La tranquilidad y el descanso que deberían primar en la temporada de verano se ven una vez más alterados por la peligrosísima recurrencia de accidentes viales. Todos los días, a cada instante, se suceden en toda la geografía nacional; y como también ha acontecido en años anteriores, la presencia de la muerte, acompañada de escenas desgarradoras, es la tónica casi habitual de estos días.
El asunto, que se suma a las terribles cifras de muertos y heridos por accidentes de tránsito, habla de algunas cuantas cosas de nuestra sociedad. En primer lugar, el rol del Estado, que si bien viene año a año incrementando las campañas de prevención y concientización, todavía no ha alcanzado la necesaria efectividad en su mensaje. Especialmente porque lo que muchas veces se aduce desde la comunicación oficial, es simple impacto discursivo, cuando en otros ámbitos del mismo Estado (ya sea nacional, provincial o municipal) los controles lejos de estar en línea con esta premisa, ponen énfasis en aspectos burocráticos más que en asegurar buenas condiciones técnicas para los vehículos, o físicas y psíquicas para los conductores. Y qué decir de la situación de las calles y rutas, o de la señalización. Asimismo, los controles camineros son escasos, cuando están sólo “marcan presencia” y rara vez apuntan a la prevención de accidentes.
En otro orden, y producto de la situación socioeconómica, el parque automotor nacional deja mucho que desear. Está desactualizado, fuera de estado y sin las mínimas condiciones para circular. Sin embargo, todavía circulan. Esto, de más está decirlo, es foco constante de accidentes, maniobras arriesgadas, o situaciones de peligro latente en nuestras calles y rutas. Pues, o no mantienen los ritmos de marcha que cada vía exigen, o sufren desperfectos en cualquier momento y desencadenan tragedias.
Finalmente está el propio usuario, cada uno de los ciudadanos que aún no tomamos la suficiente conciencia de lo que significa subirse a un auto y manejar. Se sigue creyendo, equivocadamente, que manejar es llevar un volante. Y, como también se sabe, implica muchísimas cosas más. Desde la responsabilidad cívica, pero también civil que significa, a la conciencia de mantener en condiciones apropiadas a nuestro auto para evitar y evitarnos desgracias. Asimismo, y fundamentalmente, la capacidad de respetar normas de manejo, señales y límites que no los impone ningún Estado ni ninguna costumbre y que tienen que ver, lisa y llanamente, con la prudencia.
El apuro, la velocidad, la audacia, el vértigo, la adrenalina parecen ser más apreciadas que la propia vida. Es más, hasta los propios autos parecen importar más que las vidas. Si hay un disco “pare” nadie se detiene; si hay un badén, sin dudas, disminuimos la marcha, no vaya a ser cosa que nuestro vehículo se estropee…
No podemos seguir siendo mudos testigos de las arbitrariedades que a cada instante se cometen en las calles, rutas y caminos de nuestro país. De una buena vez debemos asumir la conciencia colectiva de respetar nuestras vidas, las de los que nos acompañan y también la del resto de los que circulan junto a nosotros. Esas personas pueden ser nuestros amigos o parientes. Esas personas podemos ser nosotros mismos.
No es posible seguir lamentando a diario muertes y mutilaciones que sólo implican dolor y pérdidas para los argentinos. Algún día deberemos ser lo suficientemente maduros como para comprender que perder la vida en un vehículo es un absurdo que no se puede subsanar de ninguna manera. Mientras tanto y hasta que no se modifiquen muchas cosas, la violencia de las calles y las rutas tienen mucho que ver con la desidia con la que se manejan las cosas en otros ámbitos.
Accidentes viales: la cuenta de la desidia
La trágica sucesión de accidentes viales en todo el país obliga a la reflexión del papel que todos y cada uno de nosotros cumplimos en relación al tema. Una problemática que exige la mayor y efectiva preocupación tanto del Estado como de los particulares a fin de generar conciencia y disminuir los mortales índices que hoy exhibe nuestra sociedad.