Fujimori y la impunidad del éxito

En el histórico juicio que enfrenta, el ex presidente peruano sostiene que él es el artífice de los resonantes logros de su gestión y no de la corrupción y los crímenes que cometió su gobierno. Las largas raíces de la impunidad.

En el banquillo de los acusados, gesticulando en forma histérica y levantando la voz hasta el chillido, parece una sombra de sí mismo; una versión patética de aquel extraño personaje que irrumpía como outsider en el escenario de la política y sorprendía a  Perú y al mundo con sus logros.

En esos logros está el núcleo de su argumento defensivo. Alberto Kenyo Fujimori reclama la impunidad del éxito, planteando expresamente un debate que Latinoamérica siempre canalizó en forma implícita.

Acaso el mismo argumento de quienes defendieron la dictadura de Augusto Pinochet, ya que buena parte de la derecha chilena entiende (o entendía) que “el orden” y el “éxito económico” debían estar por encima de los crímenes del terrorismo de Estado. Y también el argumento de las izquierdas que defendieron procesos atroces, como la colectivización forzosa de Stalin.

De algún modo, el eterno debate que Nicolás Maquiavelo describió en “El Príncipe”, su obra cumbre.

Fujimori gritó a los jueces que, al llegar a la presidencia, Perú estaba económicamente quebrado, internacionalmente aislado y con el territorio engangrenado de terrorismo.

La descripción no exagera. Las consecuencias de aquel primer gobierno aprista encabezado por un joven y temerario Alán García, fueron cataclísmicas; sobre todo el resultado de la nacionalización de la banca y el manejo de la deuda externa.

En el marco del quebranto interno y el aislamiento externo, el terrorismo del grupo maoísta Sendero Luminoso se expandió por la selva andina y llegó a la periferia de la mismísima Lima, donde además se intensificaba la guerrilla urbana del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA).

¿Aplastar guerrilla y terrorismo justifica la violación derechos humanos por parte del Estado? ¿Revertir el desastre económico da impunidad a la corrupción y legitima el fraude? Estas son preguntas que se desprenden del alegato de Fujimori, según el cual todos los excesos y delitos fueron cometidos por subalternos y sin su consentimiento.

Ascenso y caída

Siempre fue un personaje exótico y siempre sorprendió a todos, desde que entró en el escenario electoral siendo un ignoto decano de facultad de agronomía y el primer miembro de la comunidad nikkei (japonesa) en aspirar a la presidencia.

Sorprendió al derrotar en las urnas a los grandes aparatos electoralistas de los partidos tradicionales, vestido como indígena y articulando un discurso que mezclaba  la crítica a la clase político con ideas simples y productivistas en el terreno económico.

Luego forjó la imagen de un samurai invencible que derrota a los gigantes. En las urnas venció primero al célebre escritor Mario Vargas Llosa y después, en su reelección, nada menos que a Javier Pérez de Cuellar, diplomático de prestigio internacional forjado desde la secretaría general de Naciones Unidas.

También triunfaba en los campos de batalla y sabía escenificar esas victorias, incluso trasponiendo las fronteras de lo ético, para convertirlas en propaganda que agigantaban su imagen de estadista.

En la selva ayacuchana aplastó a Sendero Luminoso y pudo exponer a su líder y fundador, Abimael Guzmán Reynoso (alias “presidente Gonzalo”), enjaulado con un traje a rayas.

A renglón seguido, la guerrilla urbana del  MRTA le regalaría otro escenario para posar de implacable y victorioso mariscal, al ocupar la residencia del embajador japonés durante la gala ofrecida por la asunción del emperador Akihito, tomando a los invitados como rehenes.

Gobierno y ejército implementaron la “Operación Chavín de Huantar”, que introdujo en la mansión ocupada decenas de efectivos militares a través de túneles, para librar una batalla campal en la que cayeron todos los insurgentes, muchos de los cuales habrían sido ejecutados luego de rendirse.

La calaña del presidente quedaría en evidencia al hacerse fotografiar en la escalera del living, junto al cadáver baleado del comandante guerrillero Néstor Cerpa Cartolini, emulando la postal del cazador que posa con el pié sobre el cuerpo sin vida de su presa.

No obstante, en la opinión pública peruana, la imagen de Fujimori seguía creciendo como la de un líder capaz de imponerse en todos los terrenos y un estadista de imponente efectividad.

Esas luces encandilantes ocultaban un lado oscuro en el que habitaban la traición, la inescrupulosidad, la corrupción, el autoritarismo y la crueldad.

Primero traicionó a la empresaria Susana Higuchi, nada menos que su  esposa, madre de sus hijas y quien financió la campaña electoral que lo convirtió en presidente del Perú.

Después traicionaría a Vladimiro Montesinos, el tenebroso personaje que manejaba los servicios de inteligencia como instrumento totalitario de persecución y destrucción de adversarios, y que corrompía el escenario político usando fondos reservados para sobornar periodistas, jueces y dirigentes opositores.

Vladimiro Montesinos fue también el articulador de la “guerra sucia” que implicó asesinatos, torturas, secuestros y masacres para doblegar a la violencia insurgente.

Pero cuando sus éxitos y victorias ya no pudieron ocultar el lado oscuro del régimen, llegó la elección en la que Fujinmori intentó un fraude para adulterar el triunfo del economista opositor Alejandro Toledo. Y cuando esa burda trampa electoral quedó a la vista, vino otro acto desopilante: la fuga del presidente y el envío de su renuncia por carta desde Japón.

A esa decadencia, tan absurda y llamativa como su ascenso y apogeo, sólo le faltaba un capítulo: el inexplicable retorno que se detuvo en Chile, su extradición al Perú y este juicio en el que grita y sufre ataques de hipertensión.

En el banquillo de los acusados, Alberto Fujimori es un ser patético e insignificante. Sin embargo, ese personaje burdo fue el dueño absoluto del poder en Perú y un vencedor infalible en las urnas y en los campos de batalla.

En virtud de aquellos triunfos, el ex presidente peruano sostiene que debe ser exonerado de todos los cargos de corrupción y violaciones de derechos humanos. Como si el éxito otorgara un derecho a la impunidad.