Acerca de la discriminación a los obesos

Testimonio de una paciente que, luego de muchos años tortuosos, bajó sesenta kilos tras una operación. Un tránsito de la pérdida de las esperanzas, la desaprobación social, la angustia y la posibilidad de la muerte a una nueva vida de recuperación de la alegría.

Yo viví en el infierno durante muchos años. Fui super obesa.

Sólo quienes padecen esta enfermedad pueden comprender cabalmente lo que digo; sufrimiento físico y tortura mental, culpa, rabia, desesperación, impotencia, desesperanza, discriminación, temor al futuro, y tantas otras cosas.

Durante muchos años deambulé de un tratamiento a otro y cada vez fue una nueva frustación. La mujer que soy estaba prisionera de un cuerpo que me imposibilitaba el movimiento, las relaciones normales con las demás personas, la realización a través del trabajo... Había perdido las esperanzas y me había resignado a existir. 

Entonces comencé mi psicoanálisis. Me insumió años el largo trabajo de desbrozar el camino para volver a creer en mí misma y en la posibilidad de encontrar una puerta de  salida. Entonces apareció la posibilidad de una cirugía bariátrica como una pequeña llama de esperanza.

La aprobación de la obra social a la operación fue todo un tema, pero finalmente el 21 de diciembre de 2004 entré al quirófano.

“¿Y si me muero?”, pensé en algún momento. “Prefiero correr el riesgo, porque esto no es vivir”, me contesté. Sin embargo, hoy sé que algo murió en la mesa de operaciones, murió “la gorda”,  y yo volví a vivir.

Como nací de nuevo, tuve que aprender muchas cosas, igual que un bebé. Pero bajé sesenta kilos de peso corporal y unas cuántas toneladas de pesos del alma. Como el hombre elefante de la película, los ojos de los demás han sido mi espejo.

De la misma manera que antes podía ver en la mirada de los demás el grado de espanto que les causaba mi aspecto, ahora veía la incredulidad, la sorpresa y la alegría.

Pude dejar el bastón que usaba porque mis rodillas se habían colapsado;  pude volver a trabajar; pude ser la madre de mis hijos y cuidarlos, y no al revés, como sucedía antes; pude tantas cosas... y todavía sigo descubriendo lo que puedo.

No estuve sola en esto. Si bien debí poner mi parte, se trata de mi cuerpo y de mi vida,  fue fundamental estar rodeada del amor de mis hijos, de mi familia y de esas amigas y amigos de fierro.

Conté con el afectuoso apoyo de mi psicoanalista, mi médica de cabecera y otros profesionales que me atendieron y me atienden.

Todavía estoy redondita, tengo algunos rollitos, pero me siento una diosa.

Compro ropa  en las tiendas comunes, uso pantalones. Como un poco de todo y no paso hambre.

Llevo una vida normal. Soy feliz.