Kosovo otra vez hará temblar el tablero mundial

Los independentistas que ganaron las elecciones proclamarán la separación de Serbia, que será apoyada por las potencias occidentales desatando las iras de Rusia y de su desafiante líder Vladimir Putin.

Kosovo, una ciudad en negociación. Foto: EFE
Kosovo, una ciudad en negociación. Foto: EFE

Será una prueba de fuego para Vladimir Putin, el presidente que mejor ha expresado en las últimas décadas al nacionalismo ruso, devolviéndole su rostro más desafiante para demarcar territorios e impedir injerencias externas en sus zonas de influencia.

Los kosovares acaban de votar contra el partido del fallecido Ibrahim Rugova, Liga Democrática, haciendo triunfar al Partido Democrático de Kosovo, que fuera el brazo político de la guerrilla que combatió contra los serbios en los tiempos de Slobodan Milosevic.

O sea que el próximo primer ministro de este enclave territorial albanés será Hashim Thaci, el hombre que creó el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK) en su tierra natal, la región de Drenica, y lo lideró hasta la intervención de la OTAN.

Célebre por su habilidad para tender emboscadas y apodado “la serpiente” por su capacidad de escapar de los aparatos serbios de seguridad, el nuevo primer ministro tiene una sola obsesión: proclamar la independencia de ese pequeño territorio serbio donde el grueso de la población es albanesa y musulmana.

En la cumbre de Rambouillet de 1999, antesala de la intervención de la OTAN que inició el derrumbe del régimen de Milosevic, la entonces canciller norteamericana, Madelaine Albrigth, intentó sin éxito persuadirlo de la conveniencia de resignar el objetivo independentista.

En los tiempos en que Yugoslavia aprisionaba a Kosovo en las garras serbias, Ibrahim Rugova lideraba la resistencia pero siempre con métodos pacíficos, mientras que Hashim Thaci se escabullía por las montañas con su Kalashnicov después de cada ataque y de cada emboscada del UCK.

Ahora que el ex guerrillero se convierte en primer ministro, aguardará hasta el 10 de diciembre, cuando concluirán sin éxito las negociaciones entre Serbia y Kosovo en Bélgica para luego proclamar, entre enero y febrero, la independencia total de la actual provincia con capital en Pristina.

Serbia alegará que la Resolución 1244 de la ONU, aprobada en 1999, establece en el preámbulo la integridad territorial yugoslava. Y el gobierno de “la serpiente” responderá que los preámbulos tienen menos valor jurídico que el corpus de las resoluciones, y que la entonces Yugoslavia dejó de existir cuando Montenegro proclamó su independencia.

De ese modo, la tensión en los Balcanes entrará nuevamente en estado de ebullición, justo en el punto donde se originaron tantas guerras y donde comenzó y terminó la disolución del país que creó el rey Pedro Karajeorgevic tras la Primera Guerra Mundial, y recreó el mariscal Tito tras la derrota de Hitler.

Pero no será Serbia la que esté en condiciones de generar esa amenazante tensión, aunque en los próximos meses el gobierno quede en manos del ultranacionalista Partido Radical. Será Rusia la que hará tronar su voz para que las potencias de Occidente no se atrevan a rasgar el mapa serbio.

                               Orígenes

Para los serbios, no se trata de un territorio más sino del punto donde se originó la nación tras una batalla perdida contra el ejército otomano, que al incorporar el territorio al imperio logró que los habitantes de raza iliria (los albaneses) se convirtieran al Islam. Y Rusia siente por Serbia lo que Serbia siente por Kosovo.

En esas tierras balcánicas, los eslavos que más al sur llegaron en sus desplazamientos en busca de los mares Adriático y Mediterráneo tomaron contacto con los griegos y, a través de los hermanos Cirilo y Metodio, se hicieron de una religión, la cristiano ortodoxa, y de un alfabeto, el cirílico.

Alfabeto y religión recorrieron las venas eslavas hacia norte, llegando a la cuna de esa raza, Rusia, Ucrania y Bielorrusia, convirtiéndose en la matriz cultural de los pueblos rusos.

Por eso, fue Rusia la que ayudó a los serbios a independizarse del imperio tuco otomano a fines del siglo 19, y también fueron los rusos los que asistieron a los serbios en las guerras de 1912 y 1913.

Los rusos fueron los primeros en involucrarse en la Primera Guerra  Mundial cuando el Imperio Austro Húngaro se abalanzó sobre Serbia tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y la archiduquesa Sofía en Sarajevo, a manos del joven serbio Gavrilo Princip y de la organización nacionalista serbia “La Mano Negra”.

Por cierto, también fue Moscú el principal abastecedor de los partisanos que lideró Tito contra los fascistas croatas de Ante Pavelic y las fuerzas alemanas estacionadas en los Balcanes. Y las mismas razones históricas pusieron al Kremlin del lado serbio en sus sucesivas guerras contra los independentistas eslovenos, croatas y bosnios, al precio de la complicidad con limpiezas étnicas y acciones de exterminio.

La voz atronadora de Boris Nicolaievich Yeltsin profirió amenazas de todos los calibres si Bill Clinton y Europa lanzaban la OTAN contra los genocidas serbo-bosnios liderados por Radován Karadzic y Rato Mladic, pero cuando comenzaron los bombardeos de la alianza atlántica sobre el bastión de Pale, las amenazas quedaron en la nada.

Yeltsin volvió a advertir sobre guerras si la OTAN embestía contra Slobodán Milosevic para poner fin a su limpieza étnica en Kosovo, pero la fuerza occidental, casi totalmente integrada por efectivos norteamericanos, expulsó al ejército yugoslavo de Kosovo, dejando herido de muerte al régimen de Belgrado.

En los próximos meses, cuando el flamante primer ministro Hashim Thaci proclame la independencia total de Kosovo, detrás de la desafiante pero desvalida Serbia aparecerá la mirada electrizante de Vladimir Putin.

Y en cuanto a la capacidad de desafiar, la diferencia entre el actual jefe del Kremlin y su pusilánime antecesor es de dimensiones oceánicas.