Hay un gran aplauso final y, claro, siempre lo hay, sí, siempre, a veces incluso hay ovaciones. Después de todo, el Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia ha terminado siendo esto: un show artístico, con alto desarrollo tecnológico en cuanto a luces y sonido, y alguna que otra pretensión ya sea en el puño del guionista de turno, en la puesta en escena, en la dirección musical, pero hasta ahí siempre hasta ahí, porque con eso alcanza. Nadie parece esperar de esta fiesta un suicidio creativo o un nacimiento de nuevas dimensiones de lo posible; el arte en la fiesta, es ingrediente, como el desarrollo tecnológico. A la luz de estos hechos, es posible analizar la fiesta. Y está claro que una crítica puede ser –y efectivamente lo es– tan remanida como puede ser el show.
De las primeras fiestas mendocinas, y más aún, de las ancestrales celebraciones de la cosecha en el planeta las cosas han cambiado, pero nosotros también hemos cambiado, pero nos cuesta manifestar ese cambio. Y de cómo administrar y mostrar los cambios, trata, entre muchas manifestaciones sociales, el arte y también este, nuestro show, que mezcla artísticos aspectos con hartantes lugares comunes y que, a fin de cuentas, no corre absolutamente ningún riesgo expresivo.
Nosotros, montañeros correctos, pero recelosos, laburantes convencidos, pero no de nosotros mismos, creyentes, bueno, sí, pero hasta ahí; nosotros, conservadores, pero fogosos, melancólicos, pero olvidadizos; nosotros hemos administrado el paso del tiempo, para el caso de esta noche, el tiempo de vendimia, de este modo: erigiendo una celebración que, año tras año, se afirma en pilares semejantes y que es defendida con aplausos como propia, porque los trapos sucios, mal que mal y si los hubiere, los seguimos lavando en casa. Y aquellos que la vemos –año tras año– terminamos siempre igual: disfrutando de los fuegos artificiales, espectacularmente satisfechos y artísticamente aburridos.
Pilares semejantes, dijimos recién, lugares comunes dijimos: una inicial presunción de relato mítico, de palabra venida de otro tiempo, verbos y sustantivos que despiertan una vez al año, como esas estupendas cajas de luces, y, luego, una ineludible búsqueda sin logro, una casi frenética de exhibición de recursos técnicos propios de este evento para lograr la adhesión masiva.
Conocemos de sobra lo común de los lugares: la potencia del sonido, la luminosidad de los colores, la veneración a la Virgen, la fidelidad de las pantallas modernas, el pintoresquismo de huarpes e inmigrantes, la gravedad de la helada o el granizo, la exaltación del trabajo de la tierra, la modernidad de la industria, el lucimiento del escenario natural, el final con toda la carne en el asador escenario, en fin, el acto central de la Fiesta Nacional de la Vendimia, que de esto se trata. Otra vez sopa, solemos decir, pero, bueno, sucede que la sopa nos gusta.
Pues bien, esto somos y a esto hemos venido: no solo a ver y a aplaudir nuestra fiesta, sino también a defenderla con nuestros silencios, cuando caigamos a un pozo. Hoy, fue el turno de “Postales de un oasis que late”, un show que –para comenzar siendo optimistas y debidamente condescendientes– dejará pulgares arriba en cuanto a guión, puesta en escena y música en vivo. Y no mucho más.
Dicho esto, vamos a las partes del todo: hay un guion; es de Liliana Bodoc, una gloria literaria de estos lares. Sabemos de antemano que su puño no se mueve en vano; no obstante, su puño elige un recurso que la librará de todo mal: levantar doce postales, como cartas del truco, cada una con valor en sí misma, pero a la vez, desconectadas (conectadas dirán ellos, los responsables, pero desconectadas, decimos nosotros), lo que permitirá –dará carta libre, de hecho– mezclar aspectos temáticos y estéticas, romper cualquier intención de diacronía y hasta mandar a descansar al guion por largos ratos, para dar lugar a sets musicales con profusas danzas y colores para asegurarse aplausos (ya dijimos: ni hablar de correr riesgos artísticos, de asumir fracturas de lo real, de esto no se trata nuestra fiesta).
“Postales…”, a fin de cuentas, no terminará contándonos una historia, sino presentando una antología deshilvanada de lo nuestro, pero a la manera de ellos, de los hacedores de este evento.
Empieza el show y lo dicho es repetido: la idea de juntar una docena de postales libra a los responsables de las exigencias de la cronología. Así, a un cuadro inaugural bien musical que se abre con otra tema estilo Disney sirve de presentación, y no más que eso, de todos los recursos de escena. Ahí nomás, sin decir agua va, llegará la consabida escena de la Virgen de la Carrodilla, que se irá sin pena ni gloria, como sacándosela de encima, y con una veneración por la fe en la tierra y en el trabajo, más que por la fe en omnipresencias todopoderosas o insólitos milagros, tal como Bodoc –íntegra, fiel a sí misma– lo ha de haber imaginado y, al fin, logrado, con sutilezas.
