Votar es un acto por el cual un país (un país es su gente) se mira hacia adentro y elige lo mejor de sí para que lo rija. Ahora bien, antes de votar, es necesario hacer un balance. Mendoza, por ejemplo, no ofrece saldos positivos en el repaso de su relación con la Nación. En algún momento de nuestra historia, le hicimos creer al país que estábamos mejor de lo que estábamos, que nos sobraban recursos. Y el país decidió que podía relegarnos, hasta llegar, incluso, a discriminarnos. La coparticipación federal de impuestos es un caso. El reparto de inversiones nacionales en las provincias es otro caso. La promoción industrial, que continúa vigente, es otro ejemplo del perjuicio. Estas decisiones pesan, y mucho, en nuestro desarrollo y también deben pesar cuando se trata de pensar para elegir lo mejor.
Gracias al operativo político que estamos desplegando, vemos que algunas de estas cuestiones ni siquiera se discuten. En otros años, en vísperas de elecciones, había candidatos con convicciones aparentemente más claras, diciendo que harían todo lo posible por aumentar el magro índice de coparticipación o proponiendo medidas alternativas para paliar los tremendos efectos nocivos de la promoción industrial o incluso prometiendo esfuerzo en la búsqueda de mayores recursos de la Nación. Hoy, ni siquiera escuchamos promesas. De hecho, es tan homogéneo el mensaje de todos los candidatos que el discurso político se termina vaciando de contenido y evidenciando que, en definitiva, no hay ningún candidato diferente a los demás. Por ende, se hace necesario que los mendocinos nos entreguemos concienzudamente a la reflexión antes de entrar al cuarto oscuro.
Este intento, quizás inconciente, de neutralizar la capacidad de las palabras termina, con el tiempo, neutralizando la capacidad de generar acciones. Así es como la falta de discusión sobre temas específicos provoca luego la ausencia de acciones relevantes para poner en su lugar a una provincia postergada.
Ejemplo de esto, son las ventas de empresas vitivinícolas a capitales nacionales e internacionales, de las compañías agroindustriales o, en estas mismas horas, del Banco Regional de Cuyo, el último mendocino de su especie.
Las empresas locales, que siempre invirtieron en Mendoza, que se comprometieron con la región, que generaron valor agregado, son cada vez menos y ya casi no hay grandes referentes del empresariado local. Esto es muy mala señal. Lo referido, naturalmente, de ningún modo significa que no sea auspicioso que empresas nacionales e internacionales inviertan en la provincia. Eso es muy importante para el desarrollo provincial, pero también lo es que las empresas locales crezcan, se fortalezcan y salgan a competir al mundo, con recurso humano formado en Mendoza y trabajando en Mendoza. Hay que promover, por ello, que la provincia sea escenario de iniciativas del mundo, pero también de la Mendoza.
Debemos saber cómo hacemos para reposicionar Mendoza, cómo la insertamos en el mundo, cómo generamos un verdadero desarrollo sustentable, cómo recuperamos al empresariado local, cómo hacemos todo lo que hacemos para que, en definitiva, mejore la calidad de vida de la gente.
A días de votar, es un hecho que, en lugar de expandirnos, estamos vaciando la casa y, con ello, perdiendo un valiosísimo capital simbólico. Esta situación, que no figura en la agenda de nuestros candidatos, debiera figurar en la de la gente.
Cada uno de nosotros debe buscar propuestas políticas satisfactorias. Cada uno debe preguntar a sus candidatos y exigir respuestas. Cada uno debe asumir un compromiso y ejercer el derecho a voto con responsabilidad, de modo activo. Cada uno de nosotros asume y sintetiza a Mendoza.
"El derecho a elegir"
Mendoza nos propone un nuevo ejercicio de responsabilidad: elegir a los candidatos que queremos que nos representen. Este acto, por sobre otros, nos determina como pueblo.