En una entrevista casi informal, tipo “charla mesa de café”, que días pasados me hizo el periodista Mauricio Runno, utilice la palabra “huevada”, cuando hablamos de las creencias religiosas populares. Tal adjetivación ofendió a algunos buenos amigos -obviamente creyentes- quienes argumentaron que yo tenía todo el derecho de no profesar creencia religiosa alguna, pero que no tenía por qué utilizar palabras que podían ser ofensivas para quienes si la profesan. Como mi intención no fue ofender sino expresar una convicción personal muy firme (como la que tengo por ejemplo: acerca de los horóscopos, la ufología, el esoterismo, etc.), pido públicas y sinceras disculpas a quienes se sintieron ofendidos por la palabreja utilizada. Reconozco que debí recurrir a expresiones académicamente más correctas, tales como “percepciones erróneas de la realidad”, “creencias acríticas”, “fe dogmática” o similares. Pero lo dicho, dicho está, por lo que reitero mi pedido de disculpas.
Y creo no molestar a ningún creyente, a propósito de lo ocurrido, si traigo ahora a colación la otra cara de la moneda: la colección de experiencias ofensivas y agraviantes que desde el pensamiento religioso reiteradamente han sido proferidas contra quienes piensan distinto o lisa y llanamente carecen de fe religiosa. Tenemos que remontarnos al fundador del Cristianismo, quien, si nos atenemos a los relatos evangélicos, trató de “hipócritas” (Mateo, 6:16 y 15:7, “lobos rapaces” (Mateo, 7:15), “raza de víboras” (Mateo, 12:34), “ladrones” (Mateo, 21:13), “llenos de voracidad y perfidia” (Lucas, 11:39,40), a personas que no pensaban o no se comportaban como él pretendía.
Llenaríamos varias páginas si recurriéramos a los adjetivos denigrantes y hasta escalofriantes utilizados en las actas condenatorias de quienes –moros, judíos, herejes, blasfemos, brujas, etc.- después de lacerantes torturas iban a parar a las hogueras de la santa inquisición (conocida repartición eclesiástica dicho sea de paso, con un nombre “aggornado”, fue su jefe durante del reinado de Juan Pablo II, el actual papa Benedicto XVI). Y no es posible olvidar la fórmula “pérfidos judíos” utilizada en la liturgia del viernes santo (modalidad que ignoro si sigue vigente).
Y los que no tienen desperdicio son varios documentos pontificios. León XII se refirió a la “peste de libros” que postulaban ideas nuevas, y a “los hombres malos con costumbres corrompidas”, cuando critica a los partidarios de la independencia de los dominios españoles en América. Gregorio XVI en su “Mirari Vos” de 1832, habla de los que desparraman miserablemente, de la “cenagosa fuente”, “absurda opinión”, “delirio”, “pestilente error”, “sacrilegio”, “blasfemia”, cuando se refiere al liberalismo religioso moderno.
Y le sigue León XIII. En su “Libertas” de 1888, habla del liberalismo ideológico como “doctrina repulsiva”, pues se trataría de la “depravación” de la libertad y servidumbre “abyecta al pecado”; esas falsas doctrinas son “lo peor de las pestes y los vicios”, “maquinaciones de agentes inescrupulosos”, “ignominia de la superstición”, en fin “perversa depravación”. No satisfecho con lo expresado, en “Diuturnum Illud”, de 1881, habla de “hombres perversos” que proceden “descaradamente”, “adulteran verdades”… “absurdo”, “calamidades”, “monstruosas y macabras deformaciones”, “enemigos peligrosísimos”… En 1885 publica “Inmortale Dei”, en la que baja los decibeles, pero de todas maneras se refiere a la democracia como “falsa orientación y capricho de las multitudes”, además del “funesto y lamentable afán de novedades”. En una carta a los cardenales franceses de 1892, denuncia las críticas a la iglesia como “calumnia insidiosamente esparcida”, al tiempo que declara “absurda” la separación de la iglesia y el Estado. A esta se suma una carta ulterior donde habla de un “vasto complot” y de “funesta inversión de ideas”. En fin, como para abreviar y finalizar señalaremos que en 1878, en “Quod Apostilici Muneris” acusa la “perfidia de hombres tan osados”.
Es verdad que a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, el estilo agraviante ha disminuido o desaparecido. Pero lo escrito, escrito está: hasta donde puedo saber no han sido derogadas las palabras agraviantes de Jesús, los calificativos infamantes de la inquisición, ni los términos agraviantes de los documentos papales señalados. Lo que nos invita a evaluar que frente a las expresiones como “hipócritas”, “raza de víboras”, “pérfido”, “cenagosa fuente”, etc., etc., la palabra que utilice y que mereció la objeción de algunos, resulta casi una expresión afectuosa.