Aceptemos algo ya mismo: el uso del escenario fue brillante (el gran aporte de la directora Sonia Sejanovich y los suyos), aun con desprolijidades en los ingresos y salidas de bailarines y actores y en las coreografías en general, que terminaron perjudicando la puesta en escena. Otro gran acierto: la fusión de recursos audiovisuales con los propios lumínicos, fue de lo mejor, tal el caso, por caso, del kinect, que permitió a dos actores frente a dos grandes pantallas, interactuar y producir efectos de imagen de acuerdo a sus movimientos; lo que se dice, una novedad.
Y agreguemos, para seguir pareciendo optimistas: otra vez, entre lo mejor de la fiesta, estuvo la música. Y es que la música en vivo –tan temida en otros tiempos–, con el paso de los años se ha transformado en sostenedora por antonomasia de la fiesta. Este año, estuvo muy bien, quizás no tanto como el año pasado o el anterior, pero se lució, con altísimos desempeños instrumentales y trabajos vocales mucho más destacados en los artistas con formación más clásica, que en los que se nutren de ámbitos más cuyanos o populares, cuestiones de técnica, tal vez. Por caso, el trabajo vocal en “Virgen de la Carrodilla” será de lo mejor que oiremos en la noche.
Una a una, las postales irán pasando y juntando con impudicias la diversidad de lo inconexo, en la totalidad conexa y a veces también en las partes: coreografías mecánicas, pantallas condescendientes, palabras llanas (narradas sin pretensiones, por la misma Bodoc y por el actor Dardo Boggia), utilerías mayor y menor, de relleno, en general, actuaciones de relleno, en general, y cuadros de danza sin sorpresa, en absoluto.
Con el transcurso de las postales, el guion se irá diluyendo e irán creciendo los sets musicales de hitazos, mientras se amontonan novedades sin novedad. En muchos casos, por suerte, las pantallas se llevarán el protagonismo: mientras las coreografías hacen lo de siempre y, en otros casos, deambulan –como lobotimizados– botellas con rueditas de las que salen chicas a brindar, peces onda babasónicos, galgos tísicos, engranajes tristes, cangrejos sin norte y con las patitas de los actores al aire o ñandúes bastante logrados (de lo mejor, los ñandúes). Un mapping, en el escenario principal agregará, al fin, alguito de encanto, tal como hizo el kinect.
La mejor escena de las postales tuvo que ver el momento de los huarpes: la danza de los tejedores que terminarán hilvanando una bandera de los pueblos originarios (bueno, en realidad, una whipala de los incas, con un hermoso acompañamiento escenográfico y una hermosa música andina en vivo. Aplausos, sí, aplausos de la gente, para el mejor momento de la noche.
También recogerán lo suyo los bailarines clásicos, con destacados arreglos de cuerdas, de la orquesta dirigida por Pepe Sánchez y urdida por Darío Ghisaura. Y también habrá espacios de homenajes: uno tácito, con la cueca “Remolinos”, homenaje al gran “Nolo” Tejón, muerto hace poco y vivo para siempre y otro, explícito, en el cuadro de los inmigrantes, cuando se nombre a Marcelo Rosas, el director de esta que no fue, porque partió, dejando erecto el deseo de su equipo de hacer esta fiesta y dedicársela. Faltó, por cierto, ser explícitos con don Mariano Cacace, quien también partiera hace poco.
Volvamos al show, para seguir diciendo lo mismo: pocas veces el escenario ha lucido un tratamiento tan delicado de colores y en armonía también con el vestuario. Muchas veces el desorden; muchas veces (¡como cuatro veces!) el malambo como lugar común, incluso, en un momento, mezclado con un tango a lo Bajofondo, un tango malambeado, un malambo tangueado, vaya uno a saber qué.
Habrá mucha referencia al agua, que para Bodoc también es el tiempo (muy lindo, por lo sencillo, el cuadro de la “Zambia del riego”). Y habrá mucha recurrencia con el asunto del malambo, hasta para llegar al punto de tener una coreografía muy pop y, al costado, ellos, los bailarines rehenes de la escena, que siguen malambeando, como en una mala comedia de los setenta...
Así irá transcurriendo la fiesta y se llegará a los consabidos sets musicales sin guion, para levantar al púbico. Uno de ellos comienza con la música que hiciera famosa Radio Nihuil al convertirla en su yingle (manso chivazo, el “primavera y verano feliz…”) y luego música de los ’70 de esas que ponen en los casamientos, cuando ya todos están borrachos, con voces desafinadas, pero así son los casamientos. ¿Cómo llegamos a esto? Ah, sí, porque así son las postales de este oasis nuestro que late con arritmias. Hagamos un trencito y bailemos todos.
De ahí, sin más, se irá a un set de hitazos folclóricos. En este momento, la fiesta parece presa de un ataque de epilepsia, entre chacareras célebres, zambas y chamamé. Si preguntan, les diremos que hace un buen rato que desapareció el guion de Bodoc, pero mejor no lo pregunten, porque viene ooootro malambo… Y un set cuyano y, bueno, póngale por las hileras y no se pregunte nada.
Cada vez más gente en escena presupone el final. A él nos acercaremos, con toda la carne en el asador, como corresponde, con ovación final, como se estila. “Postales de un oasis que late” pasará, como todo pasa, aunque lo hayamos pasado bien (¿acaso no se trata solamente de eso?).
Se viene la elección, que es medio plomazo; después los fuegos, que son buenísimos. Pum, para arriba, feroz el estallido y que viva la arritmia.
Ulises Naranjo
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