La crisis que ha dejado a Italia sin gobierno prueba la urgencia de sepultar un sistema político que equivale a un chaleco de fuerza; a la vez que demuestra la insensatez y la mezquindad con que actúa la derecha liderada por Silvio Berlusconi.
El gobierno de La Unión (coalición centro-izquierdista encabezada por el pos-democristiano Romano Prodi y el post-comunista Mássimo D’Alema) ha sido, durante los veinte meses que duró, como un barco destartalado que atraviesa tormentas siempre al borde del naufragio.
Finalmente naufragó al cabo de una travesía en la que el único logro era mantenerse a flote. O sea que fue un gobierno débil y condenado a la ineficacia. Sin embargo, aún en esa precariedad sus dos timoneles, el primer ministro Prodi y el canciller D’Alema, ejercieron un liderazgo reformista moderado, con vocación de diálogo y no de confrontación.
A la debilidad del gobierno la produjo el virus que infecta el sistema político y proviene de la Ley electoral que impuso en el 2005 el gobierno de Silvio Berlusconi.
Al conferir excesivo poder a los partidos más pequeños, el sistema electoral vigente obliga a formar alianzas gubernamentales con agrupaciones minúsculas que tienen capacidad de chantaje sobre los gobiernos que integran.
Esos grupúsculos que, a pesar de representar porciones electorales de dimensión molecular, adquieren poder extorsivo por su capacidad de voltear o sostener gobiernos, muchas veces nacen y existen sólo como negocio político.
Por cierto, no todos los partidos pequeños lucran con su puñado de bancas. Al principio, Romanod Prodi y Mássimo D’Alema tuvieron que lidiar con el purismo ideológico de Refundación Comunista, el partido marxista de Fausto Bertinotti.
Pero el partido que finalmente hizo colapsar el gobierno de Prodi, fue la Unión de Demócratas Europeos (Udeur), un grupúsculo democristiano que al torpedear la tambaleante nave del centro-izquierda, ni siquiera cuidó la formas para disimular el acuerdo inconfesable que había sellado con la oposición.
Escena de opereta
La Udeur sólo tenía tres diputados y un ministerio. Su líder, Clemente Mastella, debió renunciar como ministro de Justicia al estallar un escándalo de corrupción que involucra a su esposa. Y al perder esa importante cartera quedando al borde la extinción, el diminuto partido negocia con Berlusconi y acepta actuar como el Judas de la coalición gobernante.
La evidencia de la traición fue el ataque que sufrió en el Senado Nuccio Cusumano, el único legislador de Udeur que se negó a votar contra Prodi y por eso fue agraviado y agredido por sus dos camaradas partidarios.
La escena fue absurda y ruin. Mastella renunciaba a su cargo leyendo un poema de Neruda y su lugarteniente, Tommaso Barbato, lanzaba sobre el rostro de su camarada Cusumano el escupitajo que, junto a la metralla de insultos, lo hicieron desmayar.
A renglón seguido de la obscena votación, los legisladores del centroderecha descorchaban botellas de champán y brindaban en el hemiciclo por la derrota de Romano Prodi.
De ese modo terminó un gobierno débil y sin logros, pero cuyo fracaso está más ligado al adefesio electoral vigente que a sus propios errores y defectos.
La reforma o el caos
Mientras el sistema electoral favorezca la proliferación de partidos minúsculos, la política italiana seguirá en manos de dirigencias surgidas para lucrar con la inestabilidad y la debilidad de los gobiernos.
Es cierto que la política italiana fue siempre caótica y que el país creció hasta convertirse en la quinta potencia industrial del mundo, con gobiernos efímeros y atribulados.
En la “primera república”, reinó la coalición del “penta partito” encabezada por la entonces poderosa Democracia Cristiana que lideraba Gulio Andreotti y aglutinaba al Partido Socialista de Pietro Nenni y a los pequeños partidos Radical, Socialdemócrata y Republicano.
En la vereda del frente estaba el Partido Comunista más grande de Occidente, fundado por intelectuales de la talla de Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti, y con grandes líderes como los hermanos Giovanni y Enrico Berlinguer.
En las últimas décadas de aquel período reinaron las turbulencias y los escándalos de corrupción. Hasta que el sismo jurídico con epicentro en Milán y protagonismo del juez Antonio di Pietro, bautizado “manos limpias”, terminó con Andreotti en el banquillo de los acusados y Bettino Craxi exiliado en Túnez.
La diferencia es que la inestabilidad de los tiempos de la coalición pentapartidaria y de los dos grandes partidos, la DCI y el PCI, no afectaba el avance de Italia hacia el desarrollo y la prosperidad.
En cambio, en la paralizada “segunda república”, la economía se ha estancado y los problemas sociales van acumulándose en forma explosiva.
El salvajismo político es el de siempre, pero la situación del país es más frágil, por eso la moderación y el equilibrio han pasado ha ser valores éticos en la política italiana.
Berlusconi, cuyos gobiernos padecieron los desplantes y chantajes de los socios menores de la Casa de las Libertades (coalición del centro-derecha) ha recurrido al sabotaje para tumbar al gobierno de Prodi.
Intentará ahora que el presidente Giorgio Napolitano se vea obligado a convocar a elecciones anticipadas; pero el jefe de Estado tiene en claro que volver a las urnas con el actual sistema electoral se servirá más que para reproducir el caos reinante.
Lo que intenta Napolitano es un gobierno técnico (o “institucional”) que se dedique exclusivamente a reformar el sistema electoral de tal modo que Italia vuelva a tener un bipartidismo con formaciones menores.
Así es el sistema alemán, donde el bipartidismo está obligado al cogobierno, pero no con fuerzas diminutas sino de mediana envergadura y probada seriedad.
Normalmente, los cristiano-demócratas gobiernan en alianza con los liberales herederos de Hans Diëtrich Genscher y los socialcristianos bávaros, mientras que los socialdemócratas lo hacen con el Partido Verde de Joshca Fischer.
La excepción fue la “gran coalición” de conservadores y socialdemócratas entre 1966 y 1969 (Kurt Kiesinger y Willy Brandt), repetida ahora por la paridad que se dio en el último comicio.
Como Angela Merkel derrotó a Gergard Schröeder por una diferencia casi imperceptible, los dos grandes partidos de Alemania se sintieron obligados a compartir el gobierno, y el resultado ha sido hasta ahora por demás satisfactorio.
Del mismo modo debieron actuar la centro-izquierda y los conservadores italianos, luego de que Prodi se impusiera a Berlusconi por apenas un puñado de votos. Pero las dos partes actuaron con mezquindad y pequeñez, manteniendo en la política la ley de la selva.
De esa jungla salvaje se sale con una reforma electoral que instale en Italia un sistema similar al alemán.
En esa nueva realidad prosperarían iniciativas como la de Walter Veltroni. El alcalde de Roma fundó el Partido Democrático aspirando a que aglutine un centro-izquierda que pueda gobernar sin depender de la izquierda neo-marxista ni de los chantajistas mini -partidos del centro.
Si en la actual crisis se impone la derecha con su propuesta de elecciones anticipadas inmediatas, el próximo gobierno quedará al alcance de la mano de Berlusconi. Pero si se impone el “gobierno técnico” y se reforma el sistema electoral, las elecciones que se harán al cabo de tal proceso acrecientan la chance de la nueva centro-izquierda que intenta construir el alcalde romano.
La disyuntiva de la política italiana es quitarle al gobierno el chaleco de fuerza o seguir siendo rehén de grupúsculos chantajistas.