"La paradoja de la basura"

Las protestas de empleados de la Municipalidad de Mendoza nos enfrentan a las contradicciones de los que limpian, pero protestan ensuciando y de los funcionarios que prometen hacer cumplir la ley, sin cumplirla. En el medio, como rehenes, están los ciudadanos.

La basura y la ciudad. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
La basura y la ciudad. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

El conflicto gremial desatado en la Municipalidad de la Capital es un buen indicador del grado de desconcierto que muchas veces generan los asuntos públicos. Allí, una gestión a la que sólo le quedan 20 días debe lidiar contra la postura irreductible de un grupo de trabajadores del sector de servicios públicos, quienes ni siquiera especularon con perjudicar su propia metodología de trabajo, al ensuciar toda la ciudad, en lo que se supone, será un esfuerzo mayor de su parte al momento de la solución del conflicto. Ellos, los que ensucian, son los encargados de la limpieza.

Así las cosas, resulta que el modo de obtener un beneficio es haciendo un daño a la comunidad y a sí mismos, metodología semejante a la de los alojados en instituciones de encierro.

La paradoja de los que protestan ensuciando lo que luego deberán limpiar, habla a las claras de la falta de imaginación para poner en consideración las reivindicaciones de los empleados. Reclamos, que podrán ser justos, sobre todo si consideramos los vapuleados índices de inflación que han depreciado seriamente el poder adquisitivo de los argentinos, en especial de la clase trabajadora.

Sin embargo, y con una impotencia que llama la atención, los ciudadanos y los miles de mendocinos que sin vivir en la Capital transitan todos los días sus calles, se ven expuestos a un conflicto que aparece casi como disparatado y en el momento menos oportuno.

Por su parte, y como ya se dijo, el Ejecutivo municipal que debería estar ordenando sus asuntos para cerrar su ciclo, debe enfrentar esta protesta debilitado y sin demasiadas herramientas para la negociación. Tal vez por eso, y queriendo fortalecer su postura, propone medidas extremas: descuentos de días y la iniciación de los sumarios respectivos para aquellos que no cumplan con la provisión del servicio.

Y hablamos justamente de una comuna cuya gestión no pasará a la historia, precisamente, por haber procurado limpieza a sus ciudadanos. “La ciudad màs limpia del país”, a esta altura, es un buen recuerdo de los mayores.

Por otro lado, la experiencia así lo indica, será muy difícil que cuando la situación vuelva a su cauce normal, las sanciones que propone el ejecutivo comunal efectivamente se pongan en práctica. Habitualmente las negociaciones terminan incluyendo la amnistía para los huelguistas, y porque además, el fin de la gestión puede ser –de hecho- una tabla rasa que deje en las mismas condiciones a los que trabajaron que a aquellos que se dedicaron a ensuciar ex profeso la ciudad.

Todo resulta un montaje: los que limpian protestan ensuciando y los que prometen hacer cumplir la ley, no cumplen su promesa. Así serán las cosas, salvo que medie un milagro.

Ojalá, como en todo conflicto, prime la racionalidad y la búsqueda de soluciones consensuadas que aseguren a los trabajadores sueldos dignos, pero también al municipio las necesarias herramientas para cumplir con su servicio para con los vecinos.

Justamente ellos, los vecinos, terminan siendo rehenes silenciosos de una puja que soportan con bronca y con tristeza. No gozan del servicio por el que pagan y, si miran hacia el horizonte, está repleto de basura. Al menos, en las próximas 72 horas…