Nada parece evitar que Kosovo se proclame independiente. Esa pequeña provincia serbia, donde comenzó el sismo étnico que desintegró Yugoslavia cuando Slobodan Milósevic le quitó la autonomía que el mariscal Tito le había dado, está a punto de hacer lo que primero hizo Eslovenia, luego Croacia, después Bosnia y, finalmente, Macedonia y Montenegro.
Pero el caso kosovar tiene un agravante: las otras eran repúblicas que se separaban de la federación yugoslava, mientras que Kosovo es una provincia que se separa de Serbia.
Se trata de un rincón balcánico con mayoría albanesa, o sea de otra raza y otra religión (ilirios y musulmanes) que las mayoritarias en Serbia (eslavos y cristiano-ortodoxos), que ha sufrido opresión y limpieza étnica en los tiempos de Milosevic.
Por lo padecido durante el siglo 20, es justo que ese pueblo campesino obtenga el derecho a separarse y a regir sus propios destinos.
Sin embargo, los riesgos son muy grandes. Principalmente, porque la independencia de Kosovo alentaría a los movimientos separatistas que plagan el planeta, multiplicando los conflictos independentistas.
Empezando en esa misma parte de Europa donde se originaron casi todas las guerras europeas desde mediados del siglo 19 hasta finales del 20.
De hecho, si Serbia finalmente se resigna a perder Kosovo, intentará como compensación anexar los territorios de Bosnia-Herzegovina, de Montenegro y de Croacia que tienen población serbia, reiniciando guerras sangrientas como la de la Krajina. croata y la que convirtió a Sarajevo en la “ciudad mártir” de los bosnios.
O sea que, de tener la independencia de Kosovo un efecto Big Bang, la ola de conflictos separatistas comenzaría en la ex Yugoslavia, esa parte de Europa donde nunca hubo paz entre las etnias, sino la “pax” violentamente impuesta primero por el rey Pedro Karajeorgevic (tras la Primera Guerra Mundial), y después por la Liga de los Comunistas (tras la caída del Tercer Reich).
Al fin de cuentas, ese fue el plan ultra nacionalista de Milosevic después de perder Eslovenia. Por eso, cuando el líder croata Franjo Tudjman proclamó la independencia en Zagreb, el líder serbio le dijo que Croacia podía independizarse, pero traspasando a Serbia los territorios poblados por serbios (Krajina).
Lo mismo hizo cuando el musulmán Alia Itzegbegovic declaró la independencia de Bosnia, haciendo estallar de ese modo las dos guerras más sangrientas que tuvo Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
Dimensión planetaria
Pero el efecto de la independencia kosovar podría ir más allá de la región balcánica. Al fin de cuentas, si Rusia se opuso tanto no fue sólo por su antigua alianza con los serbios, sino porque el hecho alentará a los separatistas musulmanes del Cáucaso, muy activo en Chechenia, Ingushetia y Daguestán, aunque Moscú se tentaría con activar el separatismo de la población rusa del oriente ucraniano, tentación que crece en Moscú en la medida en que Ucrania se acerca a Occidente.
En Europa, muchos nacionalismos se tentarían a seguir el camino de Kosovo. En España, los vascos y los catalanes; en Francia los nacionalistas de Córcega y en el norte galo los bretones; en Italia los lombardos volverían a tentarse con discursos como el Humberto Bossi, mientras que en Eslovaquia y en Rumania se activarían las minorías húngaras de ambos países centroeuropeos.
Al que menos simpatía le causa la independencia de Kosovo es a Turquía, porque los kurdos del sur tendrán un argumento más para defender el resurgimiento del Kurdistán, que sólo tuvo una existencia independiente entre 1920 y 1922. Aunque, al mismo tiempo, Turquía usaría el mismo argumento para alentar el reconocimiento mundial a la división de Chipre entre la parte greco-chirpiota y la turco-chipriota.
El Big Bang independentista podría ser particularmente destructivo en África, donde la mayoría de los mapas fueron acordados en las metrópolis europeas, razón de conflictos en muchos países como Nigeria, Congo, Ruanda, Sudán, el Chad, Marruecos y Somalía.
También afectaría rincones asiáticos como la India, donde los musulmanes de Cachemira y muchas otras minorías activarían sus esfuerzos para romper con Nueva Delhi. Además está Sri Lanka, país de mayoría singalesa que nunca logró sofocar el independentismo de los tamiles hinduistas que habitan la pensínsula de Jafna.
En Tailandia, los musulmanes de la provincia de Naratiwá obtendrán otro argumento para reclamar su separación de un país budista. Igual que los musulmanes de Mindanao y demás islas del archipiélago filipino que no quieren pertenecer aun Estado de mayoría católica.
Así como la reciente independencia de Timor Oriental, escindido de Indonesia, estuvo entre los argumentos que el separatista kosovar Hashim Thaci esgrimió desde la negociación en Rambouillet (Francia), la independencia de Kosovo se convertirá en argumento de los incontables movimientos nacionalistas que quieren rasgar mapas en muchas partes del mundo.
Es más, hasta los propios albaneses podrían sufrir en otros rincones de los Balcanes. Porque los serbios podrían vengar esa pérdida territorial, por ejemplo, expulsando a los musulmanes albaneses que habitan el Valle de Presevo.
Por todas esas razones, Europa y Estados Unidos debieron contener su antipatía hacia los serbios (en alguna medida justificada) y presionar más al liderazgo kosovar para que acepte la gran autonomía que le ofrecía Belgrado a cambio de permanecer dentro de Serbia.