Dos muestras masivas en Buenos Aires

Las muestras de Yayoi Kusama en el Malba y del grupo Mondongo en el MAMBA captaron al público porteño.

Durante los meses de julio, agosto y septiembre, Buenos Aires atestiguó una oleada sensacional de público en dos muestras muy distintas entre sí. Fueron días en los que la afluencia de espectadores superó las expectativas de ambas instituciones y la pregunta ineludible es: ¿Qué es lo que las volvió tan convocantes?

Yayoi Kusama es una de las seis artistas internacionales más destacadas del momento y el público argentino sintió la oportunidad de estar en contacto con su obra como algo difícil de repetir (a menos que se tenga la posibilidad de viajar y lejos). Tiene un marketing único. La artista no sólo tiene un perfume llamado Dot que comercializa Marc Jacobs, sino que trabajó en el diseño de una colección entera para la prestigiosa Casa Louis Vuitton el año pasado. Algunas de sus últimas intervenciones modificaban el aspecto de ciudades como Londres y Nueva York con monumentales disposiciones de sus polkadots, o lunares, sobre fachadas de edificios y árboles. En el Malba, estas dos últimas modalidades se unieron en intervenciones sobre los árboles de Av. Figueroa Alcorta y la fachada misma del Museo. Se podría decir que la muestra directamente salía a buscar al público. Pero existen otras variables. Alguien susurró al pasar que este es el Arte del futuro, Arte facebook. Y es que el público mismo, al comunicar su experiencia instantáneamente, atrajo más público. Kusama tuvo 4 instalaciones que sumergían al espectador en climas tan particulares, que llevaban automáticamente a querer retratarse en la experiencia y publicarlo en las redes sociales. Durante las vacaciones de invierno el Museo adquirió un tráfico nunca antes visto. Las ya famosas stickers de puntitos de colores que se daban junto a la entrada para pegarlas en una sala donde todo era blanco, fueron un factor determinante del disfrute de visitar la muestra. La gente pedía escaleras para poder pegarlas en lugares a donde nadie había llegado. Si bien en Argentina es aún inusual poder participar e interactuar sobre el espacio institucional, fue maravillosamente recibida la invitación a ser protagonistas colectivos de la apariencia final de la obra. ¿Es fabuloso? La gente se divirtió mucho, tuvo un promedio de 3000 espectadores por día y hubo un récord de membresías nunca visto antes.

Mondongo es un grupo que comenzó integrado por tres artistas e hizo furor hace diez años. Cuando empezaron, la novedad era la materialidad efímera hecha perdurable en obras realizadas con mortadela, galletitas, jamón y plastilina. Pero hacía mucho que no sabíamos nada de ellos. Siguieron trabajando. Reconocieron la caducidad del tratamiento de los materiales que no resultó lo que esperaban ni ellos ni (en ocasiones) los coleccionistas. Pero Mondongo se las arregló para reinventarse. A 4 días del cierre de la muestra ya la habían visto 50.000 espectadores. Presentaron obras confeccionadas con hilos pegados de formas misteriosas que en la trama de colores superpuestos daban ese sorprendente realismo que los caracteriza. Los retratos, escenas y objetos tuvieron formatos múltiples. Algunos de los retratos eran francamente enormes e imponentes. Otra obra que maravilló al público fue el esqueleto de un animal desconocido hecho con monedas de 10 centavos apiladas en diagonal, curva y recta hasta dar la forma final. También sobre un lateral, elaboraron varias escenas tridimensionales, más pequeñas, de una profundidad confusamente ilusoria.

Tal vez la característica que une a Kusama con Mondongo sea la laboriosidad que implican las obras. Hay algo de extremo en la meticulosidad con la que arriban al acabado de algunas imágenes. Reiteración y superposición son dos palabras que ayudan a definir a ambos.

En Mondongo es la laboriosidad manual y artesanal de la obra la que requiere de una superlativa constancia, determinación a lo largo del tiempo y varios asistentes. En Kusama la laboriosidad está en la resolución técnica de algunas instalaciones, con los espejos de corte vertical que enfrentados multiplican los puntos de fuga. Pero más que nada está en haber puesto toda su libido, toda su energía vital a lo largo de décadas, en realizar y comunicar lo que ella misma denomina la obra de Yayoi Kusama. Son dos perfiles distintos. En Kusama hubo una genuina fascinación con su historia personal mientras que las biografías de Manuel Mendanha y Juliana Laffitte se desconocen. La de Mondongo es una muestra más contemplativa que la de Yayoi. Pero hay algo que al sumar, en ambos casos, resulta deslumbrante. Son manifestaciones que de una forma u otra empujan la barrera de lo posible y hacen tambalear la comodidad de los lugares comunes, de lo ya visto, del Arte como pintura o escultura. Minan la noción de la experiencia estética como un encuentro entre la sensibilidad del artista y la del espectador al proponer algo radical y a veces monumental a la vez. Tanto en Mondongo como en Kusama, se impuso la determinación por llevar los lenguajes de las artes visuales hacia la concreción de algo extraordinario. Es más, en ambas manifestaciones parece haber también algo extra- artístico. La materialidad de Mondongo y la cualidad lúdica y participativa de Kusama posicionan a ambos en un lugar que excede las expectativas previas sobre lo que se venía proponiendo en estos ámbitos.

Habrá que ver, con el tiempo, si estos dos fenómenos masivos lograron verdaderamente ampliar el poder de convocatoria de los Museos porteños, o por el contrario, constituirán éxitos singulares en el camino de ambas instituciones.