El Mercosur está vivo y esa es la buena noticia con que la región concluye este año. La vigencia del instrumento de integración quedó ratificada en la reciente cumbre de Montevideo. Por cierto no está rebosante de salud ni mucho menos. Pero en el último cónclave apareció la fórmula vitamínica para revitalizarlo: dedicar el 2008 a concentrarse en los problemas técnicos y económicos que han bloqueado su funcionamiento, por caso el de las asimetrías.
En el marco teórico, el mayor aporte de este encuentro lo hicieron Lula da Silva, Tabaré Vázquez y Michelle Bachelet. El discurso de la presidenta chilena, desde hace tiempo implica un llamado, parafraseando a Ortega y Gasset, de “sudamericanos a las cosas”. El anfitrión porque, en lugar de vengar la emboscada que sufrió en Buenos Aires, se comportó como un caballero con la mandataria argentina y puntualizó propuestas para abordar la cuestión asimetrías. Y el mandatario brasileño porque dijo algo tan obvio y elemental como infrecuente en estos encuentros: "de los problemas del MERCOSUR no es culpable Estados Unidos ni Alemania ni alguien de afuera, sino nosotros mismos, quienes no hemos sabido solucionar esos problemas".
Hasta aquí, las cumbres del Mercosru en los últimos años se caracterizaban por la estéril práctica de los discursos inflamados, en los que el contenido político eclipsaba totalmente al económico y todos posaban de próceres fundacionales de una nueva era para el subcontinente.
Pero la realidad chocaba contra la retórica, porque los mismos líderes que tanto declamaban identidad entre ellos y vocación integradora, eran los que no abordaban las cuestiones que, en definitiva, viabilizan el proceso de integración.
En rigor, el problema estaba en los liderazgos caudillistas. Porque si algo caracterizó siempre la política regional de los caudillos ha sido la inmensa contradicción entre el discurso y los hechos en lo referido a la región.
El discurso de los caudillos nacional-populistas se caracteriza por fomentar la integración. Es una retórica plagada de consignas de fuerte impacto emocional, como “patria grande”, “unidad de los pueblos” y “hermandad latinoamericana”.
Pero en el escenario concreto de la realidad, esos mismos caudillos son los que obstaculizan los procesos de integración de los que tanto hablan. ¿Por qué? Porque el tipo de liderazgo que encarnan es en sí mismo un obstáculo a la integración.
Los procesos integradores son posibles y viables cuando se tejen desde las instituciones de los países que se integran, porque son las instituciones (no los hombres) el entramado de ese tejido de relaciones que van unificándose.
Por lo tanto, las integraciones son fuertes cuando la red institucional es fuerte y, por el contrario, la debilidad de las instituciones debilita el proceso integrador.
Es históricamente comprobable que los liderazgos personalistas se nutren de fuerzas extraídas a las instituciones. De este modo, cuando más poder se concentra en las manos de un caudillo, menos poder queda retenido en las instituciones. Y la debilidad institucional debilita el proceso de la integración, provocando esa abierta contradicción entre discurso y realidad.
El ejemplo europeo es muy nítido: los grandes líderes personalistas intentaban la unidad continental pero bajo sus propios liderazgos, y lo que producían era guerras, no integración. Pero después del último gran desastre armado, la economía y las democracias hicieron su lento pero fructífero trabajo y la unificación floreció sobre la tumba de los antiguos liderazgos personalistas.
España y Portugal quedaron fuera de Europa mientras seguían en manos de caudillos. Pero enterrados Franco y Salazar, en Madrid y Lisboa creció la democracia que fortaleció las instituciones hasta que pudieron ingresar a Europa.
En Sudamérica ha renacido el caudillismo, por eso en estos años se ha hablado mucho de unidad pero, en los hechos, se la ha obstaculizado.
Consecuencia de esta contradicción se producía una contradicción mayor: el Mercosur crecía, sumando nuevos integrantes, pero no lograba funcionar adecuadamente ni siquiera entre los miembros fundadores.
En esa situación paradojal agonizaba el Mercosur. Pero la cumbre de estos días en Montevideo da lugar a una razonable esperanza; y no sólo porque algunos presidentes intentan romper el círculo vicioso de la pose y la retórica, para entrar en el círculo virtuoso de los hechos; sino también porque, a modo de ejemplo, se adoptó una decisión crucial: firmar un acuerdo de libre comercio con Israel.
Además de la importancia económica, tal decisión implica una clara definición política.
Ocurre que, desde que se convirtió en aspirante al ingreso, el gobierno de Venezuela planteó un modelo de Mercosur que choca contra el modelo vigente, claramente respaldado por Brasil.
Para Hugo Chávez, la integración se concreta principalmente mediante la asociación de las grandes empresas estatales de los países miembros, y no mediante la creación de un mercado único de bienes y servicios. Además, en la visión chavista la integración es endogámica. O sea que se trata de un proceso hacia adentro, en gran medida para prescindir del marco externo.
En la visión brasileña, afianzada en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y continuada por Lula, el Mercosur implica más un mercado para las inversiones privadas y el intercambio comercial, que un proceso de asociación entre empresas estatales (como ha sido el Mercado Común Europeo y sus herederos, la Comunidad Europea y la Unión Europea). Y su finalidad es fortalecerse como instrumento regional para luego establecer asociaciones con el resto del mundo.
Tales posibles asociaciones se establecerán sin discriminaciones ideológicas y, en la medida en que sea conveniente para la región, puede concretarse con Estados Unidos, la Unión Europea, el sudeste asiático etc.
El acuerdo con Israel anunciado en Montevideo implicaría que, finalmente, la visión chavista de la integración ha quedado de lado. No obstante, persiste aún el inmenso desafío de mantener la visión política establecida en la propia fundación del Mercosur, en la que se plantean condiciones muy claras de funcionamiento democrático como requisito de ingreso y pertenencia.
La importancia de que el Mercosur siga vivo
En la reciente cumbre de Montevideo se produjeron alentadoras señales sobre el futuro del proceso integrador, que en estos últimos años estuvo bloqueado por el resurgir del caudillismo, una de cuyas características es la contradicción entre un discurso fuertemente integracionista y un accionar que, en los hechos, obstaculiza toda integración porque debilita las instituciones que la viabilizan.