vecinos cuyos jardines resultaren cagados esperan que recojás nada); c) podés dejarlo en un hotel para mascotas, donde las tarifas varían según el tipo de servicio (habitación común o suite con ventana, duración de los paseos, acariciado o ignorado). Y para perros de millonarios (o de gente que quiere muchííísimo a su mascota y está dispuesta a hacer un sacrificio monetario por ella), hay lugares especiales que son como un resort con todo incluido: el can recibe un collar identificatorio muy mono y puede hacer uso de charcos, toboganes, prados, habitaciones, huesos, entretenimientos, entrenamientos, salidas en grupo, masajes y guardia veterinaria permanente.
Para poder dejar al animal hasta en el hotel más pulgoso (literalmente), tenés que firmar toda clase de documentos asumiendo la responsabilidad de cualquier cosa que le pase en tu ausencia y presentar su lista de vacunas al día. Una vez, para viajar de Phoenix a Argentina, tuve que dejar a mi gato callejero alojado en uno de estos establecimientos (los pulgosos no los resort) y como le faltaba una vacuna, lo llevé al veterinario. El gato recibió su pinchazo y quedó en la lista de pacientes del doctor, que desde entonces le recuerda cada seis meses a Kisu (sí, la correspondencia llega a nombre del gato) que tengo que llevarlo para fluorizarle los dientes, o para hacerle una limpieza profunda de orejas, o para escanearlo y descartar enfermedades graves, o para insertarle un microchip bajo la piel por si se pierde, o simplemente para asegurarme de su bienestar. Eso fue hace cuatro años, y a pesar de que nunca he proporcionado semejantes cuidados al gato (me consuelo por mi crueldad pensando que ni yo me he fluorizado los dientes), el amable galeno sigue mandando sus recordatorios semestrales. Pero lo que quería contarte es una escena que presencié yo misma en el lobby del hotel para mascotas, mientras esperaba que me devolvieran a Kisu después de mi viaje.
Entró una señora que llamaré Clienta y se acercó llorosa al mostrador. La empleada del hotel la saludó con cara de circunstancia y las dos mantuvieron el siguiente diálogo:
Empleada: Lo siento mucho, muchísimo, fue horrible tener que darle esa noticia por teléfono.
Clienta: Gracias. ¿Cómo fue?
Empleada: Fue todo muy tranquilo.
Clienta: ¿Estaba solo?
Empleada: No, yo estaba con él.
Clienta: ¡Qué suerte, pobrecito! ¿Cómo fue?
Empleada: Estaba echado y respiraba con dificultad, así es que me acerqué y le agarré la patita y lo acaricié, y estuvimos así como 10 minutos, y después, bueno, se durmió para siempre.
Clienta: (Sollozos, temblores y pañuelo de papel en la nariz).
Empleada: (Saliendo de atrás del mostrador y abrazando a la clienta) Lo siento mucho, pero piense que ahora Bobby la está cuidando desde arriba, ¡era un perro taaan bueno! (Clienta y Empleada sollozan al unísono).
Luego de haber escuchando semejante pésame con la desagradable sensación de haberme colado en un velorio, agarré mi jaula y salí dando gracias de que el felino de mi propiedad aún estuviera entre nosotros. Mientras me metía otra vez a la autopista, pensé que la Clienta se iría directamente a poner un aviso fúnebre para Bobby en el periódico local. Es increíble el lugar que ocupan los perros en los medios de acá. Todos los días hay por lo menos una noticia (ojo, dije por lo menos) de un cuarto de página en el diario o cinco minutos de aire en el noticiero, del perrito que dejaron abandonado, o del perrito que salvó la vida de su dueño, o del perrito maltratado, o del perrito que baila, o del perrito perdido, o del perrito encontrado, o del perrito de Britney, o del perrito de Paris.
Y dicho todo esto, últimas pero no menos importantes, aquí vienen –no me he olvidado- las razones políticas por las cuales al principio de esta nota elegí al perro como ejemplo: es en este complejo contexto zoo-socio-cultural que acabo de relatarte y como síntoma de esta apretada trama de animales, amor y mercado, de esta primermundista cruza de dinero, soledad y superficialidad, de esta estúpida conjunción de oferta y demanda equivocadas, que tenés que analizar –jamás disculpar- el interés de los medios y del público por todo lo que tenga que ver con Primer Perro (el futuro choco de los Obama) y las escasas 157 palabras en la página 6 del diario de mi ciudad, que en tono estadístico y neutral reportan que en 2007, en Estados Unidos, 36.2 millones de personas no tuvieron el dinero o la ayuda para conseguir suficiente alimento y 691,000 niños directamente pasaron hambre.
Vida de perros en USA
Si te dicen que en U.S.A. vas a tener una vida de perros, leé esta nota antes de descartar completamente la mudanza. Aunque el tratamiento que te voy a detallar se extiende a toda clase de bicho que vaya a ser parte de una familia estadounidense en calidad de mascota.