El informe de inteligencia no dijo lo que Bush quería escuchar. Y al responder, Bush dijo lo que el mundo no quería escuchar.
“Irán ha sido, es y será un peligro” y “todas las opciones están sobre la mesa”, fueron parte del discurso amenazante con que el presidente de los Estados Unidos se refirió a la conclusión del espionaje y los analistas estratégicos norteamericanos, según la cual Irán suspendió en el año 2003 todas las actividades destinadas a elaborar armas nucleares.
No es el tipo de noticia que justifica la amenaza, por eso la Casa Blanca perdió una oportunidad de hablarle al mundo sin tono guerrero y con el lenguaje que invita al diálogo y confía en los entendimientos.
Que el discurso presidencial haya estado a contramano del acontecimiento al que se refería, demuestra en George W. Bush una suerte de ansiedad bélica insaciable. Como si siempre fuera imprescindible tener el dedo en el gatillo y la mira sobre un enemigo al que, tarde o temprano, habrá que dispararle.
Condoleezza Rice, quien nunca fue tan extremista como Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz pero que, desde que llegó a la secretaría de Estado se convirtió liza y llanamente en un factor de moderación, logró primero erradicar el lenguaje amenazante respecto a Corea del Norte y, a renglón seguido, convenció al desafiante Kim Jong Il de cerrar la central nuclear de Yonbiong y desmantelar sus arsenales atómicos.
La diferencia entre norcoreanos e iraníes es que los primeros fabrican bombas atómicas, lo gritan a los cuatro vientos y prueban sus misiles Taepodong sobre el cielo japonés, mientras que los segundos hasta ahora no tuvieron armas nucleares y siempre negaron rotundamente querer tenerlas.
¿Cómo se justifica entonces que para Corea del Norte haya habido diplomacia y para Irán amenazas?
Sólo hay dos posibles respuestas: La primera, que los norcoreanos habrían podido defenderse con armas nucleares y los iraníes no; y la segunda que en la península asiática no hay petróleo mientras que Irán flota en oro negro.
Precisamente por eso era tan importante que el gobierno norteamericano que más debilitó la imagen de su país en el mundo y que creó en Irak una guerra internacionalmente percibida como un innecesario estropicio, aprovechara la oportunidad que el informe de inteligencia le dio para exaltar el valor de la diplomacia y el diálogo, en lugar de excitar los fantasmas de la guerra.
Estados Unidos defraudó al mundo, que había visto la renuncia de Nixon por el Watergate y el juicio político a Clinton por el sexgate, cuando no juzgó a Bush por falsear informes de la CIA para engañar al Congreso y a la nación sobre los supuestos vínculos de Saddam Hussein con Al Qaeda y los presuntos arsenales de destrucción masiva del sanguinario régimen iraquí.
Siempre estuvo a la vista que, desde que integraron en la década del noventa el Project for e New Américan Century, los miembros extremistas de su gabinete querían la invasión de Irak y así se lo habían propuesto al gobierno de Bill Clinton, quien rechazó el plan.
La falsificación de informes y la posterior revelación del fraude al no hallarse en Irak los mentados arsenales, afectaron gravemente la imagen de los Estados Unidos y habría constituido un claro motivo de juicio político a los responsables. Sin embargo no hubo juicio.
Si Nixon y Clinton tuvieron sus vía crucis por casos que no provocaron víctimas ni afectaron el liderazgo del país ¿cómo explicar que un engaño con tantos muertos propios y ajenos, y tan devastadoras consecuencias, incluso en el terreno de las antiguas alianzas norteamericanas, haya quedado impune?
En el último discurso que dio como presidente, Dwight Eisenhower advirtió sobre el creciente poder de lo que llamó el “aparato industrial-militar”, afirmando que el futuro de la democracia americana dependía de que Estado y sociedad pudieran controlar a ese inmenso poder limitando su influencia en el ejército, el Congreso y la Casa Blanca.
Es posible sospechar que la administración Johnson inventó el incidente en la bahía de Tomkin, donde supuestamente norvietnamitas atacaron el acorazado Maddox, para justificar la guerra en Vietnam. Y que todo ocurrió por obra y gracia de ese aparato industrial-militar sobre el que alertó Eisenhower, quien antes de gobernar Estados Unidos fue el arquitecto militar de la victoria aliada sobre el Tercer Reich.
En todo caso, pocos dudan de que la actual administración republicana ha tenido en el vicepresidente Cheney y en el ex secretario de Defensa Rumsfeld, a dos activos y eufóricos lobistas de la industria armamentista creando guerras evitables y contraproducentes, como la de Irak.
Por eso, entre otras cosas, era clave que Bush acompañara la noticia de que Irán detuvo hace cuatro años su plan armamentista nuclear con un discurso conciliador y pacífico. Sin embargo, volvió a mostrar su ansiedad bélica y sus palabras estuvieron a contramano de la noticia a la que se estaban refiriendo. Y la consecuencia es que, en lugar de acrecentar la desconfianza hacia Irán, lo que logró fue acrecentar la desconfianza hacia su propio país y su propio gobierno.
De este modo, favoreció al ala fanática del régimen teocrático iraní, que lideran el presidente Ahmedinejad y el ayatola Khamenei, y debilitó al sector moderado que se esfuerza por dejar de lado el confrontacionismo y reconciliar a Irán con Occidente.
Tras la renovada amenaza de Bush, los duros del régimen argumentan contra los blandos que abandonar el plan militar no reduce la amenaza norteamericana y debilita el poder de disuasión iraní, además de su capacidad defensiva en una guerra inevitable.
Por cierto, esa teocracia que durante 18 años ocultó el costado militar de su política nuclear, no es confiable. Sonó hasta ridículo Ahmadinejad diciendo que el informe norteamericano les da la razón, cuando su gobierno siempre negó haber tenido un plan de arsenales nucleares.
Incluso esa dirigencia lunática se ve favorecida cuando la administración republicana equivoca el lenguaje y reincide en las políticas que verifican el triunfo del “aparato industrial- militar” a pesar de la advertencia del general Eisenhower.
La ansiedad bélica de Bush a pesar del informe sobre Irán
Al mantener su tono amenazante, el discurso del presidente de Estados Unidos estuvo a contramano de lo que implicó la revelación de la inteligencia norteamericana sobre la suspensión iraní de su programa de armas nucleares en el 20003.